Por los favores recibidos

Por Orlando Van Bredam. El Colorado, Formosa. Docente y escritor

van Bredam WPDesde  el año 1992, en que entré accidentalmente en contacto con el universo mítico de Antonio Mamerto Gil, el gauchito correntino, injustamente asesinado por quienes se decían representar la ley de entonces, he seguido de cerca este fenómeno de evidente devoción religiosa con mucha curiosidad y asombro. He visto a lo largo de estos veintiocho años no sólo el acelerado crecimiento de simpatizantes sino también los cambios en los pedidos de favores que se le hacen. En aquellos días, lo que más se pedía estaba vinculado a sanaciones de familiares o propias, incluso era frecuente agradecerle al gauchito por haber ganado la quiniela o haberse casado con la persona deseada o haber ganado un encuentro deportivo, eran siempre, por lo general, pedidos que hablaban más de necesidades individuales que colectivas. Sin embargo, en los últimos años, lo social hizo su aparición vinculado sobre todo a pedidos de justicia, a apariciones con vida de mujeres desaparecidas, a crímenes en donde la policía tuvo una desdichada actuación. ¿Encomendar al Gauchito Gil la solución de los problemas que debería resolver el Estado qué significa en el imaginario de ese pueblo promesero? ¿Sólo el gauchito puede hacer justicia cuando los hombres han sido desbordados por su ineficacia o inacción?

Recuerdo que en la década del noventa, cuando todavía esta forma de religiosidad popular no estaba tan expandida, era posible ir al santuario de Mercedes un 8 de enero y asistir con comodidad a esa gran fiesta pagana donde los rezos, los intercambios de objetos, las velas y cintas rojas, los agradecimientos cargados de emotividad se mezclaban con la música, el baile y el reencuentro con amigos. Hoy, en cambio, desde hace ya una década, son miles y miles de personas que esperan pacientemente bajo temperaturas que rondan los cuarenta grados o bajo la lluvia, el momento de acariciar la cruz del santo y rendirle después, como se hizo siempre, una liturgia personal, íntima, un rito que sólo conoce el que lo lleva a cabo. Es la misma devoción multiplicada por cientos de miles y muchísimos más si agregamos todos los santuarios repartidos por todo el país y también más allá de nuestras fronteras.

¿Qué lectura podríamos hacer de esta autoconvocatoria masiva, espontánea, para agradecer a un santo, sin que haya detrás un dogma, una religión instituida como tal o un predicador? ¿A qué necesidades espirituales no satisfechas por los viejos sistemas de creencia responde el Gauchito Gil? Dejo estos interrogantes pero apunto una última observación: al gauchito se le piden ”favores” como a un amigo cercano y no “milagros”, se le va a agradecer por lo dado, más que a implorar. Tal vez aquí se encuentre en parte la explicación de este hecho absolutamente visible que atraviesa a todas las clases sociales y a todas las edades.

 

Imagen: Campera “BudaGaucho” de la serie Altares portables de Blas Aparecido 2019.
Crédito Fotográfico: Gustavo Di Mario

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