Gregorio Samsa en una plaza de Quitilipi

NEACONATUS

Susana Szwarc autora de Distancia cero, poeta y narradora nacida en la ciudad de Quitilipi corazón de la provincia del Chaco, es hija de inmigrantes. De las tantas familias que llegaron a la Argentina entre 1947 y 1948 dejando atrás Polonia y Uzbekistán, cruzando Paraguay y Brasil. Su biografía nos cuenta que nunca conoció a sus abuelos, ya que los paternos fueron asesinados por ser judíos, es posible que en algún campo de concentración, mientras que los maternos murieron en Bujará, a raíz de diferentes epidemias.

Actualmente, vive en Buenos Aires, donde dirige talleres de escritura. Es autora de una obra fecunda y vigorosa donde conviven libros de narrativa y poesía, traducciones, literatura infantil y juvenil junto a artículos y críticas en medios internacionales. En 2020, el año de la furia, publicó Distancia Cero (Editorial Desde La Gente, DLG),  NEACONATUS comparte algunos apuntes sobre un texto a través del cual se entrelazan breves corrientes de aire, vientos pequeñitos, susurros, emanaciones que nos rozan, antes de despertar, como sombras al alba.

Alguien amenaza a una persona que de la boca para afuera, nada, ni una palabra. Se calla. Sin embargo le dice que si no sabe hablar, que escriba.

Otro/a se agachó para ingresar a un café. La ráfaga de balas, entonces, no le alcanzó. Es que se agachó para atarse los zapatos.

Una joven tiembla de miedo en un hospital. Contagia el temor a la narradora. ¿Tendría también pavor el oftalmólogo al llegar al fondo de ojos?

Está la madre lectora, tan lectora que se le pasó el tiempo leyendo. Cuando levantó los ojos de un libro, sus hijos eran mayores que ella.

En “Visitas” se miran las sombras. O sea (creemos) nos miramos. Y nos vemos cada mañana más pequeños. Es que el tiempo nos achica. Las sombras que proyectamos nos lo demuestran.

Como todos los microrrelatos, “Caminata” es maravilloso, pero además es fantástico. Gregorio Samsa y Franz Kafka en el Chaco. El personaje escarabajo también despliega sus alas con aliteraciones en la página 43 “A Praga”. No en vano la autora reconoce la influencia del escritor checo en su literatura.

Un recurso retórico de Szwarc es la reiteración de palabras que ofrece un frenesí, un ritmo, una cadencia. En el caso de Situación, un machacamiento. Nunca mejor esta palabra para tantos golpes y gritos.

Si la lluvia fue creada para la nostalgia, puede ser que también sirvan sus gotas para la maldad. Por sus aguas se fue el Ulises, la mojadura, impregnándolo de humedad, sucedió como fuego de un incendiado bosque, de cuya madera se hicieron las hojas del libro.

Terrible recorte de la muerte es “Desarmonías”. Decimos así porque se acerca el fin de año, el fin, se entiende. Las cabras para carnear, para que sus partes sean mordidas, saben eso y huyen. Como huye el río, y (¿lo intuyen?) el grupo festivo que busca el fin de otra cabra.

Si todas las microhistorias que se cuentan son hermosas, nombremos cuatro que seleccionamos. Una es “Otra fiesta”. Antonia, sus quince años, la bicicleta, las ansias de libertad. “Almuerzos”. Una guardería, ese minimundo, los bebés que huelen a las cuidadoras. “El letrero” de la página 106. Ramiro, suponemos un niño que, descalzo, silbando, apoyaba uno, dos, tres… los cinco dedos sobre el lomo de (malísimos) perros y se los llevaba. Y el bellísimo “Traslación”, el último de Distancia Cero, de solo dos renglones, que nos sirve para contradecir a la autora. No nos adormecemos. Si el libro nos tiembla en la mano es por la emoción que nos produjo.

