La felicidad, otra vez

Por Benito del Puerto. Posadas, Misiones. Gestor cultural, escritor

Debo reconocer que en general no tengo una memoria demasiado privilegiada que digamos.

Me cuesta recordar, olvido con mucha facilidad. Incluso invento a veces sistemas harto complicados, combinaciones matemáticas o relaciones diversas para poder recordar pero ¡bah!, también termino olvidando esos recursos y entonces los dejo, no tienen gracia.

En realidad no sé si es una virtud o un defecto. Digo, lo de la mala memoria. Y al fin y al cabo a lo mejor se trata de la misma cosa, eso de recordar y olvidar.

Debo reconocer que tampoco soy un gran lector y que no tengo preferencias literarias, las que se transforman consecuentemente en amplias. Recuerdo sólo aquello que me impacta. Por bueno o por malo, pero de alguna manera debe sorprenderme con fuerza.

Lo que menos acostumbro a leer son, por ejemplo, los cuentos.  Me resultan algo pesados, y como en general acostumbro a realizar  una rápida evaluación/medición ocular antes de iniciar la lectura, la verdad es que me parecen todos iguales. No obstante en mi vida he leído algunos cuentos, de los buenos y los no tanto. Los horribles fueron de lectura mutilada en la segunda página, sin ningún remordimiento.

Un domingo leí ese cuento.

Él tenía un nombre raro, creo que griego o algo así. Ella tenía un nombre como musical, me parece de música francesa. Nombrados juntos sonaban muy lindo, como si fueran una denominación feliz.

Estos tipos (los del cuento) habían descubierto la felicidad de la manera más simple: todas las noches, después de cenar, concurrían a un bar del puerto y se sentaban a la única mesa y miraban a la gente pasar.

Miraban, sólo miraban. No hacían otra cosa. Y en ese ritual de quietud contemplativa y cafés habían descubierto el verdadero sentido de sus vidas, su propia felicidad, no necesitaban otra cosa.

Al día siguiente  la realidad los llevaría nuevamente a la oficina y a cocinar, al subte y a lavar, pero por la noche serían nuevamente felices.

Lo contaron a sus amigos.

Éstos, en principio maravillados e incrédulos pero ansiosos por ser felices también ellos, concurrieron al bar del puerto, pidieron una mesa y miraron pasar a la gente. Les produjo una felicidad inmensa y “cómo no lo habían descubierto antes” y “qué sabios eran Sosidión –ahora lo recuerdo- y su esposa –todavía no-“.

Poco a poco la noticia se fue desparramando y el bar de la felicidad se volvió muy popular, al punto que hubo que agregar mesas y sillas para que la gente pudiera estar cómoda para ser feliz. Pero  llegó un momento trágico: había tanta gente sentada que prácticamente ya nadie caminaba por la calle y en consecuencia ya no podrían ser nunca felices como antes, qué problema.

Varios días pensaron cómo solucionar esto, no puede ser que perdieran la felicidad de una manera tan tonta, algo habría que hacer, y pronto. Fue entonces cuando decidieron caminar ellos por la calle para que la gente que estaba sentada en el bar los viera pasar y descubrieron que así podrían ser aún más felices, porque generaban la felicidad ajena.

Ese cuento me tuvo en jaque durante varios días, no me lo podía sacar de encima. Recordaba a cada momento la página completa de aquel diario porteño, profusamente ilustrado. Lo conté en la oficina, se lo repetí a mis amigos, lo leí y releí varias veces, como si fuera un talismán o un extraño mensaje destinado a generar algo en mí, no sé bien qué cosa. Nunca he sido demasiado supersticioso, pero Sosidión y señora se apoderaron de mí con una mezcla de ansiedad y de intranquilidad, de seguridad y de orfandad.

Después, como todas las cosas, lo dejé.

Ese día tuvimos mucho trabajo en la oficina, aumentado porque recibimos visita de auditores desde la capital y ello nos pone bastante nerviosos, pero habíamos quedado en que por la tarde los acompañaría a realizar una gira turística (tour de compras, que le dicen) a Encarnación. Los porteños sólo venían por lo Rolex truchanga.

