Protocolos de vida

Por Alicia Marina Rossi. Resistencia, Chaco. Escritora de poesía y novela

El cisne enjaulado

EL 17 de abril llegué al centro de detención en Barranqueras. Llovía. Lo único que había a mi alrededor eran policías, yo solo pensaba: mamá, vení buscame, te juro que no lo vuelvo a hacer, vení buscame. Después que me desplumaron en la requisa, caí en la B7. Ahí conocí a la Marlene y a la Cococha, nos presentamos y me acomodé en la cama que quedaba. Tuve suerte, en otros pabellones dormían de a dos. Cuando pasé al baño vi a una presa abrazada al inodoro con la cabeza adentro, descompuesta pensé y me abalancé para ayudarla.

—Pelotuda, no me jodás, no ves que estoy en el fono.

Salí expulsada. Empezaba a dudar si me internaron en una cárcel o en un loquero. Pregunté qué hacía en el baño.

—Por ese teléfono hablamos con los presos de la B6 y B5.

— ¿Escuchan por ahí?—dije mientras oía un rapeo que salía de esa boca dura y aguachenta.

Pasé ese primer día observando los “códigos”. Al baño se lo podía usar solo de mañana para las necesidades pesadas, si más tarde te daban ganas te las tenías que aguantar hasta la cena o el día siguiente. Al mediodía lo lavaba a fondo la que estaba de turno, después se podía hacer la primera comunicación y a partir de allí el teléfono quedaba liberado. Ese jueves le tocó a la Marlene, había que verla rasquetear con lavandina y esponja hasta dejar al inodoro más reluciente que un cisne blanco. No sé cómo se me ocurrió llamarlo así, no lo comenté, iban a bardearme. Me explicaron que el caño del desagüe se conectaba con el baño de dos celdas de varones y si hablaban por ahí se oía bárbaro. Pero como no se veían, buscaron la forma; antes de salir al pasillo y pasar frente a la jaula de los chavones se batían por el teléfono la ropa que llevarían y los tatuajes visibles, era el único momento de contacto. Los horarios en el patio y en el comedor para hombres y mujeres eran diferentes.

Después me enteré que el “Llavero”, el poli que abría las jaulas, solía dejar que los novios se den un pico al paso. Una presa se la jugó, asomó la cabeza y casi cruza del otro lado de los barrotes de lo flaca y heavy que estaba. Si no fuera por nosotras que la paramos terminaba en el pozo adonde van los “violetas”, a esos nadie les perdona; por violador lo hacen boleta. Adentro no se cuenta porqué te encarcelaron. Yo, menos. Estudié cuatro años informática y en los laburos me daban dos mangos, al último trabajo lo conseguí porque soy una genio armando redes en la web. El Paraguayo me contrató, yo de entrada sospeché algo turbio, pero pagaba con verdes y para cuando me di cuenta que no traficaban merca, sino que estaban en la trata, ya era tarde. Decí que mi vieja no supo, no me perdonaría, justo ella que se la pasa ayudando a los chicos de la calle y yo mercando con eso. La que era un bicho raro era la Cococha, y encima embarazada, le tenía miedo, mirá si se enteraba en lo que estuve metida.

A la semana de estar entre rejas, entraron una novata a nuestra cueva justo a la hora que estábamos en el comedor, al regresar vimos que el cisne estaba convertido en un patito feo; le agarró el julepe de la primera vez y dejó marrón el teléfono. Casi la matamos, hasta que entendió, lo lavó y lo devolvió listo para usar. Ese día me animé y dije: el cisne blanco recuperó las alas. Ahí nomás llegaron las cargadas:

—Che, sos poeta vos, mirá que acá te cagan hasta la poesía.

—Nada, no jodan, se me ocurrió, nomás.

—A mí me  gusta —dijo Marlene —los canas no se van a avivar, son unos burros.

Desde ese día quedó instalado, según su estado era cisne negro o cisne blanco y revoloteó la idea de que ese pato hacía nadar a las palabras. Lo genial era que dos presos cantaban bachata con voz finita como de pájaro y te hacían volar de verdad. Pero toda la cárcel era un lago contaminado y no lo pudimos salvar. A una interna la apretaron y buchoneó, y a la semana estaban los albañiles cambiando las cañerías. Yo digo, ¿a quién jodíamos con eso?, a nadie, limpiábamos la mugre, hablábamos y cantábamos nomás, si hubieran visto al “Oso” con la Marlene cómo se querían, se iban a casar y a trabajar con un abuelo carpintero.

Después que mataron al cisne, ya no volaba una perra esperanza y al “Llavero” lo cambiaron de sector y le metieron sumario. La Marlene lo dijo de una: en la cárcel no se salva ni el watercloc.

Al tiempo fui trasladada a la Alcaidía, pero antes de irme le escribí a nuestro ganso. Después me enteré que hicieron una cumbia para el cisne enjaulado con la letra de mi carta y que en el patio la cantaban los chavones. Yo no les conté, porque me iban a bardear más todavía, pero el Google dice que el cisne es el ave consagrada a Apolo, y como Apolo es el dios de la música antes de morir canta melodiosamente, melodiosamente dice, y entonces el alma se libera del cuerpo. Como decía mi profe de computación, “hay que googlear el corazón”, de alguna forma hay que escapar.

 

La fórmula

            Sentada frente a un escritorio moderno, sin historia, ante un hombre con uniforme blanco, escuché la sentencia: señora, tal vez le queden ­60 días, o un poco más, usted me pidió la verdad, según los análisis y la casuística, lo lamento, no puedo mentirle, usted me rogó que no se lo ocultara y me comprometí. Así concluyó el médico, renombrado especialista, su magistral perorata científica acerca de mi enfermedad y pronto final.

