Eche veinte centavos en la ranura

NEACONATUS

“Si quiere ver la vida color de rosa… Teatrillos de utilería. Detrás de esos turbios cristales hay una sala sombría. Paraísos artificiales.” Escribió Raúl González Tuñón. Y parece ser que Rosalía Montenegro le hizo caso.

Ella vive en Corrientes y  es una escritora enganchada sólo consigo misma. Su lógica no construye relatos plenos de bienaventuranza y redención social, son aventuras terrenales de poderes pequeños más allá de la racionalidad capitalista. Porque cuentan las peripecias de los que viven abajo, Eva Illouz[1] cree que “el capitalismo ha creado grandes bolsas de miseria sentimental”.

En este libro los relatos se centran en los “eso” que coexisten con nosotros para que logremos sobrellevar la condena de ser una “ella” o un “él”. Porque los que residen arriba tienen máquinas, joyas y corbatas (Diría Gila[2]) que bailan alrededor de sus caprichos mundanos. Pero los de abajo sostienen otra economía de la realidad, la única a la que pueden acceder, la de la naturaleza. Ser humano es una forma más de vida entre muchas otras, afirma Timothy Morton[3], a quien pedimos ayuda.

La triada OOO define una tendencia de pensamiento: la ontología orientada hacia los objetos. La ontología metafísica es la rama de la filosofía que se ocupa de todo lo que hay, los universales y particulares, los entes, aunque siempre girando alrededor del ser humano egoico con esa manía de confrontar siempre desde su yo. Pero la OOO es anti antropocéntrica y apunta a lo no humano. Comete la osadía de incluir a los objetos en ámbitos domésticos, políticos, físicos y filosóficos. Por lo tanto un amuleto puede reclamar para sí mismo la posesión de un psiquismo y un lugar cotidiano junto a nosotros.

Los individuos y los objetos son cifras que duplican el significado del significante como sujeto y correlato. Juegos del tiempo donde se relacionaron, en el pasado o en el futuro, con fenómenos donde la persona es sustituida por una “signatura”[4], casi siempre aciaga. Analogías entre nombres y circunstancias. Don Lázaro y sus tesoros enterrados, el río que le murmura a un chico que perdió a su madre, Josefa Ledes y su altar secreto, el preso y su lápiz con que el que escribe obsesivamente en un cuaderno, la vieja Mirra y sus cartas de Tarot, Carla Morel y la piedra lapislázuli, el cactus florecido que se llama Clota, el que habla con los loros, el diariero y su sombrero adornado con plumas, y tantos otras simbiosis entre los “esos”, las “ellas” y “ellos”.

Los cuentos breves del libro Amuletos de Rosalía Montenegro coagulan el desconcierto, el asombro y la puñalada trapera del final abierto. Eluden sosegarnos con la placa del “The End”, “llega hasta aquí y nosotros haremos el resto” cantaba Jim Morrison[5]. Son lacónicos y no dan tregua, cuando se lee la última línea debemos regresar al principio unas dos o tres veces más. Es parte del truco, y tiene su encanto. Como un juego erótico donde se recorre lentamente la misma zona anatómica una y otra vez. Cada relectura supone descubrir nuevas pistas, falsas por supuesto, porque volveremos otra vez al desenlace esquivo con las mismas preguntas a cuestas.

En Amuletos hay formas híbridas de hablar. En un cuento puede leerse un estilo regional: ¿Y por qué pa ha de ser sino por el entierro que a la engau hay acá?, en otro una frase muy hispanoamericana: Soledad, mi señora, esperaba, siempre esperaba, mientras se alineaba las cejas. Y más allá un modismo de actualidad: No se trataba solamente de un cambio de look. Es que ya lo dijimos al principio, Rosalía Montenegro es una escritora enganchada sólo consigo misma. Conviven en las páginas del libro un sincretismo de creencias populares y también diferentes códigos de oralidad, porque los cuentos se devoran como si alguien los estuviera contando. Sentado en la vereda tomando unos mates, compartiendo un viaje en micro o caminando por la ribera del río.

La imagen de tapa y contratapa realizada por Cecilia Ledesma refleja todas estas fusiones “que abonan a su diversidad temática” como bien prologa Martín Alvarenga y refrenda la autora cuando cuenta que sintió al atesorar objetos descartables que guardó en una caja para luego volver a dialogar con ellos. “Encontrarse con tantos cachivaches, con tanto mejunje, con tanto pasado olvidado en un cartón. No sé qué habrá significado en aquel entonces, ni quién era yo en aquel entonces. Pero hoy que lo miro, veo un collage olvidado en el tiempo. Amuletos que me atan, desatan, que me explican, que me hablan, que me cuentan, que me cuestionan, que me obligan a volver y a irme.” Esa ilustración colorida de la cubierta del libro es naif, hasta kitsch, bien podría ser la viñeta de un cómic de fanzine artesanal o un altar devocional. Pero condensa todo lo que sucede en cada cuento, y no sólo en función de las historias sino como representación de una estética cultural ninguneada secularmente por mersa, grasa, infantil, populachera, provinciana, como el chamamé en las bailantas suburbanas de Buenos Aires. Donde la superstición protectora sobrevuela la intemperie cotidiana, cartas de Tarot, atrapasueños, bolsas, jinetes espectrales, cuchillos taimados, mates, piedritas mágicas, pulseras con tréboles de la buena suerte, maneki nekos japoneses de bazar. Hoy, en plan académico, encuadraríamos todos estos fetiches como low culture que suena súper cool y friki, desde que Mariana Enríquez (bienvenida eventualidad) impuso la santería litoraleña en el canon internacional de la literatura fantástica. No en vano su abuela y parte de la familia es de Corrientes.

El libro Amuletos de Rosalía Montenegro fue editado en 2019 por Amerindia ediciones correntinas. Es otra de esas maravillas que como en el poema de González Tuñón nos recuerdan que “la vida es dura, con la filosofía poco se goza. Eche veinte centavos en la ranura si quiere ver la vida color de rosa.” Y exorcicemos la crotera que nos expone ante tantas cuchilladas, cerraría aquellos versos Rosalía Montenegro muchos años después.

[1] Socióloga franco – israelí

[2] Famoso humorista y dibujante español.

[3] Filósofo inglés contemporáneo.

[4] Paracelso. Todas las cosas poseen un sello que oculta sus cualidades.

[5] Vocalista de la banda The Doors

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s