Rayos y culebras en el circo beat de la historia

NEACONATUS

No es un policial, pero podría ser, de hecho se trata de esclarecer una muerte más que dudosa en un accidente. No es un libro que trate de temas históricos, aunque haya personajes históricos, ahí está el héroe máximo de la misioneridad, Andrés Guacurarí. No es de ninguna manera una fábula realista, pero tiene anclajes en sitios y épocas determinadas con personajes que existieron. Es la segunda novela de Osvaldo Mazal, aunque quizás no sea una novela. Él mismo lo dice, quiso hacer un libro que se titule “Esto no es una novela” pero que lo sea, aún tratando a la nada como principio rector y que la narración fluya, como decimos en Misiones, que vaya. Para donde quiera y se le ocurra.

El protagonista se involucra en esta aventura por la madre. Nos la imaginamos como una mujer bajita, de anteojos culo de botella, jubilada de años de ser profesora de matemática, aburrida de tanta álgebra y trigonometría, y de ver pasar la gente, es decir la vida, por la esquina de las calles San Martín y Buenos Aires, de Posadas. En su senectud ese espectáculo que sucede afuera ya lo sabe de memoria, es demasiado sencillo para ella calcular al cuadrado de la hipotenusa, o alguna función logarítmica; ahora ella quiere leer una novela. Pero he aquí que nada la conforma. Es decir, al escritor Mazal, muy poco (de lo escrito) le place. Ella desea leer, y él quiere escribir algo que se inicie, algo que suene a “una novela de la eterna” macedoniana, experimental necesariamente, autoreflexiva, insólita, deconstructiva. Ante lo cuadriculado del mundo se larga él al delirio. Porque Andrés vuelve es un delirio desde el principio. Una desmesura.

Hay que hacer notar que en la primera obra de Osvaldo la figura del padre es primordial en esa historia de un Darwin  supuesto que yendo más allá de las especies, se hubiese atrevido con la poesía. En este libro inicial, el autor está más constreñido, más formal, ahora  propone un estilo desopilante, como alguien que baja de una cuesta empinada, a las risas con una bicicleta sin freno, para divertirse con una prosa luminosa. En estas páginas actuales donde deambula un Diego Pessoa, la madre es el pilar que como excusa justifica episodios de muy buena literatura.

Luego de leer las más de 400 páginas de Andrés vuelve o la risa bárbara, incluyendo el ineludible prólogo, casi tesis, de Carolina Repetto, podríamos conjeturar que se está fundando un Código Mazal. Conjunto de cuestiones y obsesiones, que más o menos aleatoriamente, construyen semánticamente un corpus literario. Por ejemplo, el acoplamiento de nombres célebres con otros triviales. Un personaje puede llamarse Dashiell Caballero, otro De Quincey, asomar una LaGata Christie y el alter ego del propio autor ser Diego Pessoa, o un tal Juan José Haer ¿evoca a Juan José Saer? Hay más. El cuestionamiento sobre que es o no es una novela donde se teoriza sobre estas creaciones como género, para luego afirmar (¿en serio?) que los constructos del autor no son novelas. Mazal aparece como un Magritte misionero de la literatura; bien podría decirnos “señores, esto no es una novela (o una pipa)”. La entrada en escena de estrellas históricas que lidian con otras de reparto, en Andrés vuelve el elenco es muy amplio y supera a Darwin poeta. La ambientación en escenarios culturales y sociales eslavos, en este caso Siberia, donde un ruso se cuela por donde  menos se lo espera. Las utopías comunitarias, las conspiraciones de sectas, el laberinto narrativo que paga peaje a Borges y Bolaño, la referencia familiar (en este caso la ya mencionada madre profesora de matemáticas que aporta una de las claves finales, la palabra “Fuenteovejuna” y el evidence board en una cocina.) Y la lista no termina aquí.   

