¿Por qué los títeres?

Por Verónica Stockmayer. Montecarlo, Misiones. Docente, titiritera, narradora

¿Por qué títeres, títeres con niños…pequeños –curiosos, arrebatados, inconstantes- , no tan pequeños –avezados, laboriosos, dedicados- y unos y otros, al final, tan dueños de sus muñecos  y sus destinos a la hora de la Epifanía? ¿Por qué no, si uno tuvo tiempo suficiente para desengañarse del Sistema Formal, después de haberlo intentado todo, no con los niños, sino con la expertez adulta de la cuestión educativa? Ritos y rituales, amorosos algunos, enervantes, clausurantes, injustos, los más. Cualquier atisbo de belleza, sometido a una vara: siete, ocho, nueve, diez. La simple, inocente, fortuita  genialidad premiada en solitario, para escarnio de los “no geniales”.

Así que, no fue un atajo. Fue intuición primero, y convicción poco después… Arduo, porque hubo que hacer todo, desde una cauta invitación, que no prometía nada. Buscar cobijo y oídos adecuados, después de renunciar a la seguridad de la “titularidad” en la docencia.

Con nada, y con todo, como son los principios. Dos mesones prestados, diez sillas con que el Consejo General de Educación de la provincia celebró el inicio, estantes, cortinas, almohadoncitos, restos de esto y de lo otro que fueron acercando los vecinos al carrito con que fui recorriendo las calles del pueblo, para saludar la iniciativa y querer que durara una temporada, el apoyo de la Municipalidad de Montecarlo en la figura de su Intendente, el maestro rural  Don Juan Gómez, y el respaldo de la Escuela de Títeres de Puerto Rico, de la que dependimos como Taller Experimental por dos años.

Parecidas en la dinámica, en la manera de generar colectivos diversos, y tan diferentes a la vez. Seguramente tuvo que ver con que los inicios del “Tallercito” fue con el peso sobre los hombros de alguien que de niña tuvo con los títeres una experiencia de pobre a más bien horrorosa: muñecos con voz de falsete, que se golpeaban tontamente. Duras cabezas de goma,  tan poco creíbles en ese desempeño tosco. La magia vino de ver, todos los días –mientras culminaba en Oberá –adonde llegaba la señal del canal público provincial- el Profesorado de Educación Primaria, “El show de los Muppets”. Ver a veces a Jim Henson interactuando con sus personajes, geniales todos. Después  la TV en color, con repetidoras para el interior y entonces, a las cuatro de la tarde, sumergirse en el extraño, solidario, aventurero barrio de “Plaza Sésamo” –versión mexicana- donde convivían en fraterna comunidad muñecos y humanos. Era tan natural, tan fresca la manera de resolver los pequeños conflictos, los dilemas laborales de la cotidianeidad, de aprender juntos contenidos, hábitos, valores. Se criticó torpemente al programa como un “proyecto de penetración cultural”. Nunca me gustó dejarme llevar así nomás por la crítica “intelectualizada” y decidí confiar en mi propia mirada: chicos, aprendiendo conceptos vitales: posiciones, figuras, dimensiones, locaciones, a contar, a reconocer grafemas y fonemas, a pensar formas sanas de la convivencia, valores eternos…

Algo latía ahí… así que en los resquicios de la escuela común en que nos procurábamos espacios de libertad, ocurrencias y un poco de creatividad, hubo  manoplitas blandas, títeres inventados por jugueteros y titiriteros, para hablar, con la ayuda del personaje y el teloncito, de tantos temas que nos importaban, nos movilizaban.

Entonces, la oportunidad para tomar decisiones. Iban a ser los  chicos los que construyeran sus títeres, en un lugar especial, con criterios más abiertos, amigables, receptivos, de agrupamientos peculiares.

Pero los títeres no son esa “labor” que hacíamos en clases de “Manualidades”, “Educación para el trabajo” y lo que vino después con lindos títulos, buenas intenciones y en el fondo siempre lo mismo. Emplastos de papel maché que servían para un ratito, para  golpearse groseramente y olvidarse después, comidos por los gorgojos.  El títere es una criatura que vehiculiza emociones, sentimientos, que los genera. Tiene pasiones chiquitas que se albergan en ese cuerpecito movedizo, atrevido, enérgico. Las despliega, las vive en el teatrillo, en una mesa, apareciendo desde cualquier rincón. Es lo que quiere quien lo maneja –es feo decir “lo manipula”, aunque se estila- y siempre un poquito más. Es sorprendente: a veces se impone con su perfil, su personalidad, incluso al titiritero, al que lo creó y le presta vida. Es limpio hasta cuando le toca mostrar juegos sucios…transparente y bueno, porque accede incluso a ser odioso, taimado, malicioso, porque se tienen que ver los disvalores, para que se destaquen los VALORES.

