ENTRE DOS AGUAS. El futuro de las librerías

NEACONATUS

El periódico español Púbico difundió un artículo de Octavio Salazar Benítez, catedrático de Derecho Constitucional y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional Universidad de Córdoba (España). Lo compartimos a continuación.

Adiós a las librerías

En un país como el nuestro, en el que la mayor obsesión en los últimos meses parece haberse concentrado en los horarios de los bares y en la distancia de las mesas en las terrazas, por no hablar del empeño auspiciado por nuestros representantes en salvar la Navidad o en primar lo productivo sobre la sostenibilidad de la vida, no debería sorprendernos que la noticia del cierre de una librería apenas remueva las tripas del respetable. Sin embargo, quienes necesitamos los libros como el aire que respiramos, ya que sin ellos seríamos incapaces de alzarnos cada mañana y de concebir la vida como un proceso siempre abierto de sorpresas y pasiones recién descubiertas, cuando vemos cerrada la puerta de una librería sentimos una especie de desgarro, una herida que va restando tiempo a nuestro futuro, una suerte de desasosiego que, como si fuéramos parte de una cofradía laica, solo podemos compartir con quienes, como nosotros, viven la lectura como el alimento que nos abre más y más los ojos. Esa lentes de aumento que nos permiten, además de reconocernos, con todas nuestras debilidades, reconocer al otro y a la otra como parte misma de nuestra existencia. En este sentido, la lectura es un ejercicio de radical democracia y las librerías, como también las bibliotecas, el templo que nos permite abrazar el infinito. El infinito en un junco, en palabras de Irene Vallejo. Juntos salvajes nosotros, siempre dúctiles al viento, pero sostenidos a la intemperie gracias a la fortaleza que nos regalan las palabras.

Cuando en estos días me enteré a través de las redes sociales de que Las libreras de Cádiz, uno de esos espacios en los que durante diez años no han dejado de amasarse civismo e imaginación compartida, sentí justamente ese desgarro que me resulta tan complicado explicar. Esa lesión que, como las que van insistiendo en los cuerpos de los atletas maduros, se mantiene para siempre aunque pongamos sobre ella bálsamos y antiinflamatorios. En Las libreras, donde no solo se vendían libros sino que también se practicaba el arte democrático de la conversación, presenté hace unos años mi Autorretrato de un macho disidente. El poeta Ángelo Nestore hizo de padrino y nos emocionó a todas y a todos con su voz de varón rebelde, con sus rizos de italiano malagueño que entiende la poesía como una revolución. Sus palabras, algunas de las cuales me las imagino todavía volando por las escaleras de la librería, siempre me acompañarán como una receta imposible ante el desaliento. Apenas un año después, fue la periodista Lalia González, una de esas mujeres con poderío que demuestran que también la información necesita perspectiva de género, quien me acompañó en la presentación de #Wetoo, mi brújula para jóvenes feministas. Acompañados por un público fiel y entusiasta, recuerdo que le dimos vueltas a la actualidad por entonces no tan angustiosa como en el presente. Todavía felices, y tan lejanos de la tormenta que meses después nos convertiría en seres microscópicos.

Hay pues mucho de mi vida, de mis días de verano en Cádiz, en los que buscaba para mi sobrina Lucía algún libro que le ayudara a convertirse en una mujer autónoma, en ese espacio que cinco hermanas, guerreras, valientes, acogedoras, pusieron en pie justo en unos momentos en los que la anterior crisis económica no presagiaba nada bueno para la cultura. En estos últimos diez años esas mujeres, que han sido como hilanderas que no han parado de tejer, sin necesidad de destejer por las noches, hicieron de su librería justamente lo que necesita una democracia para mantener su salud: un lugar de aprendizaje, de sonrisas, de preguntas, de brindis y de palabras saltarinas. Entre autoras, autores, lectoras y lectores. Entre las manos de quienes escriben y los hogares de quienes leen. El más puro ejercicio de libertad, igualdad y pluralismo.

El anuncio del próximo cierre de Las libreras es una de las noticias más tristes que me ha llegado en estos días del reciente 2021, por más que siga habiendo tantas dramáticas que nos recuerdan que somos los más frágiles entre los frágiles. Mi dolor, que espero que con los días se vaya convirtiendo en esa memoria fértil que nos permite coger impulso para el mañana, tiene que ver con la dimensión colectiva, política, que habita en los espacios donde se genera cultura. Esos que justo ahora están heridos de muerte y que, por tanto, quiebran la salud de unas democracias sacudidas hoy por virus todavía más peligrosos que el que no deja de dejarnos muertes y renuncias. Porque un país que deja que sus librerías cierren es un país condenado a la mediocre supervivencia de seres felizmente domesticados. Porque una ciudad sin libreras acaba convertida en un páramo tan triste como el patio de un colegio cuando en él no habita el murmullo indescifrable de niños y niñas que juegan.