Fuimos hasta el puerto,  sacamos los pasajes y después de la inevitable amansadora esperando el turno para embarcar, prácticamente trepamos en una de esas fantásticas y elásticas lanchas de madera, capacidad sin límites, y cruzamos lentamente el río.

El muelle de Encarnación, pobre y de madera raída pero cálido y hermoso como siempre, estaba atiborrado de villenas y vendedores ambulantes que se disputaban el derecho de ofrecer. En la Aduana nos pidieron los datos de siempre –el papelito blanco cuídenlo bien porque hay que presentarlo a la vuelta- y enfilamos hacia la calle principal. Es decir: estábamos por enfilar hacia allá, porque fue entonces cuando lo vi.

El bar del puerto.

El del cuento de Sosidión.

Era ése, no podría equivocarme.

Sé que las fantasías de los lectores a veces pueden superar a la ficción misma pero en este caso no había fantasía, era la certeza de haberlo encontrado. En realidad nunca lo busqué, pero cuando lo vi sentí como si una parte mía se desprendiera de pronto hacia otras latitudes y en conglomerado de ideas reviví todo lo de Sosidión y Evaine. Reconocí incluso la revelación del nombre de ella como portentosa, como un indicador inequívoco de que la magia comenzaba allí.

Con el pretexto del calor dije a mis acompañantes que prefería quedarme a tomar algo en el bar mientras ellos realizaban tranquilos sus compras, mejor así, incluso no los estaría molestando yo con mi presencia escudriñando todo el tiempo a ver qué compraban y pichincheaban y que ellos –estoy seguro- no querrían que yo lo supiera.

El bar era idéntico. Nunca imaginé demasiado el bar del cuento, pero éste era idéntico.

Tenía, como en el cuento, una sola mesita con dos sillas en la desprolija vereda. Su frente de revoque carcomido y desteñido era algo impersonal pero a la vez único. Un grueso toldo de lona que alguna vez pudo ser verde colgaba majestuoso desde la mitad del techo y llegaba hasta la calle en dos paños iguales. Era más que suficiente para protegerse del sol que a esa hora se desgajaba inclemente y perpendicular.

Sin vacilar  me senté, giré la cabeza hacia el mostrador y llamé al hombre-mozo-dueño o vaya a saber qué para pedirle algo de beber, una gaseosa, pero en latita porque viene más fría. Mientras esperaba mi pedido comencé a observar con atención a la gente que pasaba por el lugar, gente alta, gente baja, gente bien vestida, gentes hombres y gentes mujeres, gentes niñas y gentes viejas, gentes lindas, gentes feas. Gentes, gentes, gentes, seguramente también gentilhombres y gentuzas.

Me indignó no sentir absolutamente nada aparte del creciente calor de la siesta y la molestia del desodorante esfumándose. Más que mirar, mientras bebía escudriñaba todo cuanto había alrededor, como queriendo descifrar un conjuro aún no develado pero que flotaba pesadamente en el aire cada vez más caliente.

De pronto descubro una cosa extraña: toda la gente caminaba en un mismo sentido, siempre hacia allá. Todos iban, nadie venía. Caminaba a un ritmo más o menos similar, como apurada, y noto también que las alturas de sus miradas eran coincidentes y apuntaban en línea recta hacia el frente, como esquivando el piso. Pareciera como si la pelotita del ojo no hiciera mucho juego.

En verdad en el cuento no se aclaraba sobre la dirección de los caminantes callejeros pero desde el vamos imaginé que iban y venían, con miradas y rostros serenos. Además, los había imaginado altos y elegantes, siempre caminando en pareja, y aquí había de todo pero sueltos.

Tampoco en el cuento se sugería siquiera el ambiente, cómo era la calle, cómo eran las casas, había luz o no había luz, no había nada de nada, el autor dejó que todo corriera por cuenta mía, qué horror. Horrorizando, justamente, noté tener un criterio muy narcisista de la felicidad, sólo nombrarla me hacía suponer que todo debía ser bello: las gentes, la calle –no esta porquería de empedrado sucio-, ellos. También supuse, como paradigma de la felicidad, el contacto personal de la gente que iba y venía, no podría ser de otra manera. Pero frente a mí la gente que pasaba no provocaría jamás algún encuentro.

