Los caranchos del odio y la traición

NEACONATUS

Leer esta última reimpresión de la obra de Juan Basterra nos permite aventurar que los argentinos nunca vivieron en paz, ni con el otro ni consigo mismos. En perspectiva histórica durante el siglo XIX, para focalizar los tiempos del relato, son pocos los años en que no andan a los sablazos, acuchillándose, pasando a degüello, lanzando boleadoras o descargando arcabuces. Si interesa comparar con el posterior siglo XX, los descendientes de aquellos ensañados unitarios y federales no fueron menos crueles ya que perfeccionaron las artes de la tortura y el disciplinamiento propio o ajeno.

Desde 1810 luchamos para independizarnos de los españoles, después entre nosotros para que Buenos Aires dejara organizar sus territorios a las comarcas más allá de la avenida General Paz, mientras tanto nos cargamos los pueblos originales. Para mejorar los ejercicios históricos de combatir al otro practicamos batallas internacionales con Brasil, Bolivia, Uruguay, Francia, Inglaterra y Paraguay. Sin embargo las disputas civiles y fraternas causaron más ruina y muerte que las guerras de independencia, las exteriores y las impulsadas contra los indios. Nosotros  fuimos nuestros mejores enemigos.

Para sacarnos de encima a España a los porteños no se les ocurrió pensar cual sería el tipo de gobierno que tendríamos que crear después. La cosa comenzó sin unión ni planes previsionales. De entrada la junta del Cabildo de 1810 pitó el primer Boca – River entre saavedristas y morenistas con dos esquemas de juego enfrentados. Por un lado la Buenos Aires contratista, traficante, unitaria, oligarca y, más o menos, ilustrada. Por el otro la federal, levantisca, ¿bárbara e inculta?

El carozo del mega quilombo argentino fue siempre el monopolio del Río de la Plata, heredado ya de la corrupta administración ibérica. Buenos Aires, la gran caja económica y financiera. Por lo tanto con derecho a sumar la autoridad y el control político total: aquellos urbanitas tenían libros impresos en Francia, amantes mulatas y paraguas.  

Las poblaciones del interior (provincias), o sea las regiones más alejadas del puerto especulador eran muy pobres y sus habitantes se amuchaban alrededor de otros hombres, los caudillos. Tipos rudos y dueños de grandes extensiones de tierra. Casi la misma historia que Europa vivió luego de la caída del Imperio Romano unos mil quinientos años antes.      

Con este escenario de fondo, 1818 es un año crucial en la vida de Francisco Ramírez, el protagonista de la narración de Basterra. Buenos Aires fracasa en sus dos intentos por someter Entre Ríos, Ramírez toma el gobierno con el cargo de general y militariza toda la provincia.  Crece su prestigio e influencia en Entre Ríos y Corrientes. En un par de años será el líder de los confederados y ostentará la identidad de ser el “Supremo Entrerriano”. También conocerá el oprobio de morder el polvo por jugársela y ser decapitado.

Sin duda que el recurso dialógico pertenece a la inspiración creativa de Juan Basterra, pero las detalladas descripciones evidencian profunda investigación documental. Una búsqueda de datos que nos permite acceder a conocimientos tan heterogéneos y cotidianos como los alimentos y bebidas que se consumían: charque, choclos, caña, vinos de Portugal. O las vestimentas al estilo de los oficiales europeos que lucían los comandantes de unas tropas milicianas e irregulares. Y el paisaje selvático fileteado por cursos de agua casi infinitos, transitados por comparsas de indios castellanizados, curas omnipresentes, bandeirantes portugueses, mujeres vestidas de negro, mestizos montoneros, capitanes de navíos fluviales que recitaban al Dante y Petrarca y rameras fortineras.

En La cabeza de Ramírez hay acción, épica, dilemas afectivos (“la Delfina” y Norberta) y el ingenio discursivo de las cartas de amor. Textos epistolares que menguan la inclemencia de unas peripecias ásperas y belicosas: “Esta noche he sentido la condenada soledad del amor, la imposibilidad de la posesión total de tu continente, el sino del náufrago en medio del cruel océano que lo circunda. Tal es mi condena y mi martirio. Amándote, más allá de los sueños, la dicha y la tristeza, tu Francisco.” Ternuras que, sin embargo, están siempre bajo la sombra siniestra del fierro empavonado de las armas.

Hubo en las guerras civiles argentinas, un oficial irlandés (como Guillermo Brown) llamado William Yates, que sirvió a las órdenes del General José Miguel Carrera, personaje chileno que peleó junto a Francisco Ramírez y lo conoció bien. Lo describe al Supremo Entrerriano como alguien que “reunía en alto grado las mejores cualidades del soldado: era franco y abierto, incapaz de una simulación y nadie se le aventajaba en bravura personal”.

La muerte de Ramírez (en realidad, Juan Basterra nos describe su vida) fue romanesca: atropelló, con sólo dos soldados de escolta, a una partida santafesina que acababa de capturar a su querida Delfina. Fue dejado exánime de un pistoletazo en el corazón, y su cabeza cortada y embalsamada, exhibida como represalia, en un jaulón bajo las arcadas del Cabildo de Santa Fe.

Aquella historia, que es la nuestra y que tan bien nos la cuenta Basterra, se repitió como un bucle de violencia secular a lo largo de los años. Con la Revolución de Mayo Francisco Ramírez estuvo en el ejército patriota, luego luchó junto a Artigas, combatiendo bajo las órdenes de Eusebio Hereñú, contra el Directorio porteño, y enfrentó la invasión portuguesa a la Banda Oriental, también se alió, en aquel bravo tiempo a Estanislao López, de la Santa Fe.

Ramírez defendió a Entre Ríos de las tropas de Buenos Aires, incluso las atacó y venció en Cepeda, y más tarde del ejército luso-brasilero. Después del Tratado del Pilar y la batallada de Tacuarembó, Ramírez y Artigas se separaron y combatieron.

El 29 de septiembre de 1820 Ramírez fundó la República de Entre Ríos, deseando reunirse con las demás en una federación de iguales. Como el santafesino López había pactado con Buenos Aires, Francisco Ramírez rompió con su antiguo aliado y cruzó el Paraná para combatirlo.

Ramírez y Carrera (que andaba con William Yates) se juntan en un intento de sobreponerse a las traiciones y a sus propias montoneras cada vez más diezmadas. Pero son derrotados en Cruz Alta. Al final Ramírez cae heroicamente en Río Seco.

De esa batalla en la actual provincia de Córdoba el Supremo entrerriano logró escapar, pero al descubrir que Delfina, su compañera que había luchado con él durante toda la campaña, había sido capturada, regresó a buscarla. Fue allí cuando lo matan.

La novela histórica desde principios del siglo XX fue un subgénero literario muy apreciado por el público lector argentino. Con un marcado sesgo romántico supo crear un importante nicho de mercado editorial. Sin embargo toca aclarar si todo es novela histórica o si cabría mejor hablar de historia novelada. En el caso de La cabeza de Ramírez los límites no están marcados con mojones académicos, sino con el fervor narrativo de capítulos breves que se encadenan como escenas audiovisuales. La lograda novela de Basterra cuenta un ciclo de nuestra terrible historia con una de las tácticas de la mejor literatura, no poder dejar de leer el libro hasta llegar a la última página.

Tanto en 2016 como en 2021 la editorial ConTexto distribuyó esta obra  que formó parte de la antología bilingüe español-inglés “12 narradores argentinos 2015-2016”, editada por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

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