El fotógrafo de Durango

Por Alejandro Bovino Maciel. Corrientes, Asunción, Buenos Aires. Escritor y psiquiatra

La tarde en la que estaba a punto de abordar el vuelo que me llevaría de Guadalajara de regreso a Ciudad de México, nos avisaron que el aeropuerto había sido cerrado por una epidemia. Ya sabemos que intentar averiguar detalles en una empresa aérea que cancela vuelos, es tarea inútil. Respondía sistemáticamente un contestador telefónico con la misma voz impersonal de anuncio publicitario avisando que “por razones de fuerza mayor la compañía había cerrado sus operaciones y nos mantendría informados ante nuevos avisos”. Etcétera, etcétera…

Volvía a mi hotel (no soy hombre que se desmoraliza fácilmente) desplegué el mapa de México en su totalidad sobre la cama y fijé la nueva meta en Monterrey. Me habían hablado maravillas de ese sitio y, estando en tiempo vacante, no sería mala idea conocer Monterrey. En la terminal de buses de Zapopan en Guadalajara las cosas no estaban mejor que en el aeropuerto. La gente colmaba corredores y dársenas de salidas en remolinos que se movían con el pulso de los cardúmenes en el mar. Repentinamente todos parecían apresurarse hacia el fondo contra las paredes de vidrio que separaban la sala de espera de los embarques, y los sombreros de los campesinos aleteaban en medio del ajetreo de la tarde. Cientos de salidas a otros puntos ya habían sido canceladas. Monterrey era un destino imposible, me ofrecieron Victoria de Durango como estación intermedia.

—Desde allí le será fácil conseguir un pasaje a Monterrey —me aseguró la señorita (cabellos negrísimos y lacios que resbalaban suavemente por los hombros, tez trigueña, ojos oscuros) desde el otro lado del mostrador.

—Sale en veinte minutos —agregó sonriendo.

El calor empezaba a abrumar la tarde. El calor se podía palpar con solo extender la mano y sin embargo el sol permanecía oculto, detrás de un cielo grisáceo y fosco. Solo recibíamos la lumbre calurosa, casi húmeda. El calor se derrumbaba lentamente sobre nosotros.

El mismo movimiento continuo y agitado de la gente conseguía sofocar aún más esa sensación como de vacío de aires que precede a las tormentas.

El viaje se hizo pacífico en la calma de un paisaje que iba avanzando morosamente entre montañas oscuras que, cubiertas de las enormes hojas del agave en sus bases, se presentían erizadas como animales hostiles. Tres mujeres morenas y silenciosas que cargaban bolsas avanzaron desde el fondo del ómnibus por el estrecho pasillo pidiendo disculpas al rozarnos los brazos. La última tenía unas largas trenzas unidas en la espalda por medio de un lazo azul.  

La fachada del Hotel Roma, en Victoria de Durango, se parecía mucho a los edificios públicos de las grandes ciudades: dos pisos, con enormes ventanales enmarcados provistos de balcones con verjas, y balaustrada en las alturas, donde alternaban grandes ánforas vacías con esferas de piedra.

Me asignaron una habitación amplia, con vista a la calle 20 de Noviembre. El botones, cauteloso, dejó mi valija en el umbral, asido a la hoja de la puerta como si temiese entrar en la habitación. Le agradecí con unas monedas y sonrió, advirtiéndome que el mismísimo general Francisco Villa durmió en la habitación 218 durante su visita al gobernador de entonces, en pleno fervor de la Revolución.

Pancho Villa se había convertido en líder indiscutido de la particular Revolución agraria de México. Era un hombre tan temido como respetado y confesó, frente a una multitud que lo escuchaba extasiada, que nunca había conocido una escuela y por eso le obsesionaba fundarlas por donde pasaba. Reprochó a los españoles haber echado sobre México a la Iglesia católica, a la que reputó como la peor superstición que el mundo conocía. Cuando ya parecía que lo había dicho todo, agregó: “soy un luchador, no un estadista. No tengo la educación suficiente para convertirme en presidente de la República”.  

Atardecía apaciblemente cuando salí a buscar un sitio donde comer algo. El calor se había disuelto en una brisa suave que silbaba entre las ramas de los árboles. La vieja Catedral de Durango proyectaba una mole inmensa y pesada que en el atardecer temblaba en el espacio árido de la extensa plaza, tapizada de piedras que recogían la luz moribunda del crepúsculo, hundiéndola en sus resquicios oscuros. Una bandada de aves cruzaba el cielo, en fila.

— ¿Puede darme un tantito de espacio? —dijo una voz a mis espaldas.

Un tipo de una treintena de años con ropa oscura miraba a través del objetivo de una cámara fotográfica. Me habló sin siquiera quitar el ojo de la cámara.

