Chernóbil Herbarium: la memoria de las plantas, 35 años después

NEACONATUS

El 2021 coincide con el 35º aniversario del accidente nuclear de Chernóbil (26 de abril) y el 10º de Fukushima (11 de marzo), un año importante que invita a reflexionar sobre el paso del tiempo en relación a la huella ecológica que produce la radiactividad y que nos enfrenta a los retos presentes del cambio climático.

En Chernóbil Herbarium, la artista Anaïs Tondeur y el filósofo Michael Marder, además de conmemorar una tragedia que parece haberse olvidado, proponen una aproximación interdisciplinaria a las consecuencias que el desastre nuclear de Chernóbil tuvo en las plantas y las semillas de la “zona de exclusión”. El libro nos confronta con el acontecimiento de Chernóbil por medio de 35 fotogramas (rayogramas) realizados por Anaïs Tondeur acompañados de 35 reflexiones y recuerdos de Michael Marder, a quien esta «catástrofe de la conciencia» tocó de cerca.

Esta novedad editorial que cuenta con la colaboración de Trànsit Projectes ya está disponible en librerías de España y en ebook.

Sanar el trauma medioambiental con el arte y la filosofía

En 2015, la “zona de exclusión” de 30 kilómetros alrededor de la planta nuclear de Chernóbil fue reabierta, revelándose como un lugar repleto de fauna, vegetación y vida salvaje. El herbario creado por Anaïs Tondeur a partir de muestras vegetales de esa zona se inspira y se nutre de la investigación llevada a cabo por Martin Hajduch en el Instituto de Genética de Plantas y Biotecnología de la Academia de Ciencias de Eslovaquia sobre las alteraciones sufridas por la flora en zonas de alta radiación, poniendo especial atención en la familia de las lináceas. Las imágenes de Tondeur fueron capturadas mediante la técnica del fotograma o rayograma, impresiones directas de los especímenes dispuestos sobre papel fotosensible, que emula el efecto de la exposición extrema a la luz que una bomba atómica emitiría al explotar. Es un fenómeno perceptible en Hiroshima y Nagasaki, en las sombras que quedaron impresas en las paredes y en la tierra después de los bombardeos atómicos de 1945. Con esta serie de improntas vegetales, la artista pretende interrogar las cicatrices de una tragedia, las huellas traumáticas pero imperceptibles de una sustancia que la población ucraniana denominó «el Enemigo Invisible».

Una catástrofe de la conciencia

El sábado 26 de abril de 1986 una prueba de seguridad en la central nuclear de Chernóbil tuvo un desenlace desastroso. El núcleo del reactor número 4 explotó emitiendo una nube de polvo y lluvia radiactiva que fue a la deriva por la atmósfera a través de la Unión Soviética y Europa. El mundo de nuestras concepciones y valores explotó. Chernóbil marcó también la desaparición del sujeto colectivo soviético, que coincidió y aceleró el colapso de la Unión Soviética. En términos más generales, produjo un trauma de proporciones europeas y planetarias que debilitó la ya menguante fe en el progreso tecnológico y la ilusión de seguridad dentro de las fronteras de los Estados-nación.

¿Qué permanece hoy de este acontecimiento?

35 años es una fracción insignificante de tiempo, un instante en una cronología que necesitará siglos para descontaminar el suelo y el entorno natural afectado. Quienes sobrevivieron y sus descendientes, incluyendo animales y plantas, continúan desarrollando problemas de salud y muriendo debido a la exposición a la radiación.

El trauma de Chernóbil no ha sido suficientemente trabajado, a falta de una conciencia apropiada para la tarea de representarlo. La producción de energía nuclear en Europa y en todo el mundo no se ha detenido e incluso hay quienes se atreven a proclamar que es más segura y ambientalmente más saludable que la que se obtiene de la quema de combustibles fósiles. Aún no ha tenido lugar un replanteamiento fundamental sobre el significado de la energía y su obtención, que tenga como telón de fondo Chernóbil, más recientemente Fukushima, y también otras emergencias ambientales como el cambio climático.

Marder y Tondeur insisten en la necesidad de reflexionar sobre esta explosión de la conciencia, sobre cómo significarla y simbolizarla. Iluminando las huellas de la memoria codificada en las plantas iniciamos un trabajo de duelo infinito —como infinitas son las resonancias de la radiactividad— que nos ayude a imaginar una forma de dar testimonio que respete el silencio absoluto en el que nos sumerge el nombre de Chernóbil.

«Como siempre, las plantas serán las que nos guíen, reconectándonos con la tierra (irremediablemente contaminada), iluminando el significado de los vestigios, y ayudándonos a concebir una especie de testimonio que guarda un absoluto silencio.”

 

Fuente: Blog NED Ediciones

 

2 Comments

  1. Todavía tardará mucho TIEMPO en que el hombre consiga sus propósitos humanitarios,de paz, soberanía alimentaria y sanitaria. Pero estamos en camino. Entonces en un día no lejano podamos decir que es EL MUNDO QUE HOS SOÑADO PARA LOS HIJOS DE NUESTROS Y PARA TODA LA JUMSNIDAD. LA PAZ ES POSIBLE.

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