Decodificar la vida y cambiar el sistema

Por Irma Verolín. Buenos Aires. Narradora y poeta

A lo largo del tiempo, en virtud de los avances científicos y de la menor  injerencia de  la antigua moral en las distintas sociedades, el concepto de enfermedad ha ido cambiando. Desde los flagelantes que en el siglo XIV en pleno auge de la peste negra iban por los caminos auto castigándose,  convencidos de que mediante su sacrificio de pecadores natos lograrían mitigar el castigo enviado por Dios a los humanos, hasta el aporte de Sigmund Freud a fines del siglo XIX y principios del XX, luego los análisis de Michel Foucault sobre la locura y el peso de lo interpretativo sobre las mismas, más las recientes  contribuciones de la neurociencia  se ha ido modificando el enfoque,  para darles a las enfermedades mentales y físicas su toque de gracia, sumando  así a la comprensión de su origen  una visión  más integrativa. ¿Pero hasta qué punto no sobrevive el concepto de que eso que nos ataca no es una maldición? ¿Hasta dónde creemos que no todo depende de un afuera poderoso del que debemos defendernos como si el estado de la fuente, vale decir  el cuerpo que recibe la enfermedad, el virus, el microbio o el agente transmisor del mal no participara en el proceso? En este terreno como en tantos otros de nuestra viva, sobreviven arcaicas creencias en nuestra psiquis.

Aunque no concibamos que exista una fuerza maléfica, tendemos a adjudicar lo que nos ocurre a un afuera que viene hacia nosotros, dando por descontado que somos seres indefensos ante lo que nos ataca. El concepto relacional que hemos aplicado a  muchas disciplinas, sean estas las pedagógicas, las del ecosistema planetario, las del área empresarial o las de las relaciones humanas, no parece pesar demasiado cuando nos referimos a las enfermedades  que aquejan nuestro cuerpo. En el vocabulario médico abundan frases como “atacar” la enfermedad, “enfrentar la disfunción del cuerpo” “aniquilar los síntomas”. Desde esta cosmovisión se presupone que hay un afuera que es vehículo del mal y hay un adentro que debe defenderse de esa intrusión. Sabemos que este es el modo de operar de la medicina alopática, especialmente occidental y sabemos que desde hace milenios en China y la India los criterios han sido otros, ya que otro muy diferente es el concepto de cuerpo humano. En la actualidad se suelen combinar las terapéuticas convencionales de la medicina alopática, basada en el uso de fármacos y aparatología mecánica, con las llamadas medicinas alternativas o complementarias, que conciben al cuerpo como un sistema integrado de materia y energía. Y la energía o cuerpo áurico es la matriz de esa materialidad, por lo tanto se trabaja con dicha matriz. Últimamente se ha desarrollado la medicina cuerpo mente y Enric Corbera  es uno de sus difusores más populares. Esta medicina trabaja con criterios basados en la influencia de las creencias sobre los órganos y las distintas partes del cuerpo y ha insistido en afirmar que nuestro cuerpo no es un receptor pasivo, es el creador a través de su mente de lo que le ocurre a nuestro cuerpo.