—Hombre, tiene toda la plaza que está casi vacía —observé un poco molesto.

—Necesito ese espacio —soltó, sonriendo y tratando de ser amable, mientras me tendía la mano.

—Max, para servirlo.

Me alcanzó un bolso que cargaba junto con la correa del perro que lo acompañaba, para volver a acomodar la gran cámara oscura que le colgaba del cuello. Tomé la correa del perro por ese automatismo que nos hace ser amables sin pensarlo.

—Se llama Luis.

Se arrodilló en el espacio donde estuve yo y comprendí que desde ahí quería enfocar la línea sinuosa de las aves contra el fondo de las torres de la catedral, porque en ese preciso sitio llegaba un haz de luz rojizo y moribundo que seguramente favorecería la toma fotográfica. El perro, uno de esos animales alargados, de patas cortas y grandes orejas me echaba miradas lánguidas, apoyado contra el pavimento cuadriculado de las piedras de la plaza.

—Gracias —dijo después, retomando las riendas de Luis y recibiendo el bolso con objetivos y cables para la cámara—. Algunas tardes de abril llegan a ser bochornosas.

— ¿En México los fotógrafos acostumbran reclutar ayudantes entre los turistas? —quise saber. Max se había sentado en un banco de piedra, encendió un cigarrillo y sujetaba firme la correa de Luis sin necesidad, mirando a lo lejos, en ese cielo que se fugaba llevándose sus pájaros errabundos. El perro estaba acostado bajo el banco, inmóvil.

—En México la gente hace cosas insólitas porque vive en un país insólito. Lo insólito nos resulta natural.

—Ya veo.

— ¿Qué le parece si damos una vuelta de la plaza y le voy enseñando lo que sé? México —continuó diciendo con la voz indiferente de la ausencia— es un país que aún no se terminó de construir. No podemos dar lecciones de nada.

—Yo creo que sí.

— ¿Qué cosa? —dijo serenamente Max, pero, aunque intentaba aparentar neutralidad en el tono cansino de la voz, se denunciaba algo intrigado.

—Un caudillo de la Revolución —señalé con soltura— en un acto público declaró abiertamente que era un soldado, y no tenía la educación necesaria para ser presidente ni magistrado. Yo creo que Francisco Villa, que es al mismo tiempo una de las voces más importantes de la historia de México, puede dar lecciones de moral para advertir a muchos acerca de la codicia por el poder, que siempre resulta peligrosa.

Max quedó pensativo un instante. Las aves en el cielo oscuro se presentían pasajeras, graznando en la lejanía. La oscuridad que se cernía sobre el mundo impedía divisarlas, pero seguían su rumbo volando en fila, cortando el aire de la noche como una zanja hecha de pesadillas.

—Una voz entre ciento veinticinco millones. ¿No es demasiado poco?

— ¡Quién sabe! —admití—. Una voz entre miles advirtió alguna vez que necesitábamos más del perdón que de la ley, y nació el cristianismo.

—Parece que olvidaras que no trajo solo el perdón, sino la intromisión en el Estado, las Cruzadas y la Inquisición. Esa voz, amigo —dijo con amargura— trajo más problemas que soluciones al rebaño humano.

Luis se puso a ladrar con furia tirando de la soga. Pasaban unos chicos jugando y haciendo jaranas, y eso parece haberlo despertado de su pacifismo repentinamente.

—Creo que deberíamos continuar con el paseo para conocer Durango —propuso Max.

—Está bien, le agradezco el gesto. No soy mexicano y conozco poco y casi nada de todo.

—En marcha —ordenó, aplastando la colilla del cigarrillo contra el canto del banco de piedra mientras daba un tirón a Luis para incitarlo a caminar.

—Esta es la Plaza de Armas, aunque aquí en Victoria de Durango las armas nunca hicieron falta.

— ¿Tampoco durante la revolución? —pregunté con sorna. La palabra “nunca” me suena tan impostada como la palabra “siempre”. Las leyes de la naturaleza admiten desvíos y la naturaleza humana le agrega excusas para torcer el rumbo constantemente. Decir “siempre” es, para mí, uno de los modos que tiene la exageración.

—Eso fue un episodio, apenas —observó Max—. Nuestra historia está llena de incidentes. La ciudad se fundó como centro de minería para explotar el Cerro Mercado, que los españoles al mando de Ginés Vásquez de Mercado creyeron preñado de plata, pero excavaron y excavaron y solamente extrajeron hierro. La naturaleza le tiende esas celadas a la codicia humana.

—La codicia humana también es natural —observé.

