Las Beguinas, nuestras ancestras

Por Evelin Rucker. Posadas, Misiones. Escritora y docente.

Las beguinas fueron mujeres de la Baja Edad Media (siglos XII y XIII), tiempo de crisis y cambios, que vivieron solteras, casadas, viudas, ajenas a toda autoridad, libres, activas y solidarias. Reclamaron vivir por su cuenta, sin estar subordinadas al hombre, ni como esposo ni como guía espiritual. En una época de guerras y violencia, en la que se tachaba de prostitutas a las mujeres que vivían solas, era todo un atrevimiento prescindir de la protección masculina. ER 1 2

“El movimiento de las beguinas seduce porque propone a las mujeres existir sin ser ni esposa, ni monja, libre de toda dominación masculina”, explica Régine Pernoud en el libro La Virgen y sus santos en la Edad Media.

Y así como sedujo a las mujeres, inquietó a los hombres. Para miles de mujeres hacerse beguina fue una manera de esquivar su destino (convertirse en esposa o retirarse a un convento) y gozar de unos espacios de libertad e independencia impensables para la época.

El movimiento de las beguinas es uno de los movimientos más interesantes y más curiosos que se han dado en la historia de la espiritualidad occidental. Las beguinas eran, generalmente, mujeres de la clase alta, o de clase media alta. En un momento en que se empieza a derrumbar el sistema tan estructurado de la iglesia y del mundo feudal aparece el deseo de una cierta libertad interior, libertad de conciencia, que cada persona se exprese por sí misma.

La pérdida de derechos civiles por parte de la mujer no es consecuencia de la Edad Media, en buena parte marcada por el derecho germánico, sino por la progresiva introducción del derecho romano (que negaba la categoría de personas a mujeres y niños) y por el papel que el triunfo de la sociedad burguesa asigna a la mujer.

“Las beguinas quisieron ser espirituales pero no religiosas, quisieron vivir entre mujeres pero no ser monjas ni canonesas, quisieron rezar y trabajar pero no en un monasterio, quisieron ser fieles a sí mismas pero sin votos, quisieron ser cristianas pero ni en la Iglesia constituida ni, tampoco, en la herejía” (Maria Milagros Rivera, historiadora española. Una de las fundadoras de La revista Duoda y del Centro de Investigación de las Mujeres de la Universidad de Barcelona Profesora de Historia medieval, en la Universidad de Barcelona).

No había regla alguna definida de vida; no reivindicaban la autoridad de ningún santo fundador; no buscaban autorización alguna de la Santa Sede; no tenían organización ni constitución; no prometían beneficio alguno y no buscaban patronos; sus votos eran una declaración de intenciones, no un compromiso irreversible con una disciplina impuesta por la autoridad; y sus miembros podían proseguir con su trabajo normal en el mundo.

Sobre todo, una cosa llamaba la atención: vivían lo que pensaban. Había una coherencia perfecta entre su vida y lo que decían. Esa vida y esa coherencia interna las hacía muy fuertes, muy poderosas.

A finales del siglo XIII llegaron a ser más de doscientas mil beguinas. Hubo algunos que las atacaron, pero hubo otros que se dieron cuenta de la importancia que tenía este movimiento en la iglesia. Algunos clérigos, como el cardenal de Vitry, las defiende: «Su nombre debe ser conservado y su voz transmitida. Mujeres audaces y bienaventuradas que nos recuerdan por qué y para qué hemos nacido».

Las beguinas cumplieron una misión importante: formar, educar, cultivar. Muchas de ellas volvían al mundo, sus votos eran temporales, vivían una temporada y salían; otras entraban cuando eran mayores y al revés.

Desde Flandes, en el norte de Francia y en Alemania, este movimiento se extendió por toda Europa. Aunque su presencia fue especialmente importante en Centroeuropa, hay noticia de beguinas en Cataluña y en el reino de Castilla.
Luego empezaron a ser perseguidas, a algunas no les quedó más remedio que ingresar en monasterios convencionales, otras tuvieron que diseminarse, alguna se encontró con la hoguera de la Inquisición.

Elena Botinas y Julia Cabaleiro definen el movimiento en “Las beguinas: libertad en relación” como lugar espiritual y pragmático a la vez, que rompe con la diferenciación que la Iglesia imponía entre la oración y la acción: “Un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Es un espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de parentesco patriarcal, en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto, se convierte en abierto y cerrado a la vez”, explican.

La verdadera revolución de las beguinas, sin embargo, fue pedagógica. Los beguinajes eran, a fin de cuentas, centros educativos en los que se impartía conocimiento teórico y práctico. En ellos, mujeres de todas las edades aprendían a leer y escribir, y se formaban en diversos oficios. Generaciones y generaciones de mujeres alfabetizadas y autosuficientes son el legado más duradero de esta asociación laica.

 

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