Abalorios que se van perdiendo

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Escritor y médico

Alberto¿Qué es la decadencia? ¿Cuáles son sus causas? ¿Existe una historia de la decadencia?

¿Cuándo se inicia el plano inclinado con el cual graficamos la declinación de potencialidades? ¿Puede ser detectado a tiempo, modificado, revertido?

Todas estas preguntas tendrán varias respuestas. Algunas, inequívocas. Pero la mayoría serán argumentaciones hipotéticas, un discurso vago, supuestos quiebres (incluso, con fecha). Será indeterminado, confuso, impreciso, sobre todo para ponernos de acuerdo en el comienzo; porque cuando el ocaso es notorio, no hay dudas sobre el desenlace.

Para comprender el sentido de este texto, empecemos con una muestra desmesurada: el imperio romano. ¿Cuándo se inició su decadencia? ¿Cuáles fueron las señales primeras? Hay documentos y teorías, pero qué pasó, además, por qué pasó.

No hubo hasta ahora ningún fenómeno social, político, cultural y económico, tan poderoso, extendido, fuerte y duradero, como aquella civilización. Tanto es así que mil quinientos años después del derrumbe del imperio de Occidente y casi seiscientos del desplome de la parte de Oriente, aun perviven entre nosotros no solo palabras sino leyes, estilos, costumbres, tradiciones, etcétera. Etcétera, por ejemplo, es una palabra latina.

Sin embargo, a pesar de tanta grandeza y energía…

De esa magnificencia pasemos a otros modelos más pequeños. Hubo instituciones, escuelas de pensamiento, arte, gobiernos, reyes, partidos políticos, que tuvieron su auge y, a continuación, su ruina.

Quizás sea el destino de todas las experiencias del Hombre. Posiblemente se replican en las estructuras y formaciones sociales, la filogenia del mismísimo ser humano: nacimiento, niñez, juventud, adultez, vejez y muerte.

Me acuerdo de Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann que tiene varias interpretaciones, pero ahora me interesa referir la que atañe a la decadencia de un escritor. Gustav von Aschenbach es un maduro y reconocido profesor alemán que viaja en soledad a la ciudad de los canales a recuperarse, porque está deprimido y con falta de inspiración. O sea, siente la bajada vital. A quien suponemos un intelectual lleno de vida interior, lo encontramos embargado de abulia, hastío, aburrimiento. Pero resulta que en el hotel ve a un bellísimo adolescente del cual se enamora. El sentimiento no hace nada más que agravar los síntomas.

Suele suceder así con el amor, no con la pasión efímera, sino con el amor verdadero, si se me permite esta expresión: destaca lo que somos en el fondo. Es como la cuarentena: muestra las fallas y aciertos que tenemos, al ponernos un espejo delante; más que nada muestra nuestros deseos profundos, tapados hasta entonces por la rutina de la ciudadanía, por el ejercicio del consumismo, por el trabajo.

Jamás, en la obra, intercambia unas palabras con el hermoso mancebo, pero lo sigue, lo busca con la mirada, se le vuelve obsesión. Sin embargo, la cosa, que no es poca por el sufrimiento que produce, no pasa de eso. Y no pasa por dos motivos: en primer lugar porque el personaje se encuentra en su decadencia como ser humano, y ya no se anima al riesgo del encuentro, quizás pensando que podría fracasar. Ese temor al fracaso llega, en la vida, cuando especialmente nos interesa no desilusionar, no comprometernos, o tenemos pavor de que las expectativas se frustren.

En segundo lugar, pienso yo, porque Tadzio, el muchacho, representa a la belleza, que es inatrapable, más inatrapable aún para un artista que ya ha perdido las herramientas de atrape que tuvo en su plenitud. Como escenario del desenlace triste que se avecina, algo pasa en el entorno, hay atisbos de que se están produciendo cosas raras. En realidad, hay una epidemia de cólera, que las autoridades tratan de ocultar, que von Aschenbach descubre y que, al final, lo mata.

Me acuerdo también de otro libro: El viejo y el mar. También con solo dos personajes. O también, igual que en la obra de Mann, con solo un personaje principal, grande de edad, y un joven secundario que hace resaltar el declive vital del héroe.

Aunque sean historias formalmente diferentes, podemos divisar un tema común: la caída ineludible de las fuerzas, el crepúsculo de las personas.

El Santiago de Hemingway es un añoso hombre roto, un pescador arruinado. Quiere sobreponerse, y lucha durante casi todo el relato, no solo contra el mar, sino -sobre todo- contra sí mismo, recordando su potencia anterior que solo sirve para subrayar su actual menoscabo. Quiere convencerse con la famosa frase de la página 47: “El hombre nunca será derrotado. Podrá ser destruido, pero no derrotado”.

¿Qué sucede en la historia de Hemingway? Luego de 84 días de mala suerte en su pesca, el viejo sale nuevamente, solo a la mar, como la nombra. La mar, no el mar.

Manolín, un muchacho, compañero y aprendiz de pescador, que lo quiere al anciano, y donde hay simpatía mutua, fue obligado por sus padres a quedarse en tierra.

