¡Arde Macaco!

Por Raúl Novau. Posadas, Misiones. Escritor

Los hornos de quema eran rudimentarios, dispuestos como hornos gi­gantes alrededor del aserradero, parecían iglúes con la gran diferencia de que era el fuego –y no el hielo- su elemento. Si no se quemaba el aserrín terminaría por sepultarlos –al conglomerado de ranchos en ani­llos- en un mar amarillo y pegajoso. Aún así los obreros vestían trajes de aserrín, caminaban sobre blandas y esponjosas alfombras, dormían de boca abierta a una finísima lluvia blancuzca en suspensión y soñaban con automóviles de terciados que se desarmaban al tocarlos.

A pesar de los aguaceros los hornos funcionaban. De modo que la humareda era permanente, ascendiendo o descendiendo por laderas de cerros abruptos y desmontados, o en densas volutas que el norte des­hacía, recomponía o condensaba en lúdicos virajes.

Al extremo del galpón de aserraje un chiquero de bastas tablas limitaba con el arroyo. Los cerdos, azules de humos bruñidos en sus pelambre­ras, deambulaban hocicando al azar la dura tierra con cristales de cuarzo como ojos. Como signo de pertenencia al obraje acompañaban en vaivenes a los ritmos de motosierras y a la sinfín. El silencio de la noche los exasperaba. Solamente bajo el son de alguna guitarra plañi­dera dormitaban en forma ligera con suspiros de satisfacción.

Los dueños del aserradero habían dispuesto la crianza de chanchos para suplir la escasez de carne vacuna. Pero después que los peones descu­brieran bolas de virutas en los estómagos y que los pulmones eran ma­sas leñosas, cundió la idea de la venganza de los duendes del monte quienes enviaban alimentos que los transformarían en estatuas de made­ras. Al principio las vallas tablonadas crujían por el ímpetu del apriete y los cochinillos de albas pupilas sin luz servían de juguetes vivos a los niños.

La seca avanzaba y los trajines continuaban. El arroyo mostraba su pedregosa entraña a la canícula salpicada de cuajarones verdosos entre las piedras. Las reservas se agotaron y esperaban el camión cisterna desde el pueblo. El espectro de la sed decidió a algunos a desaparecer con sus familias siguiendo el cauce seco del arroyo. El resto no se de­tuvo en el talar diario.

Los ciegos cerdos horadaban el terreno buscando rastros de humedades. Nada encontraban a través de surcos y grietas, a no ser profundas raíces fibrosas. La letánica guitarra ya no los conformaba. Pero hubo una noche de blancor intenso en que reposaron expectantes. Fue un chillido agudo y penetrante allende los cerros: el inconfundible llamado del pecarí blanco, el jefe de la piara libre. El sonido cesó de improviso y al unísono el vallado del corral cedió y el desparramo des­pavorido de fuerza suina embistió las máquinas, los pilares del ranche­río, las montañas de aserrines y las bases de las parrillas donde rescol­dos quemantes mantenían las humaredas. El primer montículo crepitó rápido y el colchón de virutas chasqueantes fue un tapiz negro al paso de las llamas sobre el que danzaban oscuras y cegadas figuras. Se orientaron ante un nuevo chillar y reagrupándose escalonaron los mu­ñones de troncos de la escarpadura, licuándose en la luz lunar.

Una borravina sangría era el cielo de Macaco a lo lejos.

 

 

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