Link: https://blogs.publico.es/dominiopublico/35960/adios-a-las-libreras/?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_campaign=publico&fbclid=IwAR1v-0fzSBDriCLVJip2XA1AmC-8lWJV_c-5xRyDQJ-MEIfgzZkKhHq8SqY 

Respuesta y opción

También sumamos la opinión que desde Málaga  escribió Francisco Manuel Mancera Romero, Mgter. en Historia Económica (Universidad Autónoma Barcelona – Universidad de Málaga, España).

Es difícil no sentir afinidad por lo que el autor describe. Los tiempos están cambiando y eso es innegable. Me entristece el cierre de Las Librerías de Cádiz y mando desde aquí un abrazo a esas cinco valientes hermanas. Pero no puedo compartir el último párrafo del artículo de Octavio:

“…Porque un país que deja que sus librerías cierren es un país condenado a la mediocre supervivencia de seres felizmente domesticados. Porque una ciudad sin libreras acaba convertida en un páramo tan triste como el patio de un colegio cuando en él no habita el murmullo indescifrable de niños y niñas que juegan. …”

También ha muerto el cine (las salas de exhibición de largometrajes previo pago de una entrada) y ahora es cuando más cine se ve. Que mueran las librerías, ni tan siquiera significa (necesariamente) que se vendan menos libros. Ahora se venden por Amazon y en menor medida en grandes superficies, aunque cada vez menos y desaparecerá en breve. Y sin duda no significa que se lea menos, o no por esa razón. Ahí están los libros electrónicos, aunque innegablemente han frenado su expansión. Sólo un dato: jamás se han editado más libros que ahora, es verdad que con menor tirada. Pero ¿es eso malo? La economía, al menos la capitalista (vaya la que se enseña cómo dogma de fe en las universidades), ama la competencia ¿Y no es acaso un ejemplo de libro de texto, de libro de Adam Smith: competencia perfecta como sinónimo de muchos oferentes con producciones pequeñas? Sí, lo es. Lo que ocurre es que nuestros economistas neoliberales, esos que inundan las tertulias con sus predicas no sólo no han leído a Papa Smith sino que son, en su mayoría, conservadores, que pareciéndose no son lo mismo. Pero eso es una historia que debe contarse en otro momento.

Confundir el producto con su canal de distribución es común, muy común y tener una cátedra no te hace inmune a ello.

Indudablemente, y como bien decía Kevin Lancaster en 1966, el consumo no es el mismo si se hace en pantalla grande y a oscuras que en el sofá de casa. Por cierto, ganó de goleada el salón de casa. Si eres de los que prefieres la sala oscura y pantalla grande: eres un dinosaurio carcamal y te doy la bienvenido a tan entrañable club. Pero no confundas tus lágrimas de cocodrilo con el malestar de la cultura. Y sobre todo no te engañes. Tu dolor no se debe a que se vaya a leer menos, tu dolor es porque los tiempos están cambiando y tú no ya no eres capaz de adaptarte a ellos. Nada que Alvin Toffler no contará en 1980. Con todas estas referencias cultistas pretendo igualar y superar la autoridad académica que confiere ser catedrático, como el autor del artículo.

No niego que las librerías sean/fueran espacios de conversación, pero ahora si algo sobra, son los espacios para las conversaciones: por gracia o desgracia de internet. En estos nuevos foros se habla a gritos, atropelladamente y se dicen tonterías… igual que en la mayoría de las conversaciones que se tienen/tenían en una librería. Por cierto nada que Neil Postman no contará en 1985 siguiendo la línea de pensamiento trazada por Marshall McLuhan en su maravillosa La Galaxia Gutenberg (1962)

No, el mundo no está peor porque haya menos librerías.

Por cierto, las librerías no morirán, no todas al menos. Para sobrevivir deben especializarse, la librería generalista es un anacronismo. Pero la boutique del libro del género Fantástico, o de Romántica o de Histórica tiene buena salud. Cierto, no es un mercado para que existan 50 librerías en cada ciudad. Pero una o dos, si caben. Especialización, amigo Sancho: ES PE CIA LI ZA CI ÓN que ya lo decía Émile Durkheim en 1893. Seguir haciendo las cosas como se hacían hace 200 años es garantía de pronta extinción.

La tecnología lo cambia todo, incluso los canales de distribución. Mirar así al pasado es morir, está bien morir un poquito: a eso le llamamos añoranza, pero creer que el mundo va a peor por eso, es dejarse vencer por la vejez.

 

 

2 Comments

  1. Los dos tienen razón. Lo que no dice Manuel es que Las librerías (y la librería y cualquier biblioteca) es un símbolo de un espacio precioso que ahora se cierra. Lamentar la pérdida de ese valor es síntoma de vejez? La adaptación que propone Mancera Romero es típica de un capitalismo caníbal donde hay que acomodarse sin queja o morir. Cierto es que hay una evolución en la cadena de comercialización del libro, pero eso no quita que un lugar lleno de libros, de encuentros y de cultura, como son o eran las librerías, no sea maravilloso. La cosa, que va para el lado que dice Manuel Mancera Romero, se dirige en esa dirección. Una flecha indica “para allá” y el mundo va para allá. Y así está todo. Nostalgia aparte, no es muy buena la situación

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