Apuntes sobre el verso libre

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Escritor, médico

En primer lugar pongámonos de acuerdo en algo básico: el verso libre no es mejor o superior que la métrica clásica, ni esta sobre aquel. Que se utilicen poco las formas, digamos, cerradas o con rima, por ejemplo el soneto, no dice nada sobre la calidad de los poemas, ni que sean anacrónicos unos y remozados los otros. Tal vez solo podemos afirmar que las formas más aptas para expresar la sensibilidad actual, sea el verso libre.

¿Por qué? Porque esa aptitud posiblemente incorpora y revela el proceso de pensar/sentir, o sentir/pensar, abandonando el resultado concluido, el “redondeo” clásico de los poemas, la conclusión, para abrir la emoción, con la última palabra, a la experiencia humana de los últimos doscientos años. Si el poeta busca ese cimbreo en el lector, el verso libre es una excelente herramienta. Por supuesto que también puede lograrse la hesitación o vacilación, o el asombro, o conmover, llámese como se quiera, con métrica clásica. Pero para la sensibilidad moderna la ruptura del verso es una gran ventaja.

Si acordamos que para el idioma caminar es la prosa y danzar es la poesía, podemos decir que así como en el baile se sigue un esquema general pero los pasos, giros y balanceos no son idénticos, en los poemas actuales se produce la disrupción de la frase, manteniendo la función obvia del ritmo. Cuando leemos un buen poema vamos con la mente danzando de palabra en palabra, o sea vamos percibiendo altos y bajos, es decir, alteraciones, en infinidad de ocasiones, de frases, muchas veces sin puntuación, y hasta apartadas de la corrección sintáctica, que las sentimos como agradables. También puede haber prosa así, poética, pero el recurso se hace extremo en poesía.

Esto en cuanto a la quebradura de la línea. Pero hay que agregar que el poeta posee otros recursos digamos, gráficos, por ejemplo, la sangría, y además la cantera inagotable del lenguaje y las herramientas retóricas. Pero mantengámonos en lo que es el verso libre.

Si hacemos un monólogo interior silencioso, podremos notar que realizamos pausas por momentos, quizás idas y venidas, o intercalamos preguntas antes de sustantivos, adjetivos o verbos, o pequeñas cascadas de términos ilógicos en el devenir de pensamiento, donde no puntuamos ese ejercicio. Posiblemente así sea la cocina del poeta, que al transcribir le da un orden estético a esa emoción o hallazgo íntimo, a ese fluir interior. Así aparece el verso libre, que como vemos no es tan libre.

Y no lo es porque como en ninguna otra expresión en poesía la forma debe corresponderse con el contenido. El poema es un todo donde no sobra ni falta nada, no hay digresión; es una estructura nueva concretada en y por el lenguaje puesto ahí, de determinada manera, y no de otra. Un ejemplo de versificación libre y maravillosamente utilizada es el poema de William Carlos Williams sobre la vieja comiendo ciruelas:

                        Le saben buenas a ella.

                        Le saben buenas

                        a ella. Le saben

                        buenas a ella.

Aquí primero hay una afirmación. Luego, la palabra “buenas” es trasladada al centro de nuestra atención, en el segundo verso. Después la palabra “saben” (el gusto) adquiere prominencia en el tercer verso. Así, hay al principio, el reconocimiento de la satisfacción, a seguir la intensificación de esa sensación, y más tarde la sensación voluptuosa localizada en el sentido del gusto. Esto logra el poeta con tres frases iguales, pero cortadas de manera diferente.  Fijémonos que si las ponemos de distinto modo, o seguidas, perderían lo que se trata de buscar y encontrar. Con esta muestra podemos pasar a otro valor importante que tiene el verso libre, o debería tener.

Es la melodía. La melodía del poema todo, que no es solo la sucesión de tonos que hacen al ritmo, sino el conjunto de tonos combinados. En Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Lorca, el verso “a las cinco de la tarde” da un compás determinado, una cadencia, como un repetido tono único, una marcación pero, sin embargo, el resultado ligado de versos sucesivos posee un efecto auditivo especial melódico.

Esa musicalidad es muy importante en la exploración de la conciencia como indagación de nuevas experiencias estéticas. Y es increíble que no sea buscada con mayor determinación, tanto en los que se inician en la escritura como en la gente que ya tiene trayectoria. Quizás este desinterés se deba a que nos les interesa incursionar en esta posibilidad o procedimiento exquisito, del verso libre que es realmente seductor. Para muchos poetas el corte de la línea es azaroso e intuitivo, y se preocupan más por transmitir estados intelectivos que emotivos. Cuando falta ese melodioso decir el poema nos parecerá frío.