El Tadzio de Santiago no es Manolín, sino una presa que está en algún lugar de las profundidades. Enseguida de comenzar el cuento, lo engancha; es un inmenso pez espada, más grande que su barcaza. A partir de entonces se produce un combate que durará tres días, entre el representante del mar, o sea de la vida en su infinitud, dinamismo y complejidad, y el viejo. ¿Quién ganará? ¿Quién se agotará primero? ¿Quién morirá antes?

El animal prendido de la tanza arrastra al bote, lo lleva y lo trae, gira en círculos amplios, se acerca, se aleja. Recién se deja ver, subiendo a la superficie, promediando la novela. Antes de este momento y luego también, Santiago rememora, se da ánimo, se cansa, se levanta, queda exhausto, se lastima, sangra… pero continua.

Al final le clava el arpón en el corazón, y lo ata a la embarcación, levanta la vela y se dispone a regresar, casi sin vigor, herido, con sueño, hambre y sed.

Van en paralelo, fijados uno al otro. “¿Me lleva él a mi, o yo a él?”. Pero aquí aparecen los tiburones, que sintieron la sangre del bicho capturado, y atacan para comerlo.

El viejo ahora, debilitado, debe luchar contra esos asesinos. Y lucha, claro. No hay cuento de Hemingway donde el personaje no anhele reponerse, mostrar su hombría, luchar contra el destino. Pero ahora, y siempre, las cartas están echadas.

Hay una escena al terminar la obra llena de significado. El viejo arriba a la costa. Está prácticamente sin resistencia física, ni mental. Casi no tiene aliento, pero no quiere dejar el mástil. Lo saca con dificultad, se lo pone al hombro e inicia el lento y trabajoso camino de ascenso desde la playa a su modesta casa. En la barranca se desploma, y el madero queda cruzado sobre su espalda. Esa imagen ¿no es la figura de Jesús caído en el vía crucis?

La nostalgia es la sensación amarillo-ocre otoñal, vuelta recuerdo tierno. Tiene una hermana: la melancolía, que es la melliza grisácea. Conforman uno de lo motores de la literatura. Cortázar decía que el otro motor, era el ansia de rebeldía, la postura contestataria, la escritura que sale de los peleadores, de los escritores que combaten contra el lenguaje a quien quieren vencer, doblar, arrodillarlo; samuráis de las palabras que no pueden morir tranquilos en la cama blanca de una página. Quizás esa postura guerrera, el no querer entregarse, el pelear contra el cólera, el pudor, las convenciones sociales, el pez, el mar o la mar, y la resistencia a las abruptas ganas de renunciar y entregarse, el pugilato contra los íntimos y profundos miedos, etcétera, no sean más que una reacción contra el devenir inexorable de los años.

Cualquiera sea el tema, en los libros que hablan de la declinación, los autores se posesionan en recuerdos de otros tiempos más venturosos. Son historias que mencionan pérdidas. Porque en la vida se van juntando cosas, llamémoslas abalorios, abalorios para hacer un collar como trama, como proyecto o biografía, hasta el momento, impreciso la mayoría de las veces, en que uno empieza a sentir que por descuido o por la inercia de los días, las perlas o bolitas, nos van abandonando.

A muchas las dejamos ir, pero otras se van solas, porque ya no quieren quedarse con nosotros. Por eso son crueles las fotos grupales de antaño, porque ahora faltan familiares, amigos, compañeros. Ya no estamos todos. La soledad nos va invadiendo, y hay que sumar, a los ausentes, la falta paulatina de brío: esa es la decadencia. Quizás estemos aún rodeados de seres queridos, pero hay un soplo sutil de abatimiento que nadie ve, porque tratamos de seguir sonriendo, a pesar del quebranto invisible.

Ese quebranto suele cambiarse por la rememoración de tiempos mejores, si es que los hubo. Y si no los hubo, está el bálsamo de leer o escribir novelas y cuentos para hacer verdad una mentira, o para creer una fantasía imaginada, algo que pudo haber sido y no fue.

“Fue” es el término más utilizado en la descripción de la decadencia. “Fue” es la contundente demostración de algo que ha sido, y ya no es sino en forma de memoria. Es la memoria lo que hace doler. Es el repaso que, como puñales, sienten von Aschenbach y Santiago. Es la evocación del fuego mientras se miran las cenizas.

No importa si tal o cual hecho resultaron veraces. Los escritores apelan al pretérito anhelando un aire especial con todos los recursos de la retórica, para que los sustantivos de alrededor se desprendan de su significado presente, y aquello que fue cimbree ahora, se corporice en la historia que se relata; y que los nombres y elecciones pasadas condensen una añoranza, una loca esperanza de regresar como antes; o manifiesten rabia, desesperación, porque se sospecha que lo sucedido, no volverá.

Por eso en literatura ese tiempo verbal trata de dar a la frase contemporánea, actual, una cualidad de otro tiempo; que indica el clímax de una vida que existió, pero nos ha dejado o nos está dejando. Algo que floreció o pudo haber florecido Algo que estuvo magnífico o supusimos que iba a estarlo. Algo que nos hizo felices.

Algo que, sin embargo, ya no está.

 

Imagen: Inglaterra entre 1914 – 1918. Foto anónima.

 

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