Algo desconcertado y asustado  decidí que lo mejor sería preguntar a alguien por qué todos caminaban hacia allá, pero entre los caminantes no encontré ninguna mirada que me pudiera sugerir una respuesta. Llamé entonces al hombre-mozo-dueño o vaya a saber qué y le formulé la pregunta: con total naturalidad me dijo que se ve que yo no era de aquí porque ni siquiera me había tomado el trabajo de observar que el cartel de la esquina indicaba claramente que la calle era de mano única y que ¿cómo entonces pretendía que alguien caminase a contramano, no le parece?

Santo cielo, pensé. Esto ya se está poniendo raro y me estoy poniendo nervioso. Lo mejor será volver y mis acompañantes nada que ver. Con nerviosismo creciente entendí que jamás podrían volver por esa calle porque desobedecerían las ordenanzas municipales y no podría encontrarlos ya nunca, los había perdido, cómo podría regresar sin ellos, qué diría en la oficina, cómo explicaría todo. Me desesperé cuando entendí que tampoco podría retroceder yo hacia el muelle, pero en la esquina siguiente doblo y listo, qué tranquilidad me produjo haber resuelto el inconveniente de la manera más simple.

Pagué mi gaseosa al hombre-mozo-dueño y dejé algo de propina, que seguramente le habrá parecido escasa, por lo del cambio. Pero no era el momento de pensar en sutilezas, lo importante era volver y si es posible encontrar a mis acompañantes, que ya estarían emergiendo de su vorágine adquisitiva. Caminé rápidamente hacia la esquina y presto a doblar prácticamente choco contra un cartel de madera pintada que ordenaba “cerrado al tránsito”. Dios. Caminé rápidamente hasta la siguiente esquina, casi cuerpeando con la gente que también caminaba hacia allá aunque a un ritmo menos acelerado que el mío porque ellos pareciera que no tenían que volver, claro. En la esquina esquivo apenas un cartel de madera pintada que cruzaba de vereda a vereda y que ordenaba bruscamente “cerrado al tránsito”. Otra vez Dios.

Sentí que estaba muy cansado, transpirado y sucio y que el pecho me latía demasiado acelerado para mi gusto y que las manos se me empaparon y que mis ojos se estaban poniendo algo rígidos, como negándose a mirar por dónde caminaba. Casi corriendo atropellé más gente y recorrí más calles y en cada esquina el mismo cartel de madera pintada que presagiaba mi locura. Dios, Dios.

Fue entonces cuando los vi.

Casi los choco.

Eran ellos, sí, idénticos. Serenos, plácidos, intangibles. Bellos, jóvenes, altos y de mirada indecible. No estaban serios pero tampoco reían, ni siquiera sonreían, pero había algo en sus bocas con presunción de paz, que regalaban un gesto tranquilizador como de que todo está bien, no hay nada de qué preocuparse. Sosidión y Evaine no caminaban: estaban como suspendidos en un movimiento pausado y armonioso de venir y venir atravesando gentes y más gentes que iban –íbamos- pero ellos, solamente ellos, venían. Me produjo el verlos una sensación de calma, como si de repente me despojara de todos mis fantasmas y mis miedos, mi suciedad y mi cansancio. Fue como desinflarme en un río de aguas muy mansas, transparentes de transparencia total, sublime como el beso del viento.

Supe que me sentí feliz.

Supe también que Sosidión y Evaine eran los únicos que volvían porque, así como dejaron la mesa del bar para caminar y hacer felices a la gente que los viera pasar, ahora encontraron una nueva forma de felicidad, que es volver. Todos los que iban eran felices al verlos a ellos, y ellos eran aún más felices al ver a los otros felices de verlos.

Yo regresé con ellos. No sé cómo, pero regresé.

Recuerdo –a pesar de mi mala memoria- a cada instante el encuentro inenarrable, y la felicidad absoluta y necesaria al recordarlos.

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