Dice Fernando Valls, prologuista de esta maravillosa obra de Susana Szwarc que se nota el gusto de la escritora por el lirismo, el diálogo y la precisión, que ya estaban en sus producciones anteriores. Nosotros notamos sus amplios recursos narrativos, que son desplegados en pos de su función estética literaria. Sobre todo de la elipsis, pero al modo Szwarc. O sea, existe supresión de palabras, pero a la vez reiteración de otras. Si desde el punto de vista gramatical algunas debería estar y no están, es para dar no solo brevedad al texto, sino efecto, hiato, un silencio como un golpe, como un punto, un final, o un gap, como dirían los sajones, inserto justo en el medio de un relato. Pero ahí, en cualquier página al azar, podemos leer, una y otra vez que regresan otros términos, como si fuera un martilleo, una obsesión. Simultaneidad (mientras “esto” pasa “esto otro”). Y un clima.

Por ejemplo: madre, hijo o niña, hospital, mujer, pérdida, alguien, tiempo, miradas, hermana, uniforme, vacas, pueblo, cuerpos, lluvia, muerte… Si entendemos la muerte como límite, podemos mencionar una idea que viene una y otra vez en este libro inquietante: frontera. La muerte sería la frontera definitiva, pero existen otras en plena vida, y la autora regresa para decirnos, pareciera, que estamos, que vivimos, repletos de fronteras.

Puede también que estas palabras engarzadas como dijes de pequeñas pulseras sean ecos de una historia mayor, miniaturas independientes de un horizonte velado, digresiones autónomas diría Eduardo Berti en su antología Historias encontradas.

Podemos calificar de brillante este libro Distancia cero que honra a la ya extensa historia literaria del microrrelato no solo argentino, sino latinoamericano y peninsular. Y recomendarlo con todo entusiasmo, porque aquí está todo lo que este difícil género debe poseer: concisión, precisión extrema del lenguaje y sugerencia. Esto último es clave. Porque la esencia del microrrelato reside en que sacando el planteamiento y el desenlace del cuento tradicional (la idea aristotélica de la “Poética”), quede el nudo dramático, sintetizado, comprimido, sin ropa, para que sea el lector el que lo vista.

El microrrelato ha sido popularizado por Internet y el celular móvil, pero viene de fuentes mucho más antiguas. Podemos mencionar ascendientes literarios sanguíneos y parientes políticos: los haikus japoneses, los aforismos y las greguerías de Ramón Gómez de la Serna y otros autores españoles y americanos, el chiste, la anécdota y las “salidas” populares (verdaderas observaciones sociológicas), el koán zen, los relatos sufíes, la mística cabalística de tradición jasídica, por ejemplo los pequeños relatos recopilados por Martín Buber, y en fin, podemos nombrar a escritores argentinos e hispanohablantes, pero lo desarrolla de manera magistral el prologuista de este hermoso libro lleno de juego de palabras, de ironía, de parodia y sobre todo de lo que nos hace falta -en esta época tan trágica- un humor sutil.

La historia familiar de la autora tejida de ausencias y diásporas nos lleva hasta Giorgio Agamben cuando en su obra El fuego y el relato recuerda unos párrafos de Gershom Scholem, el gran filólogo y místico judío. Cuando el Baal Shem, el fundador del jasidismo, debía resolver una tarea difícil, iba a un determinado punto en el bosque, encendía un fuego, pronunciaba las oraciones y aquello que quería se realizaba. Cuando, una generación después, el Maguid de Mezritch se encontró frente al mismo problema, se dirigió a ese mismo punto en el bosque y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, pero podemos pronunciar las oraciones”, y todo ocurrió según sus deseos. Una generación después, Rabí Moshe Leib de Sasov se encontró en la misma situación, fue al bosque y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no sabemos pronunciar las oraciones, pero conocemos el lugar en el bosque, y eso debe ser suficiente”. Y, en efecto, fue suficiente. Pero cuando, transcurrida otra generación, Rabí Israel de Rischin tuvo que enfrentarse a la misma tarea, permaneció en su castillo, sentado en su trono dorado, y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque: pero de todo esto podemos contar la historia”. Y una vez más, con eso fue suficiente.           

Quizás Susana Szwarc, olvidó las oraciones y el lugar en el bosque pero llegó a la distancia cero entre el fuego y algunas brasas aún ardientes de las historias. Pocas, pero las suficientes.  

Fotografía de la autora: Gabriela Salomone.

http://susanaszwarc.blogspot.com/

 

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