Tulipán de invierno


Por Mirna Capetinich. Presidencia Roque Sáenz Peña, Resistencia, Chaco. Docente y escritora

Subió al primer piso para sentarse en el palco central. No era una sensación de lo más agradable salir sola un sábado a la noche, pero si sus amigas no podían o no querían, no iba a perderse la oportunidad de ver un espectáculo del que los medios habían dado muy buenos comentarios. Caminó hacia el centro de la fila hasta llegar a la “ubicación óptima”, como le había enseñado su maestro de Escenografía.  Abrió el programa de mano y lo leyó por completo antes de guardarlo en su cartera. Llevó su cuerpo hacia delante y se detuvo a observar la platea. Desde esa posición privilegiada, le gustaba seguir con la vista cómo ingresaba cada persona, sola o acompañada; cómo buscaba su lugar, cómo se quitaba el abrigo y se sentaba, mientras la sala se iba llenando.  “Función a pleno”, pensó. En segundos, la platea se había cubierto.

Para ella, que no vivía en Buenos Aires, no había que desaprovechar espectáculos como estos. Podrían ser hasta clases magistrales de cómo actuar o, tal vez, un ejercicio imprescindible para entrenar el ojo crítico. Además, no iba a perderse el gran momento de conocer a Pepe Soriano de carne y huesos, en escena con Jorge Schubert. Total, no era complicado hacer cola, sentarse en un buen lugar, ver la obra y volver a casa en un remís. A la salida del teatro siempre había alguno. Y ya en casa, tomarse un cafecito con la porción de lemon pie que había comprado por la mañana e irse a la cama con un libro.  Qué mejor ocasión para terminar los dos últimos capítulos de esa novela rusa que estaba leyendo.

De pronto, su vista se detuvo en dos cabezas. Lo había reconocido por su sweater de lana. Y a su lado, una joven con una cabellera abundante de rulos sobre sus hombros. Era fuerte encontrarse con él, cuando todavía dolían muchos recuerdos. Llevó su cuerpo hacia atrás.  Su pulso latió diferente, respiró unos segundos para serenarse.  Disimulando, quiso observar cómo se llevaban, cuál era su trato. Desde arriba, se podía oír el murmullo de la gente y, a veces, desentrañar ciertas expresiones o diálogos. Sin embargo, en una noche como esa, en que la sala estaba llenísima, era imposible. Los percibió distendidos y pudo observar que él le tomaba su mano izquierda con su mano derecha. Ambas manos entrelazadas sobre la falda de ella.  Y vio que con la yema de su dedo pulgar le acariciaba el pulgar de ella. Mientras charlaban sonrientes, cada tanto él acercaba su rostro y le daba alguno que otro beso en su mejilla o en el lóbulo de su oreja. Intuyó que se trataba de una relación en ciernes. Sintió frío, así que se cubrió con la chaqueta que había llevado. Recordó que antes de conocerse, él no tenía por costumbre ver teatro. Es más, recordó que la primera vez que habían salido juntos había sido para compartir el musical de Drácula. Le costaba ver esas caricias en los dedos entrelazados. Probó realizarse la misma acción para ver si había algo mágico en eso. Solo sintió la pregnancia de la capa de pintura de uñas que se había colocado minutos antes de salir para el teatro. Jamás en un año y tres meses se lo había vuelto a cruzar. Le había costado mucho olvidarlo. Justo ahora, cuando su corazón ya había sanado, tenía que venir a encontrárselo. Y, para colmo, acompañado. “La entiendo. No solo perdió un amor. Se deshizo su proyecto de vida.” –le había dicho su psicóloga, tratando de acompañarla en su duelo.

La voz en off de la cabina se propagó para pedir que apagaran los celulares y que en breve comenzaba la función.  Era mejor no mirarlos, olvidarse de ellos y sumergirse en la obra. En escena, aparecieron dos seres diametralmente opuestos en sus concepciones y miradas del mundo. La historia atravesaba temas como la soledad, la amistad, las relaciones humanas, el perdón. Ella no podía dejar de emocionarse por cada frase del Sr. Green, personaje entrado en años, interpretado por Pepe Soriano. Aunque, claro, su catarsis emocional se veía exacerbada por ese reencuentro sorpresivo.

Cuando terminó la obra, aplaudió de pie conmovida. Bajó corriendo las escaleras, no quería toparse con él, menos cruzarse con ella. Casi temblando salió del teatro. No miró para atrás. Buscó rápidamente un remís y se fue.

Ya en el auto, tuvo que evadir forzosamente sus lágrimas para responder las inoportunas intervenciones acerca de: “Qué frío, ¿no?”, “¿Mucha gente?”, “Yo tengo una sobrina que estudia teatro. Siempre la traigo”. Quería llegar pronto, cruzar el umbral de su casa y refugiarse en su cama para descargar su llanto. Eran demasiadas emociones en tan poco tiempo.  De repente, sonó su celular. Un mensaje de texto: “Hola. Quise saludarte, pero no te alcancé. Bajaste tan rápido las escaleras. ¿Tomamos un cafecito mañana para hablar de la obra? Javier.” ¿Javier? ¿El mismo Javier que había conocido en un vuelo de regreso de La Habana?  ¿Con el mismo Javier que había hablado por horas, varados en el aeropuerto José Martí, sobre cine y literatura? Como el brillo de un oasis en un desierto, se iluminó su rostro.  Y en sus labios asomó una incipiente sonrisa, con la intensidad morosa de un tulipán que abre su corola en pleno invierno.

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