Dos relatos breves, evocación y nostalgia

El pajarito que canta en el árbol

Carli Bastarretxea. Posadas, Misiones. Titiritero y docente

Después de almorzar con mi hermana y mi mamá visitamos a mi abuela Conché, la madre de mi padre. Le digo a Conché que estoy indagando en mi árbol genealógico, para ver quienes tenían inclinación al arte. La abuela me pregunta cómo es mi vida como titiritero: si nos pagan, los viajes, viáticos, sueldo… Le relato brevemente.

Y me cuenta que su papá Venancio era paraguayo, nacido en Villarrica y sobreviviente de la guerra. Cuenta la abuela, que su papá estuvo perdido mucho tiempo en el monte hasta que pudo cruzar el río hacia Argentina.

Venancio era artesano. Trabajaba distintos materiales: cuero, madera, hierro. Hacía zapatos, curtía y teñía el cuero (lo estiraba y moldeaba las partes…) Fundía y soldaba hierro, hacía esculturas en madera. Trenzaba el cuero (el manejo del cuero y el hierro era fundamental para los implementos del caballo: bozal, cincha, herraduras,…). Fundía el hierro: tenía fragua, hacía clavos y moldes (por números) para zapatos.

Como carpintero hacía muebles: mesas, sillas. Y a pesar de no saber escribir calculaba muy bien y hacía anotaciones de su taller.

La abuela recuerda que a lo último de su vida, su padre arrastraba su banquito de madera (probablemente hecho por él mismo) hasta la sombra debajo de un árbol y con una navaja pasaba el tiempo haciendo figuras de madera “como los indios”…

Cuenta la abuela Conche que su papá hacía “rejas para angelitos”, una especie de adornos para la tumba de lxs niñxs fallecidxs. Hacía las rejas con hierro y en cada punta coronaba con una pequeña escultura de madera que solían ser angelitos o pajaritos. Palomitas.

Este tesoro me lo regala Conche en Octubre de 2015, mientras desarrollaba los pajaritos de JUGAR JUGAR. Hace poco tiempo mi abuela cumplió 96 años.

Nuestro puentecito

Pedro de la Cruz. Buenos Aires. Escritor @unnoruegoerrante

Este relato fue escrito mirando el Paraná desde la costanera de Corrientes. 

Entre tu isla y mi isla, entre tu alma y mi alma, hay un puentecito que
aún las une. Bajo él corren caudalosas las rutinas, las situaciones que
vivimos, la vida y es en ese cauce donde me adentro a diario en busca
del sustento. Las crecidas son repentinas y suelen poner en riesgo al
puentecito. Los vientos del tiempo lo hacen mecerse de un lado a otro,
pero contra toda probabilidad y lógica, resiste. Ahí está, tras el paso
del tiempo, aún por sobre todo lo que nos toca vivir. A través de él aún
llegan tus recuerdos: tus miedos, tu mano en mi cintura, las tardes de
mates, tu risa, tus dudas… y vuelvo a sonreír.

Acá en la isla dicen que eso no es posible, que tu existencia es mito,
que el tiempo pasa. En silencio los escucho. Seguramente vos también
los habrás escuchado.

Pero, aunque me haya faltado valor y te haya sobrado miedo, sé que
estás ahí, que estás a tiempo de abrir los postigos que cerraste, que a
tus orillas llegarán estas palabras mías (ahora tuyas) y hasta quizás
escuches mi voz, al leerlas.

Cada tanto, cuando cae la tarde, me arrimo con el mate a orillas de la
rutina y me siento a mirar tus luces, las que se ven desde aquí, a ver si
te asomas y tus ojos tímidos, se encuentran con los míos, como aquella
primera vez.

Algo me dice que, en las noches, cuando nadie te oye, rompes cerrojos
y corres hasta la orilla y a través del mismo puentecito ves llegar mis
recuerdos: mis miedos, mi mano en tu cintura, las tardes de mates, mi
risa, mis dudas y sonreís de nuevo.

 

 

 

 

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