Sin embargo en este segundo relato se suman nuevos desafíos para el lector. Mazal explora ciertos deltas pantanosos poblados de riesgos que pueden orientar el rumbo del relato hacia riveras melodramáticas o traicioneras. Desembarca sin problemas y se abre camino a fuerza de prudencia en la adjetivación, control de los límites descriptivos y uso profesional de la elipsis. Algunos elementos constitutivos que atraviesan toda la novela son (teniendo en cuenta que en la magnitud de la narración hubieran otros ocultos): la tortura, la sexualidad, la falocracia, la violencia de género, el arte conceptual, la filosofía ciborg, el feminismo y la obstinación política en crear héroes a medida. Factores que si bien son universales, Mazal los instala en una región focalizada en la provincia de Misiones y Paraguay.

Ya en Darwin poeta algunas reverberancias sugerían una cercanía a la novela Vivir abajo del escritor peruano Gustavo Faverón Patriau. Pero ahora la conexión es más evidente porque Mazal con su segunda obra entra de lleno en el segmento de autores y autoras que desde Latinoamérica se la juegan por escribir la “novela total”. Y en el caso de Andrés vuelve la tortura también es justificada por los verdugos como una de las bellas artes, eje temático de la obra de Patriau. Porque, aunque produzca náuseas, es la permeabilidad de sangre que filtra toda la historia de América Latina. Locura humana que supo tener excelentes maestros europeos. Volviendo a contener el asco, tal vez exista una estética del martirologio, no en vano el pedagogo norteamericano de los torturadores paraguayos en la novela de Mazal se llama De Quincey, como aquel Thomas que en 1827 escribió El asesinato considerado como una de las bellas artes. Esta zona de Andrés vuelve es incómoda pues cruza tortura y cuestiones de género. En territorios donde el machismo es un valor omnipotente, humillar sexualmente a un hombre (con las mujeres es un hábito cultural aceptado sin mayores reparos) representa una pervertida dialéctica contradictoria entre una ¿incuestionable? masculinidad heterosexual, el goce de la sodomía forzada y una libido ligada a una fijación anal obsesiva. Ya en la mitología de la región los seres fantásticos habitan un panteón donde prima la falocracia. Priapismo obligatorio que pareciera simbolizar la lanza enhiesta de esa estatuilla histórica del comandante Andresito (3 kilos de oro de 21,6 quilates) y el actual Kurupí Medical Group especializado en la cura de disfunciones eréctiles.

Sin embargo todos los afluentes de la trama de la novela confluyen en unas marismas de canales interconectados. Tortura, sexualidad, arte, crítica literaria y género policial. Una peculiar alusión a la mutilación casi ritual que ejercen los carniceros, cuyo especialista es el Manco del Espanto, sobre sus víctimas. Todo lo que sobresalga del cuerpo es amputado (nariz, orejas, genitales), esta obcecación disciplinatoria y geográfica (pampas sudamericanas y estepas rusas infinitamente llanas) nos lleva, como sucede a lo largo de todo el libro, hasta Rusia y la secta skoptsy (palomas blancas) durante el reinado de Catalina II (siglo XVIII). Cuenta Elias Canetti que, por millares, los hombres se castraban y las mujeres se cortaban los pechos por devoción cristiana ortodoxa. Llamaban a esas prácticas blanqueamiento porque los transformaban en ángeles puros y blancos. Del mismo modo que de un jardín deben cortarse todas las malezas espurias que exceden el orden simétrico que desbastaron las tijeras del floricultor. Del mismo modo que el poder poda a quienes emergen con reclamos colectivos que alteran el orden parejito y prolijo de la sociedad, donde sólo tienen permiso para sobresalir sobre el nivel del mar las estatuas de los próceres.

Como apunte humorístico muy logrado, cabe destacar la crítica lingüística que Mazal realiza al poder de los lemas para transmitir consignas ambiguas que guían a las masas como los perros pastores a las ovejas: ladrando, sin argumentar.

Otra área donde la novela abreva es en la noción de arte conceptual. Una misteriosa instalación y una performance violenta no revelada hasta las últimas páginas, refiere a unas prácticas artísticas donde la idea prima sobre la objetivación de la obra, en este caso muy cercana al land art. Esa “instalación”, experiencia audiovisual material y efímera conecta con unas frases de Ricardo Piglia “Hace un tiempo me contaron la historia del hombre que en una casa del barrio de Flores guarda la réplica de una ciudad… No es un mapa, ni una maqueta, es una máquina sinóptica; toda la ciudad está ahí, pero reducida a su esencia…” Y si saludamos el paso de Macedonio Fernández por las páginas de Andrés vuelve, la referencia a La ciudad ausente es pertinente.

