En lo separado

¿Cómo?    SZWARC

para N.R.

 

Veamos lo real:

por ejemplo el río

-de acá hasta acá

podríamos inventar

una puerta para la casa

pero no-

veamos cómo

porque sí

un viento

tal vez provocado por el mismo río

no arrastra un sombrero hacia su centro.

Veamos después

algo más:

la lluvia

que comienza por inundar el sombrero

hace crecer las aguas a tal punto

que nos es imposible seguir viendo

porque lo real salido de cauce

nos ahoga.

 

Cada ver

 

En lo separado para siempre

algarabía.

 

La muerta, la primera mujer

alumbrada-deslumbrada:

ojos de vidrio.

 

¿Cómo puede el vidrio soportar?

 

La historia. Esa.

Las pisadas inscriptas. Acosada

la grave lengua ronca.

 

¿Cómo puede el vidrio?

 

Ese fulgor, irrumpiendo-

interrumpiendo.

(Tengo sed)

 

Y la muerta se mecía

pálida, muda

en la cocina.

 

La grave lengua ronca hiere seca.

 

¿Y si cayera por sus ojos

feroz metástasis la sed?

 

Vano

 

me da

una blanca

flor

que no huele

 

la dejo

en la sombra

del agua

del jarro

 

Horas

 

Esa niña flaca, decimal con su flor

roja al ladito del borde: mira claramente al que

levanta la pala

un pie va a hundirse –con la pala –en el montón de barro.

Es la hora del entierro y la flor

por arte de magia será libro.

La niña –que no sabe-

lee “sobre el dolor inmensurable

los ”.

 

Nos distraemos por el sonido de un saxo

que comienza a trepar –metálico –

hacia atrás y salen más niñitas de los ranchos.

Es la hora del pedido:

ehendú che, ome’e ché  un pedacito de pan 

-golpean, esos niños, sin padres

-otra vez, piden pan

-¿no les dan?

 

Ordenemos la historia ¿Evita había muerto?

¿Perón había caído? ¿Su estatua destruida en

la placita Sarmiento? ¿Yo tenía el sarampión?

¿Cantaba Ramona Galarza? ¿Tu perro

aquella noche era un lobizón? ¡Oh!, sí, tal vez tu perro

aquella noche, era. Lame la sal del cuerpo y

las tan estrellas caen, por mí.

El  lobizón desvanece de cercanía. Apenas

alcanzamos los breteles. Maldito gallo, que se

calle. Y que nadie sepa nunca.

 

Otra hora: tu siesta, los mosquiteros hacen

marcas hexagonales sobre mi morena

piel más vieja que el sulki

verás la polvareda y en ella el surco

¿dónde aún me harías caer?

(la longitud del muro hace a la partida

de los perros)

Recordemos: la niñita –la de la flor roja-

detenida como en un recital infinito y el saxo:

único movimiento acompañado por el taburete

donde una madre oye:

-¿quién no ha leído a Nietzche a los 17 años?

dirá él, ágil sus dedos arman cigarrillos

sus ojos alucinan patios y potras.

Dirá, es la hora de jugar: serás Yocasta

y juegan al día más perfecto de la historia.

Guardan azúcares aceites en el jarrón de lo indecible

juegan a encontrar los fierros para disparar: a los gatos

las alarmas al hueco del jarrón y a sacar al muerto

de su torpeza: su obstinación de muerto.

Arrancan flores hasta la niña decimal

jadean:

ningún patio es completo

ni siquiera el de la  madre.

 

Recordemos: el saxo, las horas,

la niña que dice es la hora

y vuelve a leer.

 

Intervalo

 

Vacilante

dejó de leer porque decía:

se ha quedado.

 

Alguien que amara

esa fotografía:

materna tierra de nieve

los torpes crímenes/ derroches /

espacio incierto de orín

en los vagones / humo

 

De este lado del paisaje

-sin importar lo que apetece-

el aire daría vuelta la página del libro.

 

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