Cazadores de utopías

Por Leonor Kuhn. Puerto Rico, Misiones. Docente e investigadora

En la etapa de organización y afianzamiento nacional (segunda parte del siglo XIX y primera parte del XX) apareció el fenómeno de la llegada de grandes contingentes de personas dispuestas a poblar la Argentina.

 En el siguiente artículo la autora elige contarnos los avatares iniciales de un asentamiento en la costa del río Paraná de migrantes en su mayoría de origen germano. Hay que decir que, en Misiones, el proceso de establecimiento de las numerosas familias, la colonización, fue de dos maneras: a) la oficial, sobre terrenos fiscales; y b) la privada, en la cual las empresas administraban la tierra que compraban, revendiéndola a los extranjeros. Ahora, ¿por qué se produjo el “éxodo europeo”? ¿Cuál fue la causa de los desplazamientos?

Algunos venían de sus países originarios directamente, otros procedían de Brasil. Pero ¿con qué utopía soñaban aquellos pioneros? ¿Qué los empujaba a sitios selváticos, desconocidos, con un clima abrazador?

En este escrito apasionante Leonor Kuhn nos relata los primeros años de una epopeya que iba a sentar las bases de un desarrollo social, político y económico enorme. En próxima entrada hablaremos sobre los diferentes modos de integración de los inmigrantes, que fueron básicamente dos: el denominado “crisol de razas” y el pluralismo socio-cultural. 

Alberto Szretter

Foto familia Botz

En los albores del Siglo XX, migrantes por doquier emprendieron viajes increíbles en busca de una vida mejor. En carros tirados por bueyes, mulas, viejos trenes de trocha angosta, barcos a vapor, no importa, familias enteras se movilizaron.

Un punto perdido en la Selva Paranaense, el precario puerto de San Alberto, en el margen izquierdo del río Paraná, Territorio Nacional de Misiones, fue el destino de varios grupos de viajeros. Alemanes recién llegados de Europa, descendientes de alemanes de Brasil, algún puñado de aventureros de otras latitudes de nuestro país, se sumaron a la población nativa pre existente. Así es que lo que hoy conocemos como “San Alberto Puerto” es el comienzo de la historia institucional de Puerto Rico.

A unos quilómetros aguas abajo ya existía un pequeño asentamiento “Palo Seco”, nombre heredado de un tronco alto y seco que dio origen a ese punto de referencia que, por un lado les indicaba el rumbo a los prácticos de los barcos para evitar la restinga situada un poco más al sur y por otro, como faro sin luz para buscar un lugar de amarre antes que la neblina les impidiera seguir navegando.

El lugar en cuestión, fue el hogar de un pequeño grupo de inmigrantes “adelantados” y criollos con viviendas muy precarias construidas con materiales y elementos traídos de las construcciones abandonadas de la Compañía Introductora de Buenos Aires S.A., en Puerto San Alberto. 

Las ansias de bienestar y de paz, ausente en sus lugares de origen, movilizaron e impulsaron a bravíos contingentes, que esperanzados y tenaces se sobrepusieron a las idas y vueltas que deparó la aventura de recorrer distancias en los prístinos paisajes de aquel tiempo. Emprendían la mudanza con la certeza que no había retorno. Por lo menos no en lo inmediato. Por eso cargaban todas las pertenencias que podían: algunos muebles, objetos de valor sentimental, ropa de cama, alimentos secos, semillas, mudas de frutales, flores… La odisea de cada viaje fue transmitida de padres a hijos, de generación en generación y en muchos casos, esos relatos constituyen el vínculo simbólico que perpetúa la pertenencia familiar.

Los recién llegados en su mayoría eran agricultores. Aún los profesionales europeos debieron asumir el desafío de aprender a sobrevivir en estos lares cultivando la tierra. En general, eran portadores de una cultura en la que prevalece una ancestral valoración de la tierra, y ser “propietario” de una parcela asegura la supervivencia propia y de su familia, además de un medio de inserción social y ciudadana. El acceso a la tierra, fue entonces un objetivo central de los colonos. Algunos habían adquirido sus tierras “sobre el mapa” especialmente los de Brasil, mientras que otros realizaban la compra, al contado o a plazos (de acuerdo a las posibilidades) a partir de su arribo al lugar.

El ambiente montaraz imprimió el modelo de trabajo inicial. Había que derribar el monte para conquistar un espacio habitable. Por otro lado, servía para extraer madera, leña, medicinas, era el hogar de los animales silvestres que proporcionaban alimento. Pero además, el monte era un espacio portador de un valor simbólico que despertaba en los colonos sentimientos y emociones contradictorios: Temor a lo desconocido y admiración por la magnificencia de la naturaleza, representaba el escenario que desafiaba al coraje y al empeño por doblegarlo.

La primera preocupación sin duda, fue la construcción de las viviendas que cobijarían a sus familias. Así como tener un terreno propio fue muy importante para los colonos, la casa fue siempre un objetivo primordial. Respondía a una concepción de familia estable y duradera en constante crecimiento, la vivienda definitiva debía ser sólida y durable. No se pensaba en una movilidad geográfica.

Las crónicas de los primeros tiempos de la colonización registran que al principio la mayoría de las familias se refugiaban en chozas armadas con palos y ramas para pasar después a la construcción de casas provisorias de madera, con tablas aserradas en forma precaria. Así, paso a paso fueron cimentando su progreso y el porvenir comunitario.

Casas, chacras, viviendas mejoradas, caminos, templos, escuelas, fábricas y tantos otros atributos de progreso se sucedieron para transformar aquel antiguo “Palo Seco” en la ciudad centenaria de hoy.

Retroceder nuestra mirada al épico origen fortalece nuestra percepción de identidad y dirige nuestra supervivencia futura.

Fotografía: Archivo Luis Fank

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