La escritura como ciencia de los goces del lenguaje

Por Evelin Rucker. Posadas, Misiones. Escritora y docente.

¿Qué entendemos por saber escribir?, ¿a qué nos referimos cuando alguien dice que sabe escribir? Según la psicología, una persona sabe escribir cuando puede escribir al menos dos páginas explicando una opinión y logra hacerlo de forma correcta, clara, cohesionada, de modo que pueda entenderlo un lector competente. Pero, producir estas páginas es una tarea mental difícil de lograr sin formación especializada. Escribir (bien) es una de las tareas más complejas que puede realizar una persona.

Por lo tanto, la responsabilidad de un autor es, no solo preocuparse de decir cosas, sino preocuparse también por que el lector las entienda. Y para eso debe consultar el diccionario y repasar gramática. Solo el que falsamente está seguro de lo que hace no consulta y, seguro, se equivoca. La diferencia entre quien escribe bien y quien no, serán entonces, no las dudas sino tener más conciencia de ellas y tener más recursos para resolverlas.

El mejor escritor es el que más trabaja su texto llegando a una reflexión metalingüística, es el que entiende que la inspiración es sólo la primera letra de la historia. Luego, trabaja organizando pensamientos dispersos, releyendo el borrador para comparar lo que dice con lo que le gustaría que dijera, aplica reglas de corrección ortográfica, pone una coma, cambia un acento, limpia el texto de errores y ruido; otras veces reformula todo, lo rearma. El que escribe y no se compromete con la palabra, deja de tenerla como herramienta indispensable.

La idea, la historia, los versos a escribir son la materia prima, los alimentos básicos y sucios con los que se debe trabajar aseándolos. Y entonces me vienen a la mente esos momentos infames en que es mejor arrugar el papel y comenzar de nuevo; porque ser escritor no sólo es escribir. Requiere planificar, recapacitar, practicar, estudiar, investigar y corregir entre otros tantos infinitivos recurrentes y más de una vez, tragarse los mocos ante el intento fallido. Todo esto repetido tantas veces como te sientas escritor, mientras tengas una pluma entre los dedos, o dedos para tocar unas teclas.

Pienso en una novela con descripciones eternas llenas de enumeraciones calificativas y frases mal redactadas y adornadas con palabrejas que pretenden ser cultas; yo no paso de la primera página. He dejado de leer todo lo que esté mal escrito. Me supera. Ya no quiero perder tiempo en malos textos. La sensación que tengo entonces es que el autor juntó letras y las arrojó en una hoja sin pudor y a esto lo considero una falta de respeto.

Privilegiar la escritura es, de algún modo, la mejor manera de pensar. La escritura es la decisión, es la responsabilidad incesantemente reactivada de elegir una posición en el mundo comprendiendo que saber las palabras no es lo mismo que saber acerca de las palabras.

Existen dos tensiones vehementes que deben acompañar al escritor: la del pensamiento y la de la dicción y a esto no lo podemos dejar de observar al sentarnos frente a un texto. La ausencia de tildes, el grito desesperado de las mayúsculas corridas, la abundancia de puntos suspensivos, la sintaxis fracturada y atada con alambres son nada más que algunos de los sufrimientos carnales de la palabra. Los adjetivos, tan vapuleados, son esas puertas del lenguaje por donde lo ideológico y lo imaginario penetran en grandes oleadas; deben ser siempre pesados (y pensados) antes de modificar a un sustantivo.

Cuando se comprueba que las reglas gramaticales, ortográficas y sintácticas son imprescindibles para lograr buenos textos, es cuando se puede romperlas y jugar con ellas. En el arte en general, las grandes obras rompen reglas o crean otras nuevas. Esto se logra desde el conocimiento y desde el manejo de la técnica.

Así, en la desesperación por cambiar la mediocridad de una buena historia por el talento al unir palabras magistrales para hacerla prosa, tenemos que recordar que las frases hechas y los lugares comunes denotan poca lectura y logran un texto de baja calidad. Que las frases muy largas, con suboraciones subordinadas o coordinadas complican la idea ya que es usual caer en mucha información mezclada. Además, las subordinadas, si son muchas, aunque estén bien armadas, vuelven al texto cansino y peligroso. Hay que saber alternarlas con oraciones simples y cortas. Y que las descripciones interminables, llenas de enumeraciones calificativas pueden hacer fracasar a la mejor novela.

Finalmente, y como punto en extremo importante, para ser escritor hay que escribir; pero antes (y durante) hay que leer. Lo dicen otros y también lo digo yo. Leer, leer mucho, pero mucho en serio (“de en serio” decimos en Misiones). Leer buenos libros. Leer mucho más que una persona promedio. Leer de todo, todo tipo de géneros. También encontrar momentos para leer algo diferente, por el sólo hecho de disfrutar de las palabras bien tejidas, sin ir detrás de una historia.

Acordemos entonces que una buena meta es aprender a escribir mejor cada día, poder jugar con el idioma, darle matices, golpes y susurros. También saber, que cuanto más se aprende, menos tiempo se pasa corrigiendo. Pero que corregir, hay que corregir siempre.

Al principio, con mucha ayuda; después, con el tiempo y ejercitando será menos.

Entonces y solamente entonces podremos conocer el goce infinito de la escritura.

Imagen: Manuscrito de Javier Marías. Baile y sueño.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s