Posiblemente Mazal se largue en una tercera novela, ya lo vemos venir y realmente lo esperamos, a contarnos los avatares de sus quince hermanos, aunque -la verdad- él tuvo nada más que dos. Pero don León y doña Regina (sus padres) han sabido inducir al ingeniero a equilibrar la vida con una imaginación desbordante. Esperemos que lo haga. La saga familiar es el hermoso pretexto para que el escritor nos deleite con anécdotas apócrifas y verdaderas, sitios idos con el tiempo de las remodelaciones urbanas, y filiaciones reales pero inexistentes. La literatura, nos hace recordar que Osvaldo, sin decirlo, es una entidad autónoma y desmarcada del funcionalismo, queremos decir (creemos que quiere él decir) de la practicidad, de un usufructo tangible, ese que está regido por la lógica, validado por la unidireccionalidad de las convenciones.

Para comentar Andrés vuelve o la risa bárbara habría que hacer otro libro; una reseña es poco para un ejemplar donde se desborda el lenguaje como una celebración popular alejada de corsés academicistas. Lo paradójico es que Mazal tratando de no contarnos nada, nos cuenta todo, y nos colma de fantasía. Ante un collage de apariciones; Negro Ansina, Artigas, Bakunin, Macedonio Fernández, Andresito Guacurarí, Tito Loco, Horacio Quiroga, y otros personajes que se despliegan como un arco iris.

Qué escena elegir, qué decir de un paneo inmenso en tiempo, en colorido, en guiños al lector, en digresiones al pasar, en recursos que van desde el habla cotidiano atravesado por todas las razas humanas, fronterizo, a una retórica elegante para nada rebuscada. Hay parodia, humor, problemas misioneros, energía sexual, utopías y ucronías, dolores de picana eléctrica, una instalación artística que abarca todo el territorio, como aquel mapa borgeano de escala uno a uno. Contradiciendo a Macedonio Fernández en aquello de emanciparse de los imposibles, Mazal se emancipa de lo posible. Y sino leer y releer una de las cumbres del libro: el velorio de Danilo Espetun. Ahí está la Placita como fenómeno social, y las luchas populares tomadas no en sentido político (aunque se trasunta) sino en lucidez estética, el idealismo de Sete, el mejunje de gente que luego se vio cuando murió Maradona. El velorio de Espetum es maradoniano.

El autor transgrede, hace hibridez, parodia, reflexiona, es ambiguo, borra y vuelve a escribir (el famoso palimpsesto) se ríe de la solemnidad, nos miente con la falsedad menos engañosa, la de la literatura, avanza en descripciones, como suponemos que se adentraban en el monte los machetazos de los que hacían una picada. Tal vez Osvaldo nos quiso presentar eso, una picada, que no solo es un trillo en la selva oscura de la literatura en estos tiempos insólitos, sino salamines de hallazgos, pancitos de excelente narrativa, quesitos en trozo mojados con la mejor salsa del idioma, la risa, el carnaval del lenguaje. Y todo regado con la espuma cebada de la magia del absurdo. Son esas picadas hermosas cuando alrededor de una mesa (pongamos de una mesa de lecto-escritores) disfrutamos a las carcajadas de las ocurrencias de cada imaginero, inventando hazañas propias que siempre fueron ajenas, o contando como de otros desventuras íntimas.

Mazal es un gran escritor, por lo tanto no debemos creerle, sobre todo cuando miente. O cuando en la presentación de su libro, intentó aclarar que su obra puede ser incluida en lo contrafáctico, en eso de ¿“qué hubiese pasado si…?” Esto es un subterfugio postescritura para despistarnos con hipotéticos hilos que jamás ocurrieron. La verdad es mucho más simple: Andrés vuelve es una coartada a la belleza. Esta elemental y verdadera justificación merece nuestro aplauso. Y recomendar acercarse hasta la librería más cercana para comprarlo.

La novela Andrés vuelve o la risa bárbara fue publicada por la editorial ConTexto. Colección narrativa La tierra sin mal, dirigida por Juan Basterra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s