El derecho a la antinomia autónoma de las antologías

NEACONATUS

Recientemente las antologías de autores del noreste argentino han subido a escena. Acaban de publicarse los dos tomos de la obra Confines de la patria editada por el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos de Buenos Aires con selección y prólogo a cargo de Francisco “Tete” Romero y Patricia Severín, responsable de la editorial santafesina Palabrava, ya puso en marcha un nuevo proyecto análogo. En neaconatus no podíamos dejar pasar la oportunidad de proponer algunas reflexiones sobre este género tan propicio para generar fogosos debates.

Las antologías o selecciones de relatos y poesías, en este caso no nos ocupamos del género ensayo, producen un recorte de producción literaria muy similar a la óptica angular del ojo humano. Puede ser generacional, regional, temporal, de género, casi no tienen límites los criterios normativos pero si el campo que entra en foco. Es similar a la curaduría en artes visuales pero cambia el contenedor. En vez de un museo, se monta la muestra dentro de un libro. 

También existe una cierta semejanza con las actuales playlists musicales que tienen su antecedente en los Top 10 o Top 40 radiofónicos. Sin dejar de lado las listas de reproducción de videos. Organizaciones audiovisuales democráticas y personalizadas que transforman a cualquier persona en preceptor de su propio gusto de prosumidor. En esta dimensión también entra la variable aleatoria, una elección azarosa sin causa ni norma. Si esta eventualidad lúdica se aplicara a una antología literaria, el caos podría ser el resultado final. Tampoco estaría mal.

Estas colecciones suelen tener una alta dosis de subjetividad y generan sentimientos de culpa. El responsable de la recopilación se juega la vida, deberá fundamentar por qué incluyó a tal o cual autor o autora y eludió la presencia de otros/as. Al igual que el entrenador de un seleccionado nacional de fútbol, recibirá aplausos y críticas. Puede que hasta marquen la puerta de su casa con pintadas o lo escrachen cuando salga a pasear por la plaza central de la ciudad. Vaya talante que deberá demostrar ante las diferentes hinchadas intelectuales sentadas en las mesas de los bares.

Recurrimos a nuestro colaborador el filósofo Ubaldo Pérez Paoli y nos enteramos que la traducción castellana acerca antología a florilegio, que viene del latín florilegium. El original griego es con hache adentro: Anthología, de ἀνθος, flor, y λέγειν, recolectar. Es una creación tardía del griego. Tal vez el primer testimonio se pueda rastrear hasta el satírico Luciano de Samósata (125-181 después de Cristo). El sustantivo “anthología” no aparece en la Grecia clásica (sí el verbo correspondiente). El primer testimonio parece ser “El pescador” o “Los resucitados” de Luciano. En este diálogo se tiene que defender de los filósofos que vuelven desde el averno al mundo por un día para vengarse de la difamación de que han sido objeto por parte de él. En un diálogo anterior (“Formas de vida = escuelas filosóficas a la venta”) había vendido en subasta sus filosofías. Su defensa en “El pescador” consiste primero en decir que él, como una abeja, sólo había recogido las flores de sus pensamientos. Después de un juicio llega a un acuerdo con ellos y la filosofía y se pone a la pesca de los falsos filósofos.

Esta pista nos sugiere que una antología podría ser un vivero de flores, un muestrario de brotes, un herbario de ideas. Y vuelta a empezar, entonces el responsable de articular una antología ¿es un jardinero? No cesan las curvas de este laberinto, hay diferentes estilos de jardines. El inglés, el francés, el japonés, el alpino. En todos los casos el antólogo – jardinero selecciona las mejores especies y desbroza la hojarasca. Volviendo al socarrón Luciano ¿son las antologías de relatos parques botánicos, nomencladores que intentan crear unos canteros con setos prolijamente podados?     

Queda claro que las antologías o selecciones de textos son acciones de riesgo. Pero sin ellas nos perderíamos en la fronda enmarañada de la producción literaria. “Los árboles no nos dejan ver el bosque”, refrán que por reiterado se acepta como verdad inapelable. Aunque también podría interpretarse al revés y reivindicar que poder distinguir algunos árboles nos permite enterarnos que sucede dentro la espesura y elegir el camino para llegar a destino. Conocer, ver, comprender lo que una generación escribe, por qué, desde donde, cómo. Y también lo que calla. 

