Pasarela prêt-à-porter

Por PacoMan, Málaga, España

Ya me gustaría poder decir que todo aquello fue mentira, que no lo recuerdo bien, que algunas voces en mi cabeza no hacían más que repetirme que lo hiciera, que Dios me lo exigía, pero no es cierto. Sí, hice lo que hice y lo hice por dinero. No me vanaglorio de ello, pero de alguna forma hay que proveerse del pan y la sal. Y no puedo afirmar que no lo volvería a hacer.

Tampoco fue culpa de Víctor, ¡Qué arte! ¡Qué virtuosismo! Hay artistas que con un trozo de barro o de mármol hacen gloria bendita, él lo hace con carne, con humilde carne, incluso humana. Él se acercó a mí, tampoco era tan difícil, iba dejando tal profusión de rastros, que hasta el más lerdo de los inspectores de Scotland Yard habría encontrado a un digno imitador de Jack el Destripador. Un aventajado alumno de medicina con todos los vicios habidos y por haber, pero pese a ello con pulso firme. ¿De verdad hay que sentir conmiseración por aquellos que desprecian y humillan a los demás en cuanto pueden? ¡Qué les den!

Visto con perspectiva era inevitable que lo lleváramos a cabo y también que nos descubrieran. Todos los robos perfectos son descubiertos porque nunca se planifica el éxito, el post robo. El ego, el inmenso ego. Es increíble cuanto cabe en el cuerpecito más repugnante y deleznable del más incapaz e inferior de los ejemplares de espécimen humano. La patológica necesidad de reconocimiento, que diría Maslow.

Disfruté, vive Dios que disfruté. Como un proletario no alienado en el sentido marxista disfruto del trabajo bien hecho, y del que más, del mío. Y yo hago bien mi trabajo. Todo lo excesivo que llego a ser en las juergas, muta en precisión y cuidado por los detalles en el trabajo. Cuando me pongo, me pongo, aunque lo haga pocas veces… quiero decir a trabajar, que de sustancias lo hago a menudo, demasiado. En el fondo soy un sentimental de la lucha obrera.

Me alegro de poder contarlo, porque esta parte casi nadie la conoce y mucho menos la valora. Tras la “pasarela prêt-à-porter” hay un trabajo de investigación y preparación que ni el más afamado de los orfebres, ni el mismísimo Sherlock. Es verdad que con San Google todo es más fácil, que cuanto más preocupado por la apariencia, más narcisista, presumido y prepotente se es, más rastros dejan en las redes sociales y por tanto más fácil es dar con ellos. Partir de una foto, hasta llegar a conocer sus hábitos y rutinas para cometer, libre de rastros incriminatorios, la más perfecta “de las Bellas Artes” que diría el inglés comedor de opio Thomas de Quincey. Mi trabajo requiere tiempo, dedicación y profesionalidad. Lo más doloroso era deshacerme de todo el material que acumulaba y desarrollaba en esa fase del trabajo: lo más sensato es no atesorar trofeos y si euros en la cuenta.

Normalmente eran clientas, maduritas, rozando la cincuentena, aún de buen ver, pero el tiempo había dejado en sus carnes evidencias de su paso, para aquellos que aparte de ver, observamos. Me mandaban su teléfono, contactaba con ellas, casi siempre en la playa. Con petulancia y a plena vista de todos iban eligiendo, yo tomaba notas y hacia discretas fotos: quiero aquel culo, sí el de la rubia con el bikini rosa, las tetas de la pelirroja pizpireta y los muslos de la morena del bañador negro…. yo hacía lo mío, luego Víctor Frankenstein ensamblaba.

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