Se me ha perdido una niña

Por NEACONATUS

Los niños y niñas de los cuentos de Rosita Escalada Salvo atraviesan historias de desamparo y soledad. Sin distinción de clase, forman parte del protocolo ético de nuestra sociedad. Un espacio social donde la responsabilidad moral es ambigua y se la encubre definiéndola como imperfecta. Convivimos con la ignominia desde ámbitos progresistas a conservadores, desde familias a gobiernos. Todos y todas estamos implicados en una vida que desprecia la alteridad y excluye a la infancia y la juventud como si fueran entes invisibles.

Cunú en guaraní es cariño. Cunumí, por el sufijo “mi”, significa cariñito. Los cuentos de Rosita Escalada Salvo son cariñitos a una infancia desolada. Tomamos un relato de su nuevo libro para extender su título a toda la obra. No debe haber en el mundo un lenguaje que nombre así a sus chicos, porque cunumí es la palabra para decir niño en guaraní.

El texto en cuestión trata de un pequeño aborigen que va a un acto oficial. O sea es sacado de su contexto habitual, vestido como los blancos y trasladado, junto con sus hermanos de la comunidad a un lugar que para él y los de su raza, es extraño. El símbolo de esa anomalía son los zapatos que tuvo que ponerse.

De este cuento y de esta situación podemos extrapolar todo el libro de la autora: Los personajes de Rosita son niños que están en un mundo que no solo les aprieta los pies, sino la vida. La escritora refiere la inmensa orfandad de la infancia, que por atisbos aquí y allá son de los cunumí misioneros, pero que en algunos casos tienen sitios centroamericanos.

Pero además es clara en cambiar la letra de la canción de los chiquillos con que inicia su recopilación de cuentos, porque la niña perdida no se extravió en el jardín, sino en el país. Es el país, es la patria grande, desde México hasta nuestra provincia, donde Rosita ha comprobado el terrible drama de las criaturas inocentes.

Dentro de su simplicidad  aparente, una sintaxis clara, directa, existe una enorme tragedia que consiste en el abandono por parte de la sociedad de los niños. Por esos las historias son dolorosas. Porque no hay rebusque ni justificación para semejante desidia de olvidar a la infancia, a los más frágiles, a los chicos pobres de las barriadas de las ciudades, de los pueblos, del monte.

Los cunumí “cuera” (el plural del guaraní es cuera luego del sustantivo) de esta obra son miserables críos cuyos padres, si es que están en la casa, deben trabajar de sol a sol y no dedicarse a cuidarlos. Son pequeños inmensamente pobres. Y aun siendo muy humildes la autora nos deja ver que son dignos, limpios de alma, queribles hasta el infinito. Indefensos menudos sometidos a los vientos del destino, de políticas que los han olvidado. Son nenes que hacen los que pueden, por ejemplo vender diarios en el maremágnum de un mundo donde ellos no figuran.

Es por eso la niña perdida del título, la cunumí, el cariñito, ese ser tan puro e inocente de toda culpa, no se le ha perdida a la autora ( que no hace nada más que rescatar la infancia) sino a la sociedad.

La tasación de nuestras conductas ejercidas sobre la minoridad depende de una escala de valores difusa y acomodaticia. Asumimos que las cosas son así y debemos convivir con las injusticias porque forman parte de un plan o de un caos siempre generado por fuera de nosotros. La patología social no sabe de remordimientos ni responsabilidades, siempre miramos para otro lado. Hacia un cielo que nos abrirá sus puertas permitiéndonos entrar a una dimensión de armonía y justicia social. La sociedad capitalista se basa en este conservadurismo magnánimo donde el destino juega un rol similar al de la ruleta rusa. Somos dueños de nuestro presente y futuro, quien es pobre lo es porque quiere.

Los relatos de Se me ha perdido una niña reactualizan la relación binaria entre arte y moral. Toman partido por una actitud de denuncia sin caer en reduccionismos maniqueistas. Las acciones hablan por sí mismas, eluden la acuarela moralina. No hace falta, suceden frente a nuestros hogares bien pensantes o a la vuelta de la esquina. Pero como nuestros días transcurren dentro de una cotidianeidad con vidrios polarizados, eludimos ver, sentir y jugarnos por, al menos, algún cambio.

Cuando desde las ciencias sociales o el activismo ciudadano se focalizan las variables que degradan la infancia surgen más preguntas que respuestas. Y las dudas proveen cierta consolación pues justifican la inacción y la anomia comunitaria. Ante lo que no se puede modificar estructuralmente somos indultados por no hacer nada. Por el contrario las certezas morales nos obligarían a involucrarnos, a asumir compromisos colectivos. Las vacilaciones permiten convivir junto a la infamia.

Retomando la ecuación arte y moral desde donde nos reclama esta obra, podríamos citar a Steven Pinker (Los ángeles que llevamos dentro) y considerar que la literatura contribuyó históricamente a sensibilizar sobre algunos escenarios sociales sombríos. Pero los ejemplos no abundan, tal vez en este caso podría tenerse en cuenta a Dickens. No mucho más. Otros autores y autoras sucumbieron a una mirada estilo “cabaña del tío Tom” donde se privilegió la peripecia romántica. Las mismas palabras de la autora definen el horizonte al que apuntan estos relatos tan cercanos a la crónica: “Escribirlos fue una manera de mostrar la indefensión y vulnerabilidad de tantos chicos, ante una sociedad y estratos gubernamentales que nada o poco hacen por rescatarlos. Si logro despertar conciencias y solidaridad, tendrá sentido publicar este libro”.

Se me ha perdido una niña fue impreso en los talleres de Ediciones Misioneras, Posadas, Luis Ángel Larraburu. Con los auspicios de A.E.Li.Ju.M. Asociación de Escritores de Literatura Infantil y Juvenil de Misiones.

 

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