Esto “lo que calla” posee un enorme valor, siguiendo a L. Wittgenstein, que en su Tractatus expresó “mi obra se compone de dos partes: una, de la que aquí aparece, y otra, de todo aquello que no he escrito. Es precisamente esta segunda parte la más importante”. Por lo que podemos deducir que bien se podría intentar una antología de lo no escrito. Porque sabemos que los escritores (los buenos, al menos) poseen más hojas desechadas que seleccionadas. También están los otros, aquellos/as escritores/as que todo lo que escriben creen que es publicable. Les falta lo que Dámaso Alonso denominó “pudor”. En buen romance, un escritor sea individualmente o de manera colectiva (en antologías) debe poseer compasión por los amigos que abrirán su libro.

Pero para volver al tema  del antologismo, sentimos con un cierto vago perfume poético que las selecciones de obras son al fin y al cabo, como adelantamos más arriba, una elección arbitraria de flores literarias. Parece cursi lo que afirmamos e ignoramos como plantear el acto de esta rosa sí, este clavel no, esta margarita está medio mustia pero puede ir, este gladiolo es un fallido fenómeno de la naturaleza que no va en el ramo de pétalos elegidos para lucir dentro del florero del libro.

Si exploramos algunos textos antologados (¿Está bien dicho? ¿Cómo se conjuga antologizar?) tal si fueran flores (seguimos siendo un tanto cursis, pero sólo porque no podemos salir de adentro del jarrón de cristal), en realidad son -lisa y llanamente- sexos de las plantas, que no otra cosa son las flores. Pero lo de flores y sexo vale únicamente como metáfora. Ya que estas texturas florales en la vida real son elegidas por el mundo que prometen, por el color y el aroma que insinúan. Después al acercarnos y abrirlas tendremos dos posibilidades: una, nos gustarán para cuidarlas y que no se marchiten ni nos aburran nunca; o nos defraudarán. En este caso Ndaré coi la culpa (“no es culpa nuestra”, en guaraní queda mejor que en francés y en español).

Una antología es un muestreo que necesita una intuición previa. Toda selección de varios autores depende de las muestras que se elijan. De las que quedan aparte bien se podría hacer (incluso con los mismos autores) otro libro.

Podríamos guiarnos en la justificación de unos/as literatos y -de ellos- tales obras por algún plan sistemático, por tema, por género, por edad de los/las escritores/as, por la época de la escritura por la geografía donde residen los artistas, o por el estilo, etcétera. Hasta se podría citar el criterio de la estadística, de la extensión de los cuentos, de cuántas veces aparece la palabra monte, río, yerbal, ciudad, amor, muerte. O podríamos orientarnos por el asombro, la contemplación (nuestra) de la incertidumbre, la sorpresa. No habría en este método planificación alguna, sino tal cual lo hacen los mismísimos escritores al aceptar un término y desechar otro: el deseo deliberado del gusto, sin otra referencia.

Posiblemente este sistema de designación sea (o suene) antojadizo, pero puede ser que resulte el mejor. Este procedimiento puede llevar el calificativo de “personal”, antología personal. Puede ser personal de la editorial, del organizador, de otro infiltrado en la técnica de premiar a alguno/a con la publicación y a otro/a, no. Esta vía habla mucho del antólogo. Pero quién se anima a poner el cascabel al gato. ¿Cualquier lector del mundo no hace también antologías inconscientes al comprar un libro y no otro, al elegir de su biblioteca cualquier volumen al azar, incluso al volver a leer una historia y no la que está al lado, a la que apenas echó una mirada al índice?

Si a los escritores/as que saldrán publicados en una antología no les agrada el autor que le sigue o precede, sepan convivir con los vecinos. Es gesto de buena urbanidad la tolerancia. En la viña literaria del Señor, cabemos todos. Gocemos del amuchamiento simbólico (en tiempos de aislamiento terrenal) tal cual una fiesta (que un libro agremiado o en solitario es eso) una peña, un encuentro de escritores, sin fijarnos detenida, obsesivamente en los estilos. Sin importunar con la filiación literaria, la biografía personal detallada, las fuentes, el fondo de época, el pueblo donde vive, sus premios o no, el número de libros publicados. Porque lo que nos interesa no son los chismes del seleccionado/a en la fortuna de las Letras o su familia, o cuántos hijos o nietos tiene o tuvo, etcétera, sino mostrar siquiera una chispa, una llama del espectáculo creador de toda la obra de tal autor/ra.

A la hora de asumir la responsabilidad de organizar una antología literaria no caben las disculpas. Sólo subirse al tren y ver hasta dónde nos lleva. Frente a los escépticos queda la defensa de que habrá otros trenes que seguramente viajarán hacia otros destinos. Sólo toca esperar sentados en el andén charlando con Luciano de Samósata, a que pase la próxima antología.

 

Imagen: Fotograma intervenido del sketch El Partido de fútbol para filósofos del grupo británico Monty Python.

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