Los otros veranos

Por Alejandro Bovino Maciel. Corrientes, Asunción, Buenos Aires. Escritor y psiquiatra.

Este nuevo libro de Mabel Pedrozo se abre con una dedicatoria a su madre, Natalia Cibils (1930-2020) en la cual la Alejandro B. Maciel autora no desperdicia una sílaba para destilar el dulce perfume del amor que las unió. Es el amor a la madre, es el amor a la tierra que ambas pisaron, es el amor al mismo pasado que busca fugarse, pero Mabel consigue retenerlo en esa frágil red hecha de palabras. 

Leyendo “El niño encerrado” uno cae fácilmente en la tentación de adscribirlo al realismo mágico que nació en los fructíferos años sesenta en este cruce tan particular de Oriente, América y Occidente que llamamos Hispanoamérica. El realismo mágico, pensemos en Asturias, en Rulfo, en Carpentier, en García Márquez, presentaba situaciones inusitadas sustentadas en la mitología judeocristiana amancebada con cientos de mitologías indígenas supervivientes en ritos y costumbres. Estas situaciones de la vida real de esas narrativas eran al mismo tiempo prodigiosas y simbólicas: una mujer que sube en cuerpo y alma al cielo como dicen que lo hizo la Inmaculada Concepción; un pueblo de muertos que evocan cíclica y constantemente un pasado oprobioso que repiten con pasión e insania; un dictador que proclama ser el poder, la vida y la muerte; un cadáver que sigue escuchando las hipócritas alabanzas de sus deudos. Lo “real maravilloso” proclamó Alejo Carpentier como sustento sociológico de esta Latinoamérica encerrada en sus propias trampas y en la historia siempre extranjera de su destino. Pero en Mabel Pedrozo el recurso narrativo ni se repite ni se agota. Uno piensa en los cuentos de “Ojos de perro azul” de García Márquez y no halla ese paralelo que identifica las tendencias formales y estilísticas que hallamos en Mabel Pedrozo. No es la misma cosa. No es el mismo real maravilloso. No es el mismo realismo mágico.

En el cuento “Nadie lo dijo”, por nombrar un ejemplo, la protagonista atraviesa el umbral de la muerte sin que sepamos bien de qué lado estamos nosotros, los lectores. La situación inicial es irreal, pero el progreso y el desenlace de la trama narrativa ya no lo son.

El realismo mágico fue pródigo en hechos prodigiosos y milagros, como las leyendas que nos llegan del cristianismo primitivo. En uno y otro caso esto no fue obstáculo para la devoción. Todos sabemos que la literatura es una forma, quizás la más abnegada, de la devoción. Pero en Mabel Pedrozo esa misma devoción está secuestrada por el imperativo de las pasiones de los personajes, queda como telón de fondo, para plantear situaciones extremas en la vida de los seres humanos, pero su recurso va cediendo lentamente el lugar a eso que en paquete nos enseñaban en psicosemiología: sentimientos, emociones y pasiones. Toda la hirviente gama de nuestros deseos y aversiones al servicio de los actos humanos.

Las narraciones y cuentos de Mabel Pedrozo tienen esa engañosa apariencia de transitar el realismo mágico o lo real maravilloso propio de la narrativa latinoamericana de fines del ya pasado siglo XX. Sabemos que en sus tramoyas narrativas los autores casi siempre acudían a un deus ex machina prodigioso que resolvía situaciones de conflicto reales. En estas narraciones y cuentos de Mabel Pedrozo los conflictos acuden a los sentimientos humanos donde anidan las pasiones más luminosas junto con las más oscuras y ominosas. Mabel Pedrozo, como Empédocles de Agrigento, predica que dos fuerzas poderosas y antagónicas unen y desunen los destinos: el amor y el odio. No hay deus ex machina de aparición oportuna y mágica capaz de salvarnos de nosotros mismos. Cuando las situaciones en las que se mueven los personajes se vuelven opresivas y asfixiantes, el amor o el odio cierran el ciclo. En “visita maquillada” la casi crueldad de nuestros prejuicios nos da repentinamente contra un muro sólido hecho de nuestra añejada crueldad, que casi siempre desconocemos. La literatura, cuando es así, de excelente factura, sirve para confrontarnos con nosotros mismos, que somos casi siempre nuestros más enconados enemigos y que buscamos exonerarnos en base a coartadas infantiles.

