Patricia Severín, en el jardín de los senderos que no se bifurcan

NEACONATUS

El libro de Patricia Severín (Santa Fe), Mamá quiere ver las rosas y otros cuentos de la colección narrativa La tierra sin mal que publicó la editorial ConTexto de Rubén Duk con la dirección de Juan Basterra en la ciudad de Resistencia, Chaco, es ejemplo de una literatura plena de emociones simples y cotidianas. Los relatos son breves y se leen a media luz en una habitación que no da a una avenida ruidosa, sino a una calle, tal vez con adoquines, en un barrio atemporal.

Vivimos tiempos de desmesura minimalista. Una frase contradictoria, la desmesura es exceso, lo minimalista expresión acotada. Pero es así. “Allí” afuera una pandemia, una enfermedad infecciosa muy grande, afecta a todo el planeta. “Aquí”, adentro de las casas nos refugiamos en grupos pequeños. La literatura es salvadora, dice la autora. Es cierto. Tal vez Sábato se adelantó a Severín cuando expresó que si no escribiese, él se habría vuelto loco o suicidado.

También son tiempos de desmesura literaria. Nos hemos acostumbrado a los relatos aluvionales de Bolaño, Fresán o Faverón Patriau. También al fenómeno, según Javier Aparicio Maydeu, del reemplazo de los géneros literarios por los géneros editoriales. Hoy se replican viralmente, valga la metáfora, los formatos multimedia y la ansiedad por producir textos, en apariencia, novedosos, meros dispositivos intelectuales, juegos mentales. Cómo piensa la editora Cecilia Dreymüller las editoriales (quedan excluidas las pequeñas e independientes) “ya no siguen la trayectoria de un autor por su excelencia literaria, sino que miran en primer lugar sus posibilidades de mercado”. Lo mismo sucede con el formato de los relatos. ¿Venden más las historias densas, laberínticas y espesas?

Jugábamos unos párrafos antes con las palabras “aquí” y “allá” porque son los términos divisorios de las 17 narraciones o canteros con flores que cubren este jardín sereno y silencioso. La autora fundamenta el reparto entre Aquí y Allá porque la mitad de su vida la vivió en el campo (o cerca de él) y la otra en la ciudad. Por lo tanto, recoge anécdotas y climas de ambos lugares que se pueden definir como ¿autorreferenciales?, pequeñas hilachas de la memoria que terminan tejiendo un patchwork suave y mullido, o quizás el almohadón de plumas de Quiroga.

Severín se codea con la magia de lo temporal donde un objeto trivial, un machete, una valija o un barrilete, tejen unas escenas que, en la mayoría de los casos fluyen hacia un final abierto. Esto no quiere decir que no se vislumbren con el rabo del ojo algunas sombras inquietantes, como nos sucede a nosotros mismos cuando cae la tarde. La decadencia de una madre que supo ser espléndida, nudos familiares, celos machistas, o dictaduras ominosas.

Podría insinuarse una cierta perspectiva de género, la mayoría de los personajes son mujeres. Nada definitorio, pues ahora son visibles quienes antes fueron ocultas por una épica de hombres, casi siempre añorando una teta, aunque protagonizaran dramaturgias de héroes o perdedores.

El índice comienza con un Aquí y enhebra las siguientes narraciones: Mamá quiere ver las rosas / Corazón de erizo / Muro de viento / Cruce en el muelle / El hombre que más amó a mi hermana / La pandorga / Helada negra / Un paso atrás / La ventana de papá / Pedacito de chocolate / Las primas / Chanchos. Y cierra un Allá con La cremería / Elba y los perros / Señorita Magdalena / La valijita / La Betty en el andén de Huanqueros.

La prosa se desliza como un gato sobre el piano del salón y tiene el ritmo de las gotas de lluvia sobre el techo. Algunas frases demuestran el conjuro de los dioses domésticos, los que no nos castigan con los rayos de sus palabras enredadas para demostrarnos su poder lírico, sino con la travesura de una frase dulce que esconde un sobresalto inesperado. Como estas.

Cuando mamá volvía de la escuela, primero arreglaba los floreros de cada habitación. Quiero que la casa florezca, decía.
Siempre que me ponía poeta algo incontrolable sucedía, como si al abrirse los poros del corazón se derramase toda la sangre por esos ínfimos agujeros.
Para el alunizaje mi hermano se armó una escafandra con una caja de cartón medio húmeda que había subido desde el sótano y que secó al sol.
El hombre orinaba contra un poste.
Cocinar era una de las pocas cosas que realizaba con gusto. Cantaba mientras inventaba recetas.
Ya nada fue igual. Malicié lo peor cuando comenzaron los chimentos.
Las armas apuntan hacia el auto, se cortan, se diluyen a través de los riachuelos de agua, las armas, los gendarmes.
La irremediable memoria aún fabricaba duendes, duendes tramposos que se comían el alma a pedacitos.
Para festejar con él a solas después de que el General arribe.
La más chica me enseña a bailar cumbias.
Los ganchos colgados del techo del camión sostenían dos medias reses cada uno.
Ella enterró sola al bebé. Una vecina la ayudó con los críos y con el tambo.
Entran hombres armados que gritan y un culatazo la desmaya.]
Su campo ya no es de él ni de ninguno de ellos.
El tren era lo mejor para viajar, pero el gobierno los liquidó para poder hacer sus negociados.

Detrás de cada uno de estos fragmentos espera un sosiego perturbador escondido dentro de un libro. Me atrevo a invocar un autor como Chéjov donde como en los cuentos de Patricia Severín, es más importante lo que sucede fuera de campo que lo que se enfoca en primer plano.

Para concluir destacamos el trabajo de la editorial ConTexto de Rubén Duk con la colección La tierra sin mal a cargo de Juan Basterra, proyecto que tuvo el aval del Ente Cultural del Nea. La serie fue presentada en la Feria del Libro Digital 2020, y está compuesta por cinco títulos “Víspera Negra” de José Gabriel Ceballos (Corrientes), “Mamá quiere ver las rosas” (Antología, cuentos) de Patricia Severín (Santa Fe), Crímenes de aldea (Antología, cuentos) de Orlando Van Bredam (Formosa), “Oler la tempestad” (novela) de Francisco Tete Romero (Chaco) y “Andrés vuelve” (novela) de Osvaldo Mazal (Misiones).

 

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