La frase cortada por ocurrencia del escritor, o porque la oración, la línea, le ha quedado larga, produce una semi coma. Esa quebradura da un descanso breve, más breve que la coma convencional. Ese verso alterado (o dividido, si se quiere) cuando es leído de manera natural representa una pausa, y no debe ser recitado como una frase continua.

Habría que hacer la prueba de cambiar la disposición de las frases. Por ejemplo, luego de escribir los versos de un poema, volver a escribirlos pero seguidos, hasta el final de la página, como prosa. ¿Poseen la misma fuerza? ¿Suena igual para alguien que no vio ninguna de las dos maneras de escritura?

Se dijo por ahí, exagerando, que la prosa también es poesía. Y muchos autores de prosa, debemos reconocer, poseen un modo de plasmar sus inquietudes de una manera tal que parece que estamos leyendo poesía, porque logran una armonía que se adapta muy bien a la consonancia musical por un lado, y por el otro escriben con metáforas y en conformidad a muchos recursos retóricos poéticos. Pero hay diferencias.

Las diferencias consisten en que ambas no tienen las mismas trabas ni licencias. Paul Valery deseaba de modo tajante separar la prosa de la poesía. Esta, decía el francés, detenta un universo de relaciones recíprocas, análogo al universo de los sonidos. “En poesía, afirmaba, es imprescindible estar lo más lejos que se pueda de lo terrestre de la prosa; estar en las alturas que requiere, aun a riesgo de perder (sin mucha pesadumbre) todos los lectores que sea preciso”. La prosa es el suelo, la poesía es el aire. Pero para “alivianarse” el verso libre no debe ser forzado, rebuscado, caprichoso. Por eso es complicada la traducción de poesía.

Un poema no es un argumento, ni una descripción. No es un mini cuento con aliteraciones, hipérbaton y demás artilugios, que después regresa con frases una arriba de la otra. No es tampoco un hallazgo idiomático, una impresión turística de un paisaje o una melancolía sorpresiva en un día de lluvia. ¿Los llamados “instantes” son poesía? ¿Los haikus son verdaderamente poesía? La poesía es un principio estructurante, decía Dámaso Alonso, que posee una inmensa relevancia afectiva. Hay un estudio que hace este escritor, ya no sobre el verso libre, sino sobre una obra de Quevedo, para acercarnos a lo que es poesía. “Cómo de entre mis manos te resbalas”, en su estudio “El desgarrón afectivo en la poesía de Quevedo”. Cómo nombrar con fantasía y fuerza expresiva, de manera original, la fragilidad humana, la muerte, en inolvidables catorce versos. Parece que salimos del tema, pero no, porque con métrica estricta o con frases sueltas, lo que deberíamos preguntarnos, también, es cuándo estamos frente a un poema. Pero regresemos a lo nuestro.

Otra técnica que se usa (y muchas veces de manera incorrecta) es el encabalgamiento, que es cuando la pausa final de un verso no coincide con la pausa gramatical o semántica, o cuando una palabra se divide en dos, quedando una parte en un verso “arriba” y la segunda “abajo”, en otro verso. Hay páginas en que en pleno desarrollo de los versos hay una palabra debajo de uno de ellos, sola, infinidad de veces sin sentido (sin sentido rítmico o para otro efecto). Habría que preguntarle al poeta por qué lo hizo, ¿por una cuestión gráfica? ¿Por antojo?

La poesía, la escritura bah, es un acto de libertad y cualquiera puede hacer lo que desee, pero existen ciertas exigencias de oficio que a lo largo de años fuimos acordando para que determinada forma y determinado contenido sea esto o aquello. ¿Cuándo un poema es bello? O ¿cuándo un poema es más bello que otro? Tendrían que contestar los Jurados de los Concursos.

Hay poetas que escriben en verso libre, pero hacen como si la ruptura “correcta” del verso no existiera, o lo realizan con empeño arbitrario, entonces no respetan la “pequeña pausa” tradicional del verso que continua (a propósito o por ignorancia). Podríamos preguntarles, entonces ¿qué es el verso? Como vemos en poesía hay más interrogantes que respuestas. Y para decirlo todo, expresemos que esas dudas deberían existir en el momento en que el o la poeta, está decidiendo si publicar o no.