De modo tal que frente a un síntoma se busca su origen psico-emocional. Freud ya indagó en esto, desde el origen mismo de sus investigaciones, hizo un aporte considerable al curar la llamada histeria femenina  mediante el uso de la palabra.  Este no era un método desconocido para la corriente chamánica de los pueblos originarios de América y, por supuesto, para el Ayurveda Hindú y la medicina china. Cuando, a pesar de los tratamientos clásicos, una enfermedad no deja de producir síntomas, se le pide ayuda a un biodecodificador,  quien trabaja en otro plano que incluye incluso el árbol genealógico ancestral y en  la mayor parte de los casos, al comprender el origen de su malestar físico, el paciente logra la sanación. Al alcanzar un estado de conciencia sobre la emoción que causó la enfermedad, el paciente se libera de esa comunicación que ha establecido la enfermedad utilizando el cuerpo como vehículo del mensaje. A través de la enfermedad el cuerpo se convierte en un aliado del sujeto que sufre y lo hace con el fin de informarle que debe, que necesita imperiosamente modificar sus creencias, sus pensamientos, sus puntos de vista. La enfermedad  en modo alguno es una enemiga que viene a atacar.  Ahora, si trasladamos todo esto a lo que desde hace más de un año nos está ocurriendo como especie humana a nivel planetario, son muchas las cuestiones sobre las que deberíamos reflexionar: Si entendemos que la enfermedad individual es la expresión de un desorden que se inicia en nuestro cuerpo emocional mental, ¿qué le pasa a nuestro cuerpo emocional colectivo que experimenta  una pandemia de esta magnitud? ¿La Covid 19 es el mensaje que el cuerpo social planetario necesita decodificar? ¿Estamos enfermos de capitalismo, de consumir y consumir más allá de nuestras necesidades básicas? ¿La pandemia llegó como un freno a nuestra tendencia a la acumulación, acumulación de bienes de consumo y dinero? ¿Qué es lo que nuestro cuerpo colectivo se niega a escuchar del mismo modo que un cuerpo individual no logra descifrar hasta que recibe la ayuda de un biodecodicador profesional?  ¿Padecemos una sordera colectiva?

La población ha ido conociendo el comportamiento de este virus siguiendo el paso de los científicos, sabemos que es el aire el que nos enferma al transmitir el virus, que la   transmisión más importante se produce de persona a persona.  Justamente el aire, que es lo común a todos los seres vivos, sean humanos, animales e incluso vegetales, se trata del elemento que nos comunica, que nos conecta, lo que precisamente nos hemos dedicado a contaminar con el uso de la energías no renovables.

¿No es claro el mensaje? ¿El virus vino a limpiar nuestras conciencias? ¿Vino a poner en jaque al sistema capitalista? ¿Vino a que valoricemos más el contacto persona a persona que es lo que nos ha sido vedado en el transcurso de la pandemia? ¿Llegó para que nos conectemos más con nuestro ser interno y abandonemos la constante preferencia hacia lo exterior que es una marca de lo expansivo de nuestro sistema económico social? ¿Estamos viviendo el fin de una civilización? ¿Esta crisis civilizatoria es imprescindible para dar cabida a un sistema más equitativo entre los  humanos en  las  distintas sociedades?,  ¿y entre los otros seres vivos y los humanos? Si retomamos la idea de que la enfermedad llega a un cuerpo individual como un aviso a la conciencia respondiendo a fines evolutivos, ¿significa entonces que la sociedad en su conjunto ha recibido un aviso?  ¿Qué no controlemos al Covid 19 supone que  aún no hemos entendido ese aviso? ¿El cuerpo social planetario debe decodificar esta epidemia siguiendo las pautas con las que se hace en un cuerpo individual? No estoy segura, sin embargo abrigo la sospecha de que nuevamente  hemos puesto todas las expectativas en algo exterior como una vacuna.

El año pasado pensamos que este podría ser diferente, pero seguimos entre la espada y la pared. El Covid 19 tiene la facultad de mutar y eso nos vuelve más vulnerables. ¿Además de contar con el apoyo de la ciencia y la no desdeñable vacuna, no tendríamos que aprender a mutar fluyendo con el virus para sobrevivir  también nosotros como especie, empleando los mismos recursos que ha venido utilizando esta pandemia? Lo primero que se me ocurre es que una mutación supone cambiar el sistema de nuestras estructuras psíquicas internas, una revisión de nuestras prioridades y sistema de valores, una redefinición del concepto de persona y una mirada más profunda sobre nuestra interioridad. Por el momento no tengo más que interrogantes.

Imagen: Foto de la joven que murió de Covid y otras complicaciones por saturación del sistema sanitario.

 

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