Oler la tempestad

NEACONATUS

Francisco Romero en su novela teje una trama compleja sin anestesia ni compromisos con el lector. Los personajes atacan a la vuelta de cada página, una peste omnipresente agobia asordinada y define comportamientos coloreando la ciudad por zonas de riesgo, cuerpos que se corrompen y cerebros perpetuos al estilo de La ciudad ausente de Piglia, derivas temporales, mujeres escapadas de alguna liga Marvel erotómana como La ronca (una Adriana Varela feroz) y Tania (productora de fantasías interraciales porno), villanos neuróticos como el Dr. Zeballos con sus drones en lucha constante con los hackers resistentes, un gobierno-estado-compañía-empresa no tan lejano en un futuro ya presente, la primera persona elusiva de Fernando… Una sociedad donde los psicotrópicos y la neurolingüística son las herramientas de poder y dominio neoliberal. Cualquier semejanza con la realidad actual… es posible. 

Romero utiliza unas técnicas de montaje donde prima una fricción imprevista que desborda los márgenes geográficos de una Triple Frontera geográfica y mental. Porque la edición es cinematográfica, en Oler la tempestad hay ecos de aquella película de culto que dirigió Hugo Santiago, Invasión (1969), generada a partir de una idea general de Borges y Bioy Casares. Esta cita las sugieren algunas constantes que planean sobre el libro: desamor, soledad, lucha, control, personalidades desdobladas. 

El recurso narrativo que vertebra Oler la tempestad es el del diario personal, pero en este caso apócrifo y espectral. No es el “diario auténtico” que expone públicamente la intimidad de los días de una persona encarnada históricamente, tampoco el de un alter ego cómo podrían ser los de Emilio Renzi, es el dietario críptico de un escribiente que tiene un rostro poliédrico. El flujo de una conciencia que registra sucesos que tienen lugar en varias dimensiones simultáneas.

¿Found footage? Narración audiovisual, en este caso literaria, reconstruida con metraje descubierto casi por casualidad. Imágenes “encontradas” que van tramando una obra. Lo que Romero narra son situaciones que bien pudieron ser tomadas de un pendrive incautado a Julian Assange antes de entrar en prisión o halladas en una nave alienígena que se estrelló en Siberia.

Francisco Romero incrusta una reflexión compleja y a continuación cuenta un hecho corriente. Su relato es una montaña rusa que descarrila en un parque de diversiones, pesadilla que recuerda a la película Memento[1]. “Vivir sin límites es una promesa que hay que morigerar a través del uso científico de los miedos de la especie. Hace días que no dormía bien y en las largas horas de insomnio se paseaba por su habitación y luego volcaba lo que pensaba en voz alta en sus notas.”

El autor ensaya una biopolítica de la gramática, rama de la lingüística que estudia el conjunto de normas y principios que estructuran una lengua. No como meras abstracciones sino en tanto el resultado de experiencias en acto. Los actos que los personajes ejecutan, sus peripecias, configuran un esbozo de gramática inédita a través de un lenguaje universal que genera poder, sumisión o confrontación.

Para Ludwig Wittgenstein el mundo es la totalidad de los hechos y no sólo de las cosas. Las cosas son entidades que pueden designarse mediante nombres, pronombres personales, adjetivos, etc. Hay una relación de las acciones y las cosas con las palabras, una combinación que construye hechos y el lenguaje es la cartografía de ese horizonte histórico que la obra de Romero deconstruye literariamente.

Romero juega con las perspectivas del lenguaje, su relato podría considerarse una aproximación, en sintonía con Wittgenstein, a una gramática filosófica siempre fronteriza y muy cercana a la lógica del cálculo pues opera con reglas establecidas por quienes dominan un sistema social en un futuro no tan lejano. De este modo se puede analizar el lenguaje en tanto panóptico de control, teniendo en cuenta las reglas que se aplican en su uso comunitario de dominio autoritario.

