Creación literaria, realidad y ficción

Por Rosita Escalada Salvo. Posadas, Misiones. Escritora, docente, periodista, SADEM

Comencé a escribir a los 13 años. Y como la mayoría de los adolescentes me incliné hacia la poesía porque –eso lo analizo ahora- su lenguaje me permitía exteriorizar sentimientos, emociones. Felizmente no guardé ninguna. Habrán sido deplorables imitaciones de Lorca o de Neruda.

Retomé la escritura a los veintipìco de años cuando en unas vacaciones de docentes asalariados, tenía que llenar los espacios vacíos del tiempo. Pero entonces, como surgidos vaya uno a saber de dónde ni por qué, fueron relatos, cuentos, que rescataban y recreaban una infancia de campo y monte.

Así surgió mi primer intento de libro impreso “La caza del Yasí Yateré” que se concretó en una editorial de Buenos Aires: Aique Grupo Editor. Ese libro me dio alas para seguir, porque sin que yo lo supiera, la editorial lo envió a un importantísimo concurso de España: Premio Lazarillo. Obviamente, no lo gané, pero salió finalista entre los 10 primeros, sobre 500 recepcionados.

Cuando visito escuelas primarias y secundarias, por invitación de profesores que sugieren alguno de mis títulos, los estudiantes siempre preguntan si tal o cual personaje es real, si existió. Y aquí nos adentramos en lo que es real y lo que es ficción.

No puedo opinar sobre la creación literaria de los escritores en general, pero creo que casi todos vamos acumulando –sin darnos cuenta- escenarios, personajes, historias, hechos que nos angustian,  en el disco rígido de la memoria quedan almacenados. Cuando me siento frente a la computadora y comienzo a escribir un cuento, un capítulo de la novela en curso, se van “colando” casi sin mi permiso, personajes y argumentos. En mi caso, no los busco, se introducen solos. Pero aquí tengo que aseverar que, si bien fueron reales en muchos casos, es  necesario apelar a la FICCION para poder describir o relatar lo que uno imagina que había sucedido.

Nunca asistí a un Taller de escritura. Fui lectora obsesiva desde los 11 años. Tenía a mi entera disposición la biblioteca de mi padre y no había libros para mi edad. Así que la primera novela que leí fue una de Dostoievski –autor ruso-. No sé si era Netoschka Nesvánova (la historia de su niñez y juventud)  o Crimen y Castigo; me atraparon sobre todo los nombres de los personajes. Eran publicaciones sin formato libro, sino que las difundía una revista llamada Leoplán, editada por Sopena desde 1934 hasta 1965. Mi padre le llegaba por correo postal y los grandes escritores aparecían en cada número. Más tarde recibí como regalo de cumpleaños, una colección de Emilio Salgari. Libros que me llevaron al mundo de los piratas, los barcos, el mar (vivíamos en una zona rural y yo jamás había visto un bergantín , una chalupa y menos que menos, el mar). No existía la televisión, entonces. Pero comprendí que los libros me mostraban otros lugares, países lejanos, costumbres extrañas y, sobre todo, me hacían ver que el mundo era mucho más grande que el valle rodeado de cerros, donde vivíamos.

Sigo siendo lectora aunque muy dispersa en cuanto a temas y autores. Cuando descubro a un escritor, lo suelo seguir (Haruki Murakami, el cubano Leonardo Padura, Henning Mankell, Petros Márkaris…) Los buenos libros leídos han sido  los que le dieron forma a mi escritura. Y a todo esto, una acotación al margen: ya no compro libros, no tengo lugar en la biblioteca y no me alcanzaría la jubilación con el costo actual. Pero sí, cada 15 días, voy a la Biblioteca Popular Posadas y elijo lo que quiero leer.

Tampoco me propuse hacer una literatura regional; pero creo que uno escribe sobre sobre lo que conoce y los mitos, las leyendas, el paisaje misionero y su gente fueron –siguen siendo- la fuente de inspiración en cuanto a prosa. En poesía sí, hay otros ámbitos, otras vivencias.

En el caso de Paíto –el libro que más circula por las aulas- debí recurrir a recortes de diarios sobre la situación de los niños de y en la calle, los basurales a cielo abierto, tomé contacto con una villa miserable e introduje escenas contadas o vistas. Ya con El regreso de Paíto, las fuentes han sido varias; no hace falta hurgar mucho para asomarse a los entretelones del tráfico de drogas (aunque ese es un tema colateral y no principal). Pero, me pregunto, les pregunto: ¿Tiene importancia en un cuento, una novela, lo que es real y lo que es ficción?

Cuando leo una obra de Isabel Allende, que siempre incorpora sucesos de su país, Chile, ¿sucedieron esos hechos como los cuenta? ¿Son como los imagino? Ninguna lectura es igual. Lo que un lector ve, siente, depende de sus propios ecos interiores y de su imaginación. Y ni qué decir en la poesía: Quiero escribir los versos más tristes esta noche/ escribir por ejemplo/ la noche está estrellada y titilan azules los astros a lo lejos… ¿Es mi tristeza igual a la de Neruda? El cielo que imagino es otro también, el de mi infancia en el campo.

Nos apropiamos de un texto con su lectura. Es único. Ya no le pertenece al autor. En eso consiste la magia de la literatura: hacernos vivir mundos que no conoceremos, rescatar imágenes perdidas de nuestras vidas y aislarnos de la realidad cotidiana, de los problemas. Y por más medios tecnológicos, digo como Humberto Eco que el libro no morirá. Seguramente alguno de ustedes ya habrá leído esto, con lo que quiero cerrar. Y que nos afirma en nuestra profesión de escritores. Dice Humberto Eco: “¿El libro desaparecerá a causa de la aparición de Internet?” Y agrega: “Con Internet hemos vuelto a la era alfabética. Si alguna vez pensamos que habíamos entrado en la civilización de las imágenes, pues bien, el ordenador nos ha vuelto a introducir en la galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer. Para leer es necesario un soporte. Este soporte no puede ser únicamente el ordenador. ¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis! Además, el ordenador depende de la electricidad y no te permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama. El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible. Ante la disyuntiva, hay una sola opción: o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor.

El libro ha superado sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer nada mejor para desempeñar esa misma función. Quizá evolucionen su componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es.”

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