Luna

Miguel Riquelme. Trelew – Posadas. Periodista

Me tomó de la mano, miraba para arriba y a los costados sin mover la cabeza. La luna me sigue, dijo, en voz baja y calmada. Caminamos un buen trecho hasta la casa, el barrio viejo se empeñaba en ajarse, en perder la piel o las escamas que le había adherido tanta gente a lo largo de los años.

A metro de la plazoleta, asomaba un balcón raído que amenazaba con caerse de una casona  que alguna vez  fue andamios.  Tardé un tiempo  en pensar que combinaciones exactas de figuras esféricas y alguna fuente de luz que  pudieran simular, sin mucha torpeza, un sistema solar. Por esos días cayo otro trozo del balcón y la ley de la gravedad fue un poco más sencilla de explicar.

Comprender es  crear, comprender el mundo es crear el mundo, las baldosas del pasillo bien pueden ser  ejemplos calcáreos del paso de los años.

Hablamos varias noches sobre astros, luz, colores, imanes y siempre había otra pregunta. Hasta que no hubo más, las esferas y las luces volvieron a su lugar. Las conversaciones se volvieron  escasas y las preguntas versaban sobre asuntos como horarios de comida y ubicación de la ropa en los armarios. En los meses siguientes las cosas volvieron a ser las de siempre, salir a caminar desde la mañana hacia los bordes de la ciudad volver con el sol  ya rojizo o violeta sobre el otro lado del barrio,  torturan a Carozo metiéndolo dentro de una bolsa de arpillera para arrastrarlo luego por las piedras del baldío de al lado.  Un día Carozo le arrancó un pedazo de rodilla con un mordisco de rabia. No sé por qué pensé que veía sangre por primera vez.

Con el paso del tiempo la galería de la casa se ha ido poblando de objetos inútiles, hay allí viejas bicicletas, armas talladas en madera, que en otra época nos sirvieron en la guerra, banderas y muchos libros. Dormir se ha convertido en accidente sin horario y hablar un intercambio de murmullos. En este barrio, en cada antigua casa, el tiempo se estira y se acumula como el polvo que hay sobre las cosas, sobre el telescopio por ejemplo. Alguien lo construyó o lo robamos, eso no importa, solo sirvió para ver mejor  alguna constelación, alguna vez un eclipse y siempre la luna.

En los primeros tiempos creímos ver el mar selenita, y también intuimos el cielo que cubría días que duraban medio mes.  Con noches heladísimas y mediodías hirvientes. Grandes fosas circulares, sin duda artificiales, pruebas irrefutables de la vida inteligente en ese lugar, como decía ese libro inglés sin portada que mencionaba toda la vida que poblaba el astro. En otro libro que perdimos, madame Roumier insistía en la cambiante conducta de los lunáticos y su amor por la novedad. Después de horas de agotar los ojos en la lente, creíamos ver a los raros habitantes de la cambiante luna.

Cada vez estamos más seguros de que a partir de alguna noche, que ya es un recuerdo nublado, no hemos  hecho otra cosa, día tras día, que buscar el cielo adecuado  orientar la lente y esperar.

Los sabios ingleses se ocuparon de escribir sobre  el cielo sin mencionar jamás la biblia, al menos en nuestros libros, en cambio los franceses, retomaban una y otra vez la idea de la reencarnación de los seres en los planetas y en las estrellas. En la casa el aire se ha detenido, no transporta los ruidos de la calle, ni las luces que pueda haber, un crepúsculo permanente ilumina los pasillos mientras leemos o pensamos en voz alta.

El, por ejemplo, espera que alguien llegue desde fuera y lo rescate, yo en cambio creo que ya no estamos aquí, o que alguna vez fuimos quemados en una hoguera y en alguna plaza se erige una estatua que pretende ser un recuerdo.

Mientras la luna en su cambio cotidiano sigue allí, nosotros aquí, quitamos la ceniza que cubre los objetos, intercambiamos murmullos,  sumamos algunas horas a las diferentes formas de la soledad.

Pero en la eternidad el tiempo no existe

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