Nuevamente la muerte es quien protagoniza “Nadie lo dijo” y la voz de dos criadas como narratarias ayudan al lector a describir un triángulo de triple visión: la viuda fallecida, las criadas y el lector.

En “El turno” hay un sutil juego de espejos. Las Nazarias, las enfermeras, las licenciadas, todo parece duplicado en un mundo que es antesala del infierno en medio de una pandemia. “Tapabocas” continúa en el mismo clima: la enfermedad nacida en un lejanísimo villorrio chino ha gestionado muchas narraciones. La inversión del tiempo que consigue Mabel Pedrozo en este mini-relato es de antología.

“El cofre” huye finalmente del territorio de la muerte. Es un relato fugaz de las obsesiones, llevadas al paroxismo, que nos enseñaron a observar durante la pandemia para evitar los contagios. En “Ajuste” hay de nuevo un funeral y una venganza. Pero son los actos humanos en vida, el desamor de una madre, los que ocasionan el mal. Como ya dijéramos antes, Mabel Pedrozo postula la tesis de Empédocles, el agrigentino que escribiera siglos antes del nacimiento de Cristo que el amor une los elementos materiales, la gente y los objetos celestes, y el odio los disgrega. En “Relumbre” el relato del británico barón de Bombay por las salvajes tierras sudamericanas tiene la escritura de su sobrino Arnold Bombay. La intriga es una misteriosa criatura que ama lo que perdió. El relato “El niño encerrado” tiene una compleja estructura que se ubica en el antiguo esplendor del Egipto de los faraones. No agregaré nada para descubrir sus refinados e inteligentísimos argumentos. Pero entresaco las maravillosas imágenes, tropos y metáforas que Mabel Pedrozo, escritora de lujo, siembra en el camino fascinante de sus historias: 


Su voz tenía el arrastre de seda de las mujeres arábigas. Como si hablase detrás de cortinas.
De caminar entre pretendidos dioses en cuyo interior la fría roca hacía las veces de alma, Agar escuchó el nombre sagrado.
Y le habló al desierto en su lengua de sicomoros y granados, le cantó con su voz de durazno, para ser reconocida, y protegida por él.
Los ojos en aquella habitación nadaron en el agua amarilla de las lámparas hasta quedar fijos en él.
Como tizones muertos, los restos de la tarde caían frente a mí. Nada respiraba. Nada se movía.
Poseo leones de temible aspecto pero de espíritu frágil. Tímidos durante el día, al atardecer abandonan sus guaridas para llorar la muerte del sol.
El de cocodrilos solo distintos de los troncos desparramados en las orillas del río por el amarillo despiadado de sus ojos.
Atardecía cuando la embarcación, que dejó de crujir, se deslizó sobre el agua dormida.
El sonido de la hojarasca triturada por las ruedas del carro nos acompañó hasta cruzar los límites de Norfolk. Después, fue todo barro y lloviznas.
Empezaba el otoño.

De esta materia sublimada del lenguaje que usamos para comunicarnos, como Dios lo hace de la nada, crea Mabel Pedrozo sus historias prodigiosas. Nada apartará al lector o la lectora de este sutil hilo de voces que van diciendo como al pasar historias ajenas, pero que nos dicen, siempre y fundamentalmente, nuestra propia biografía, hecha de esos tres elementos de la psiquiatría clínica: pasiones, emociones, sentimientos. Leer a Mabel Pedrozo es leernos a nosotros mismos, porque nada hay de superficial en esta mujer que vive oculta para enseñarnos quiénes somos más allá de quienes creemos ser.

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