No sé como llegué a casa, creo que puse el automático. Pero allí estaba en la cocina preparándome un té digestivo. Me senté en el sillón preferido del living y continué la lectura de un libro. Llevaba leídas cuatro páginas cuando advertí por el ventanal que un policía dejaba una multa en el auto que estacioné sobre la vereda. Andá a cobrársela a Magoya o abrí mi sucesión, le grité. Saber que moriría pronto ya servía.

Y por esas coincidencias cuya razón ignora el hombre y el galeno, esa tarde de la sentencia, encontré en la novela de Marechal la fórmula de la vida. Agradecí a las Parcas que me permitieran conocer, precisamente en ese fatídico día, el modo para vivir feliz el tiempo que me restaba.  

La fórmula maestra estaba en el texto sin sobresaltar, como sucede en los buenos libros, sin embargo la advertí, tal vez tenía la sensibilidad del moribundo. Decía así: “Ir de cuerpo y de alma todos los días”.

             Tenía poco tiempo para poner en práctica una técnica que con solo nueve palabras exponía la receta tan codiciada por los humanos. Saqué de la cartera un cuaderno-anotador que siempre llevo conmigo y comencé a desarrollarla y a escribir:

            Ir de cuerpo, final del proceso biológico del hombre que tiene como etapa previa alimentarse, ingerir elementos líquidos, sólidos y gaseosos de los cuales extrae lo necesario en sustancias, proteínas, oxígeno, calcios y más. En simultáneo, el cuerpo desecha lo tóxico, lo inservible, vaciándose crea un nuevo espacio limpio y un consecuente deseo de ser colmado; ciclo de la máquina sincronizada donde habita el mortal, concluí.

            Ir de alma sería el mismo proceder pero con el alma, pensé y escribí: nutrirse de gestos saludables, evitar los venenosos; ir comiendo con el alma los besos y las lágrimas; cultivar la risa en las esquinas; degustar la música como a un vino; gritar la barbarie; escapar de los que meten miedo, de los pronosticadores de catástrofes y hollinadores del espíritu; esquivar a los miserables y resentidos, que se enrosquen solos; saciarse con los seres líquidos que se vierten generosos; deambular en las bibliotecas y dialogar con los personajes que sobreviven en los libros. No olvidar internarse en la naturaleza con los contemplativos, dejar a los cazadores que se cacen entre ellos. Irse de alma en cada palabra, en cada cópula, concluí.

            Guardé el anotador y me levanté con facilidad. Eso haré los días que me quedan, dije, y memoricé la frase de la alquimia, ignoraba si a mi enfermedad de base se le sumaría el Alzheimer. A la mañana siguiente desperté temprano, lenta bebí café con leche, saboreé miel y una cucharadita de polen. No hice comentarios, me apropié de la receta. Me acerqué a mis hijos y los contemplé sin interrumpirlos. A mi hombre también lo miré profundo. Le hablé con los ojos y las caricias. Igual con los amigos.

            Es raro, pensé, en realidad sólo quiero ver con el alma, el alma de lo que miro.

            No fue sencillo, uno tiende a borrar lo importante. Cada tanto sacaba de la cartera el anotador y volvía a leer: “ir de cuerpo y de alma todos los días”. En el baño cumplía con la mitad de la fórmula maestra. La otra era más complicada. Recordé que el personaje de la novela que dio la fórmula, era un filósofo y que se lo decía a su amigo con sencillez; formularla es simple, pensé, llevarla a la práctica es otro cantar. Aunque alejarme de los “mala onda” y de los moralistas me resultó placentero.  Bastaba decir algo como: “Perdón, no comparto su crítica. ¿Y usted, qué hace al respecto?”,  “también hay gente trabajadora y honesta, al corrupto lo denunció, me imagino”, y la gente se alejaba. Muchos se espantaron definitivamente.

            Una mañana compré un marcador azul y cuando andaba por espacios públicos, baños, bares y plazas escribía la fórmula prolija y visible. Popularizar la filosofía no le hace mal a nadie.

            Para encontrar seres líquidos me inscribí en talleres de teatro, de escritura, fui a conciertos, a cines, el mundo se me hacía como un bife de lomo y una mousse de chocolate, quería comerlo todo y de todo. Iba al baño puntualmente. Me quité el reloj y medí las horas a mi antojo. No niego que hubo planteos en la familia y en la pareja. A cada cual le contesté: yo sé que me puedo morir hoy ¿y vos? Al trabajo renuncié, no hallé otra forma, estaba lleno de garrapatas y yo no tenía tiempo ni para rascarme. Achiqué los gastos. Lo pasé realmente bien, aprendí a cocinar y con el alma me comí la vida. No engordé. Dejé cosas y personas a un costado del camino, no se puede llevar todo a cuestas. A mi loca la metí adentro de un libro de poesías y viaja libre con los lectores.

            Hoy, hace 10 años de aquella visita al médico. Hace 10 años.

            Estoy junto al río. Así lo decidí. Antes de llegar a la orilla abracé los árboles más queridos. Tengo a mi lado sólo aquel libro, el del autor que me regaló su mejor secreto. Sucede que esta madrugada sentí unas puntadas en el pecho y al alma extrañamente cansada. También traje el anotador y un lapicero de trazo fácil, mi último deseo es legar la receta magistral y dejar que mi cuerpo se vaya de alma con una poesía:

            La flor no basta. Necesita que tus ojos la beban.               

            Necesita de tu boca un suspiro

            de tu mano la tentación y el temor de lastimarla.

            La flor no basta. Te necesita.

 

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