Todo eso pueden descubrir los niños sólo cuando se les abre un pequeño mundo, completo, un itinerario, un destino. Los títeres son criaturas de la DRAMÁTICA,…tienen que protagonizar y agonizar HISTORIAS. Desde el principio de esta aventura sentí que no podíamos pensar en técnicas –guantes, manoplas, varillas, marottes,  conos, javaneses…-sino ponerlas a vivir eventos, vicisitudes, pequeñas tragedias de las que se pudiera salir indemnes con suspiros y aplausos tranquilizadores, comedias graciosas con cierta carga de ironía.

Por eso el germen de cada proyecto es el contacto con un relato, un poema que pueda convertirse en posibilidad escénica –a veces no se precisa una sola palabra, sino la pericia de los pequeños artistas, hermanados con sus criaturas.

Abrevamos en la rica levadura de la Literatura tradicional, la de autor, la actualísima. Ahí están los grandes temas, eternos: Amor y Desamor, Miedos, Trabajos, Villanía, Bondad, Maldad, Valentía, Cobardía. Los chicos las disfrutan, las sufren, sobre todo si las viven sus grandes aliados: animales, plantas y los siempre animados Sol, Luna, Estrellas, Vientos y Brisas, y el pleno universo de la FANTÁSTICA: brujas, hadas, elfos, duendes, que son quienes insuflan aliento a todas nuestras acciones. Están ahí cuando nos animamos a escribir cuentos, cartas, disparates, coplas, nanas, hipérboles; cuando compartimos el fruto de nuestros intentos en “la ronda de leer y opinar”;  cuando nos vamos a la bidimensión de la plástica y dibujamos los escenarios en que nuestros protagonistas van a vivir sus aventuras, cuando los ponemos ahí, bocetados por primera vez con crayones, pasteles,  papeles…

Después, el jolgorio de escoger personaje y si se puede, técnica –a veces las negociaciones son duras- y de desplegar moldes y materiales para empezar el desafío del paso a paso –la ansiedad a veces corre muy por delante de la tenacidad, y hay que probar de nuevo- .Grandes mesas del compartir, animar, corregir, alentar el desánimo del inseguro e ir por el camino lacio de los detallitos finales. Sólo después, el prodigio, cuando se mueva., avivado por la voluntad, la pericia, la intención del titiritero. Un largo proceso. Muchos intentos. Demasiados “otra vez” par la prisa infantil. Cada quien construye su personaje, pero tiene que apoyarse y apoyar  a quienes conviven en ese territorio de búsquedas, el teatrillo.

Unos, protagonistas, otros, espectadores, para señalar, corregir. Buenos críticos, los chicos, porque el trabajo final será lucimiento de todos. Dos eventos, también…el que se ve en la boca del teatrito, el que transcurre detrás, debajo, en el espacio calentito de la solidaridad, del provocar ese nacimiento. Celebramos los dos, aunque la epifanía aparezca plena cuando se encienden las lucecitas y se anuncie “Estimado público…”

A veces nos hacen regañar, están distraídos y dispersos… es que trabajan jugando. Hay momentos para devolver a maestras que alientan, dirigen, reprenden, se regocijan, y momentos para reírse  de sí mismos,  de buscar complicidades. Pero cuando llega el instante glorioso de hacerlo para SU público, alcanzan siempre el grado máximo de la entrega. Amorosos, concentrados, unos con otros, unos para otros. En treinta y tres años no deja de sorprenderme la maravilla que se despliega, tierna, hacendosa, convocante. Para todo el equipo que conformamos, es siempre la primera vez.

¿Cómo se gesta, se sostiene, se renueva una iniciativa, humilde en sus intenciones, dignísima en sus alcances, sus proyecciones? Apostando a la libertad de elegir, trabajando en genuino equipo, con acuerdos que se respetan. Libre acceso. Los niños pueden incorporarse en cualquier estadío de su proceso educativo primario, optar por transitarlo entero, hacer otras búsquedas: sabemos que algo se lleva, que lo replicará donde vaya.

Muchos llegan recomendados por sus terapeutas, porque tienen que sanar vínculos con el aprendizaje, o aprender a construir la relación con el otro, o porque necesitan otro ritmo, una dinámica blanda, tibia, que no se sustenta en competencias, pero descubre y desarrolla capacidades que se transforman en COMPETENCIAS para encarar la vida, ese interrogante.

No se “califica”, pero cuánto se evalúa, para que cada quien pueda elaborar el pertenecer dentro de cada colectivo, que no está pensado en el “grado”, sino en el GRUPO, la diversidad que confluye en pequeños proyectos comunes.

¿Qué si hay batallas? ¡Todos los días! Resolver esto y lo otro. La más difícil de sobrellevar, la que empieza todos los días –nos sentimos Sísifos en esta cuestión- es la de EXPLICARNOS a un sistema vetusto, caprichoso, bien asentado en la comodidad de “con eso basta”

                                                          

 

 

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