—Toda la naturaleza es imperfecta, ha llenado de defectos a sus creaturas, es deber del arte corregir esos desvaríos de la materia por medio del espíritu —dijo, deteniéndose en un punto donde la oscuridad que invadía la noche le dejaba un último resquicio de luz como en penumbras. Tendió la mano hacia esas hilachas brillantes como si las acariciara.

—Valoras mucho la luz —dije.

—La fotografía es luz congelada y nada más.

Extraño es el mundo.

En mi ámbito podría buscar un mes alguien con quien mantener una conversación medianamente interesante sobre un tema que me venía obsesionando: la relación del arte con el mundo. Repentinamente, gracias a un perro y a un virus, en un país muy lejano, hallaba alguien que me insinuaba ideas extrañas. Un desconocido enamorado de la luz y de sus efectos.

—La catedral, como habrás observado, es un poco barroca, un poco plateresca y con muros blancos que la rodean para recordar a los fieles la promesa.

— ¿La promesa? —Quise saber de inmediato—, ¿qué promesa?

—Si ellos cumplen con Dios, Dios cumplirá con ellos más allá de la muerte.

— ¡O lá lá! —dije, con sorna—. El fotógrafo cree en Dios, finalmente.

—No creo en Dios. Creo en la promesa que nos hizo.

— ¿Quién cumpliría esa promesa si Dios no está?

—Yo —dijo con voz muy segura y sin asomo de broma.

Los dos quedamos en silencio.

Desde algún sitio lejano llegaba una música ranchera de despedidas y tras los tañidos de las campanas de la cercana catedral, todo se fue envolviendo en sonidos ensordecidos, como esos cuchicheos de los velorios donde se susurran palabras ilegibles.

Luis dio unas vueltas y se tendió en un cantero al borde de la calle. Max empezó a enroscar una cubierta en el lente de la cámara, acomodando los accesorios en el bolso con mucho cuidado. Trataba a los lentes con suavidad, como si envolviera flores delicadas.

—Creo que debería volver a mi hotel —propuse.

—No señor. Le había prometido mostrarle un poco de la ciudad y allá vamos.

Tiró de nuevo la soga de Luis y retomamos la vereda techada de ramas de árboles.

—Nos fundó un vasco de apellido Ibarra a mediados del mil quinientos. Bautizó como Valle de Guadiana este espejismo que le hacía ver en México lo que estaba en España. Estamos encerrados entre el Cerro de Mercado, un pantano hacia poniente y la Acequia Grande al sur. En el mil seiscientos se creó el obispado, hacia mediados del mil setecientos se halló oro en la Sierra Madre y Durango volvió a ser señora del Norte. El camino Real de Tierra Adentro cruzaba de norte a sur y por eso este centro histórico tiene edificios que son piezas de colección.

—Muy interesante todo —dije serenamente, intentando no sonar aburrido— pero todo eso podría decírmelo la guía turística.

—Esa casa —prosiguió Max— perteneció a una mujer a quien el padre la encerró durante veinte años para evitar que se hiciera monja.

Señaló un caserón de piedras, silencioso en una amplia esquina de la Plaza de Armas.

— ¿Y después? —quise saber.

—Dios y el arte tienen la misma fuerza para alienarnos, ¿no te parece? Cuando el padre murió, ella ya tenía el alma ajada. Se dedicó a componer música, usando las lecciones de piano que recibió durante los veinte años de encierro. Uno creería que ese seco amor a Dios inspiraría salmos y motetes, pero no. La música de cámara que compuso holgaba de notas oscuras, bajaba a lo más turbio de los sonidos, hurgaba en los extremos de la sordidez que es capaz de producir un sonido. El odio también inspira.

—Pero no para destruir —objeté.

—La finalidad de una obra de arte no puede ser prevista por el artista, querido amigo. El arte es siempre causa. El efecto vive en nosotros.

—Entonces —observé— no estaba en la artista la oscuridad sino en nosotros.

— ¿En algún momento has dudado de eso? ¿Que el arte es solamente un espejo que nos devuelve nuestro interior?

Max miraba a lo lejos, hacia el cielo platónico donde las ideas brillan con luz propia como el sol. Luis repentinamente despertó de su sueño pacífico, oteó a lo lejos ese mismo cielo lleno de resplandores oscuros como la música de la dama encerrada. Vio en ese ámbito perfecto e incorruptible la imagen de un argentino y un mexicano sentados en un banco de piedra, silenciosos y absortos. Vio que más allá del presente el tiempo estaba vacío. En su memoria no cabía ningún pasado, y el porvenir estaba tan oscuro como el cielo fosco. Comprendió la ilusión y volvió a tenderse en el piso de piedras de la plaza de Victoria de Durango, donde su amo el fotógrafo se afanaba por congelar la luz de un vuelo de pájaros que en la oscuridad absoluta habían desaparecido.

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