Aquí entra en juego otra referencia especular, Victor Klemperer con su visceral ensayo “LTI. La lengua del Tercer Reich”. Un diario escrito a escondidas en trozos de papeles que durante años fueron ocultados y protegidos. Klemperer, filólogo y profesor de literatura en la Universidad de Dresde de origen judío, evitó ser deportado a los campos de exterminio nazis por estar casado con una mujer aria. Confinado, condenado a trabajar en una fábrica, hacinado en una vivienda miserable y humillado constantemente (con golpes, insultos y escupitajos) por un par de vigías de la Gestapo, escribió sus notas personales sobre la mutación de las palabras que utilizaba el discurso nazi. A través del slogan y las frases hechas la riqueza simbólica del lenguaje fue mutilada, disecada y reducida a la mínima expresión. Locuciones básicas que, a medida que la euforia del triunfo decaía, se travestían según la estrategia semántica del ministerio de propaganda.

Ramalazos de referencias musicales brotan en algunas líneas, el Bajofondo de Santaolalla, el Indio Solari. Quizás estemos ante un relato hipermedia que corre sobre el soporte analógico del papel de las hojas de un libro. O puede que la experiencia de la lectura de Oler la tempestad sea un sueño, un trance, en el que una voz nos cuenta una historia. Una crítica al ser digital que ya comienza a reemplazar la esencia de las cosas que nos afirman sobre la superficie de este planeta azul, azul como una bola de leds que reflejan la luz de un sol de litio ardiente.

Francisco Romero se inscribe en la tendencia que explora el sentido de leer o construir literatura en esta era digital. Si la literatura con sus contratos gramaticales aún es la forma que a través del arte expresa los cambios culturales, no hay mucho que temer. Las hibridaciones permiten crecer, son cambios de paradigma que modelan nuevas experiencias intelectuales. Y hoy, el vértigo de los cambios tecnológicos es una de las voces discursivas que no podemos ignorar. Pero implica compromisos para los lectores y riegos para los autores. De varias formas, por ejemplo de género. No será posible sustentar la dualidad sexual de un escritor o una escritora, pues ya somos no más que inteligencia artificial que camina hacia un horizonte cyborg. Ni que hablar de los receptores de los mensajes. El escritor mexicano Carlos López-Aguirre considera que “muchas veces olvidamos que la principal vía para crear pensamiento es la lengua y que esta determina el carácter y la forma de ver el mundo y a nosotros mismos. Así que toda esa filosofía que ha influido en la construcción de nuestra cultura, para bien y para mal, ha nacido en otra lengua, es decir, en otra manera de interpretar lo que nos rodea y lo que pasa dentro de nosotros.”[2] Y hoy esa alteridad lingüística no es humana sino tecnológica, hablamos a través del idioma universal de las redes sociales que circulan sobre las autopistas virtuales. Somos personajes de una ópera escenificada sobre una torre de Babel donde al mediodía cerramos negocios chapuceando chino con un bróker de Shanghái, a la hora de la siesta saludamos en guaraní a nuestra abuela que vive en Encarnación, a la tarde le enviamos un correo electrónico en catalán al tutor de nuestra tesis en la Universidad de Barcelona y al caer la noche hacemos un video chat en inglés con nuestra pareja en Nueva York.

La psicoanalista y ensayista Nora Merlín y la poeta Claudia Masin (prologuista del libro)  tuvieron a su cargo la presentación del libro en el marco de la Primera Feria del Libro Digital Chaco 2020 “Leer es un derecho”. Nora Merlín menciona a Jorge Alemán y esto nos sugiere que la novela de Romero conecta con el ensayo Pandemónium. Notas sobre el desastre (NED Ediciones) donde Alemán se asoma a nuestro futuro-presente pandémico que dejó al desnudo el dispositivo letal del neoliberalismo, ese espejismo sociopolítico que cronificó el estado de excepción y la discriminación entre los hundidos y los salvados (Agamben-Primo Levi).

La novela Oler la tempestad de Francisco “Teté” Romero (Resistencia, 1963) fue publicada por la Editorial ConTexto (Rubén Duk) de Resistencia, Chaco. Forma parte de la colección La tierra sin mal que dirige Juan Basterra. Diseño de tapa: Cinthia Zeitler y coordinación general: Ana Maldonado.

 

[1] Película estadounidense de suspenso del año 2000, dirigida por Christopher Nolan.

[2] Clases de lenguas. Suburbano.net

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