Periodismo Guaraní

Por Rodrigo N. Villalba Rojas. Formosa. Escritor y docente.

Enero de 1928, cuatro poetas y otros tantos dibujantes se asocian en una efervescente ciudad de Asunción para alzar la voz desde la prensa y restituir el guaraní al género periodístico, del que había sido casi desterrado después de la Guerra de la Triple Alianza.

La cuestión de los límites geográficos en el Chaco se va consolidando como causa nacional, las huelgas obreras y mítines, manifestaciones estudiantiles ocupan las calles cotidianamente. Las ciudades del interior se hunden cada vez más en la pobreza y los bancos continúan desembarcando con nuevas estrategias de especulación financiera. Los gobiernos intercambian figuras por acuerdos o sublevaciones, el estado de sitio o la inestabilidad son la moneda corriente arraigada desde fines del siglo diecinueve.

El registro satírico rebasa las páginas salpicadas de tinta y con una apresurada calidad de impresión del semanario -luego diario- Guaraní. Cada jueves bordea la virulencia amarillista y revive no sólo el ánimo de lucha contra la corrupción política y financiera, así como exalta los valores patrióticos de cara a las amenazas de guerra contra Bolivia, sino también dispara contra la marcha incesante y “el peligro único y gravísimo del comunismo”. Sí, un fantasma multiforme y heteróclito recorría las calles asuncenas en 1929.

Todavía hace falta hallar -si es que se conservan- los primeros ejemplares. Papel frágil y quebradizo, procesado con una máquina litográfica acaso rescatada de alguna imprenta que empezaba a modernizar sus equipos con el sistema tipográfico, la impresión exuda su cara de low cost y tiene el sello del aquí y ahora.

Francisco Recalde, el mismo que agitaría las banderas de la revolución febrerista en la posguerra del Chaco, ahora reúne en su equipo de prensa al staff de redactores más creativo de la coyuntura. Emiliano R. Fernández, todavía antes de acceder al olimpo de la poesía épica nacional, antes de su consagración pero durante la publicación de sus mejores letras -en primer orden, la explosiva “Rojas Silva rekávo”- en el cancionero Ocara Poty Cue-mí, la revista de poesía folklórica-popular por excelencia, el mismo Emiliano de vena heroica pero aún sin el grado de teniente segundo, restituye la prensa en guaraní a través del Guaraní.

Julio Correa, el actor, dramaturgo, director de las cíclicas veladas teatrales imprime al Guaraní los parlamentos del pastiche urbano asunceno. Gallegos, brasileños, italianos, garabatean en sus “Dialoguitos Callejeros” una policromática lengua híbrida casi siempre sellada por la impronta de la atmósfera guaraní.

Darío Gómez Serrato, policía, músico y poeta, se calza el mote de “Pombero Manso” y cuela algunos de sus poemas entre las páginas de Guaraní, a veces a modo de publicidad de su flamante Yasîyatere (1929), el segundo (o tercer) libro de poemas en guaraní, que sigue el halo de las dos ediciones del cancionero Rosicrán, el olvidado pero angular Ocára potÿ (Flores Silvestres) (1917-1921).

Otro dramaturgo, Félix Fernández aporta su destreza con la lengua vernácula y traduce al guaraní algunas páginas de historia de la guerra, que un altisonante Juan E. O’Leary escribió en un castellano grandilocuente.

    El humor gráfico -con Juan Chuchín Sorazábal y A. Vega Zayas, al frente, bocetadores e intérpretes de los tipos pueblerinos- arrecia contra las figuras públicas de la corruptela política del Paraguay, que ya se multiplicaban como moscas. No era para menos, la crisis interna y las continuas amenazas de guerra con Bolivia no otorgaban respiro y las decisiones que se tomaran debían aportar soluciones en el corto o mediano plazo.

Los años 1930 van preparando la lenta marcha hacia la guerra y el idioma se yergue cada vez más consolidado como sello de la nacionalidad paraguaya, mismo sello que pervive hoy, a pesar de la extensión transfronteriza del guaraní (es usual oír a muchos paraguayos frases del tipo “El guaraní es Paraguay”, “el guaraní es nuestra identidad nacional”).

Lo cierto es que Guaraní patea el tablero y apunta a un consumidor popular, se vale del registro inmediato del guaraní hacia la humorada y el chiste callejero. Se promueve a sí mismo como el primer periódico escrito en la lengua del pueblo y vende espacios de publicidad en guaraní, un guaraní no académico, un idioma place(nte)ro, el idioma con que discute la gente en la plaza guasu o en el mercado pueblo, un idioma de campaña, un registro de la lengua del presente que seguro Bartomeu Melià adoraría ver. Es una prensa en jopara antes de que la literatura especializada tomase ese nombre quimérico para denotar un registro de lengua. Una prensa que todavía debe estudiarse como prensa, y una variedad de lengua escrita que tiene todavía mucho por ser analizada.

Casi nadie está al tanto de este periodismo popular en guaraní (menos de estos poetas escribiendo una prosa inédita). No se ha estudiado, no se ha divulgado con suficiente empeño, nadie parece haber revuelto los anaqueles y el polvo para encarar investigaciones sobre este contubernio, hexágono amoroso entre el guaraní, el jopará, la poesía y la prensa, la militancia nacionalista y el anticomunismo, ere erea. Quién estudiará lo que falta, en qué momento y con qué miradas y propósitos, son cuestiones para dejar rodar hacia el futuro, para empezar a desenredar el triperío del archivo. Que ésta sea una de las puntas de la madeja.

 

Imágenes: Archivo del autor.

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