La crónica y la lengua perdida


Por Graciela Elizabeth Bergallo. Sáenz Peña, Resistencia, Chaco. Escritora y antropóloga

A propósito de este libro “Crónicas del Chaco Invisible (y otros cuentos)” de mi autoría, más allá de una reseña quería compartir algunas reflexiones sobre la crónica, en tanto lenguaje que interpela cualquier encasillamiento, así la entiendo y respeto cualquier otra perspectiva. ¿Debería acontecer lo mismo quizás con otros lenguajes? Pero hoy se trata de la crónica. ¿Esto significa que podrían interpelarse algunas instituciones sagradas clasificadoras? Por ejemplo, el Fondo Nacional de las Artes define a la Crónica como “no-ficción”, como una categoría más en sus certámenes literarios.

Sabemos que todas las categorías, géneros, conceptos, podrían interpelarse desde el momento en que surgieron en alguna circunstancia histórica, en cierto contexto sociocultural o ideológico. En algunos casos, gracias al formalismo abstracto y sus pretensiones de establecer reglas, clasificaciones, compartimentos estancos, terminaron lejos, muy lejos de la experiencia cotidiana. La industria cultural aportó lo suyo. Finalmente, las categorías o géneros suelen vivir tranquilamente en feudos con sus respectivos guardias pretorianos. En ese sentido, es discutible hablar de la “nueva” o “actual” literatura desde una perspectiva a-crítica e insostenible evolucionismo unilineal.

No es casual que la crónica haya acompañado movimientos libertarios en América Latina, justamente por atravesar fronteras. Jezreel Salazar, en “La crónica: una estética de la transgresión”, dice que en la crónica se conjugan la narrativa histórica y la ficción, la literatura y el periodismo, la objetividad y la subjetividad, la oralidad y la escritura. La crónica tiene una cualidad que la caracteriza, es libre, por eso se mixtura y cambia. En ella puede rastrearse la etnografía, el ensayo, el testimonio, la poesía, la crítica, la realidad y la ficción. Por estas cualidades la crónica tiene un sentido político, por su carácter anticanónico.

En América Latina / Abya Yala hay una tradición dominante de cierta racionalidad sostenida en la cultura letrada, hegemónica, que privilegia el decir y no el hacer, la escritura sobre la oralidad, o el expresar de otros modos. Es así como se han ignorado categorías enteras de representación, otras configuraciones del tiempo y el espacio, otros modos de conocimiento, estados de conciencia, realidades, otros lenguajes que siguen r`existiendo en la memoria social. Como dice Piglia, la lengua se ha convertido en un territorio ocupado que define los niveles de comprensión y sentido, a veces muy lejos de los registros de la lengua popular y las experiencias concretas dela vida cotidiana. Los que resisten, hablan entre sí una lengua perdida.

Las crónicas-cuentos de este libro se ven atravesadas por historias de mujeres y hombres, de ríos y esteros, del monte, exploradores, partos y nacimientos, de islas como la visitada por Rodolfo Walsh, ingenios, deforestaciones, historias de pueblos y fábricas, de conflictos territoriales, rituales, espíritus, poras, santuarios y fronteras.   Lo que se vislumbra es que la vida siempre está en un frágil equilibrio, y cualquier hilo que se arranca puede quebrar la delicada trama. 

Para compartir la experiencia humana se cuentan historias, la necesidad de contar historias tiene que ver con la búsqueda de sentido, que sólo es posible en el encuentro con el otro, sostiene la antropóloga Sonia Maluf. La crónica es uno de los senderos que posibilita ese encuentro con el otro. Sólo en ese encuentro nos reconocemos, nos reconstruimos y logramos hacer sentido.

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