Pero quizás la pregunta de más valor sea ¿cómo quiere que suene el poema? Los versos quebrados producen descansos breves o alargados, detenimientos bruscos, énfasis, rotación de tonos, exclamaciones, y muchos se acoplan a la teoría de la respiración de Olson, o se apegan a la voz interior, la voz de la soledad de cada uno, de su estado de ánimo en ese momento, de la inspiración al leer en voz alta el poema.

Hay otra cosa que hay que decir, la poesía actual que utiliza casi en un ciento por ciento el verso libre, suele ser muy poco comunicable actualmente porque los y las poetas escriben sobre temas de naturaleza privada, distintos de aquellos de naturaleza personal, que no son lo mismo. Lo privado posee asociaciones solo para el artista, asuntos inaccesibles para el resto de los lectores. Lo personal, en cambio, posee una energía derivada de asociaciones comunes con el lector y con las cuales se puede sentir empatía.

Este punto, privado/personal, se refiere a la subjetividad de los versos libres. Todo poema es una obra subjetiva, pero esa “tormenta” individual, íntima, que sufre o goza el artista, si quiere ser algo más que catarsis, o desahogo psicológico, tiene que poseer una forma transmisible.

Los y las poetas del verso libre suelen abandonar el uso de mayúsculas, ni qué decir de la puntuación. Muchos parecen entender que las mayúsculas son una especie de distracción, o la omiten sin fundamentos, aparentando una rebeldía que no deja de ser tonta, vana; y respecto a la marcación cuidadosa y detallada, creen arreglársela con la ruptura de la línea.

Lo que se desea resaltar como importante no es si ambos recursos (válidos) se utilizan o no, sino si se los maneja de modo consistente, de forma tal que los lectores sepamos que no hay errores de tipografía y que esa manera de escribir contribuye realmente a la vida del poema.

Aquí y allá, los grandes poetas sugieren que siempre haya un proceso de revisión. Luego de escribir un poema hay que dejarlo “asentar” y volver a él una y mil veces, y mejor aún si volvemos a él con otra disposición de ánimo. Se invita a que este examen o revista implique varios meses o años. Veremos en el estudio sucesivo, que cambiamos muchos versos libres, o palabras, y vamos desbrozando la paja del trigo. Por ejemplo sacamos conectores innecesarios, muchas conjunciones sobrantes y artículos y plurales, elegimos palabras más cortas, ya que las que tienen muchas sílabas suelen fatigar la lectura. El poema debe ser el cerne sin cáscara, ni hojas ni ramaje, de una madera fundante de un nuevo ser verbal.

Mucha gente escribe en verso libre sin noción suficiente de por qué lo hace. Tiene un fuerte sentimiento y ganas de expresarlo y se larga a la escritura. Y le gusta experimentar.

La exploración de nuevas formas posee sus riesgos, que -por supuesto- son parte de la aventura. Ahora bien, a medida que los excursionistas viajan van haciendo (fueron haciendo) mapas de cómo es el océano, las islas, los pájaros, los monstruos, las corrientes de agua, las orillas, los abismos, la noche. Todo esto es anotado. Estos cuadernos de bitácoras tienen que ser usados (leídos) por otros viajeros para no cometer los mismos errores o peligros. O sea, hay que leer, leer mucho. De este modo la aventura que emprenda el nuevo o la nueva poeta no choque con las mismas rocas ni se pierda en la infinitud del mar, ni sea comido por los caníbales del individualismo privado o por los temas íntimos que a nadie le interesa. Quiero decir, que lo que escriba en verso libre no sea cualquier cosa o valga lo mismo.

Sabemos que todo el mundo posee libertad de hacer versos como se le ocurra. Pero es bueno que se sepa que el o la poeta poseen responsabilidad sobre lo hecho. No se escribe de modo gratuito; hay un impacto social con lo que se construye. El escritor o la escritora de poesía no transmiten ideas, no predican ideologías, no se descargan con sus lectores amigos, no confiesan sentimientos pasajeros o emociones que sacuden el alma durante un atardecer y que cesan cuando el sol desapareció. El poema es un objeto único de palabras en situación comunicativa especial. Y es, si se me permite, el género literario más difícil de realizar; quizás por donde empezamos todos a escribir y por donde fracasamos la mayoría.

Fotografía: Joaquín Núñez Abian

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