¿Hacemos un Zoom?

Por Carlos Piegari. Buenos Aires – Posadas – Barcelona. Escritor sofista

Carlos Piegari WPLa exitosa aplicación que prosperó exponencialmente durante la pandemia, destronó a WhatsApp (puso en jaque a Telegram) y al Email. Ya mermaba la redacción de correos electrónicos por muchos motivos. En las empresas por seguridad corporativa y entre particulares porque dejaban rastros incómodos y daba pereza leer más de diez líneas de texto. El nuevo software pasó de su inicial uso dedicado a reuniones virtuales en grupo, a la comodidad del diálogo interpersonal. Hoy las frases que se intercambian por el celular entre personas para coordinar un encuentro y, al menos, verle la cara al otro/a son: “¿Organizamos un Zoom?” “¿Lo agendamos?”. “Hoy no puedo porque tengo un Zoom de meditación trascendental”, “Llamame más tarde que estoy en mi Zoom de yoga”. Esta nueva magia nos permite regresar de la invisibilidad y expresarnos a través de la veloz oralidad. Si un clavo más hacía falta para cerrar el ataúd de la “grafocracia”, Zoom lo acaba de martillar.   

Cuando digo “grafocracia”, estoy hablando sobre una antigua y rancia aristocracia de la escritura que desvalorizó la tradición del discurso oral. Por suerte de unos años a esta parte vemos como se ha recuperado el valor de la narración oral. Ejemplo muy importante, el auge de los cuenta cuentos, Misiones atesora una de las más importantes narradoras iberoamericanas, Gricelda Rinaldi. Ni que hablar del boom actual del podcast, audios que circulan por las redes sociales con un éxito de oyentes y descargas que crece exponencialmente.   

Esta discriminación cultural determinó una primacía de la escritura sobre el discurso oral hasta desembocar en una “violencia de la letra” (diría Derrida). Escribir se transformó en una construcción social con mandato político. La historia la escriben los vencedores, y como ejemplo menciono ese fanatismo por escribir la historia nacional que surgió en el siglo XIX. Creando mitos, héroes y hechos que no fueron tal como sucedieron. Los libros fundacionales de los Estados Nacionales. Manuales de historia incuestionables que hoy analizamos con lupa descubriendo ficciones y omisiones de grueso calibre. Con el ejemplo de Mitre nos basta.

Algunas preguntas nos pueden sugerir pistas.

¿Porqué aquellas amenazas de “la letra con sangre entra” y “más te vale hacer buena letra”?

¿Por qué un juego surrealista donde se escriben palabras se denomina “cadáver exquisito”?

¿Por qué se obligaba a los zurdos a escribir con la mano derecha mientras les amarraban la “mano mala” (la izquierda)?

¿Por qué a una mujer acusada de adulterio se le marcaba con un hierro candente la letra A de adúltera en sus pechos?

Si veneramos unas “sagradas escrituras” salvíficas ¿quiere decir que también existen unas “profanas escrituras” que nos fulminan?

¿Por qué las cláusulas fraudulentas de los contratos se escriben con letras pequeñas?

Los problemas vienen de lejos. Hacia 1780 Goya testimonió el estado de situación con su obra “La letra con sangre entra”, donde muestra a un maestro azotando a un alumno con las nalgas al aire.

Podemos recurrir a Foucault y recordar la importancia de escribir con “buena letra”, algo que supone una gimnasia que disciplina el cuerpo desde la punta del pie a la yema del dedo índice. Posturas que todo maestro, según La Salle, debe inculcar en sus educandos “ya sea por señas o de otro modo cuando se aparten de ellas”. Lo cual nos recuerda otra vez los castigos corporales en las escuelas y el cuadro de Goya.

El tema de la buena o mala caligrafía siempre trajo conflictos. Si no vean lo que le sucedió a Sor Juana de la Cruz.

Margo Glantz, escritora, ensayista, crítica literaria y académica mexicana, refiere un extracto de una carta de Sor Juana donde ella misma afirma sobre su buena caligrafía: “No más de porque dicen que parecía letra de hombre y que no era decente, con que me obligaron a malearla adrede”

Para Glantz este argumento de Sor Juana es contundente y peligroso, porque alude que “la buena caligrafía en la mujer se contamina de indecencia; se vuelve un signo obsceno que dibuja la sexualidad, la mano es la proyección de todo el cuerpo”. Para esta autora “Malear la letra equivale en la escritura femenina a deformar el cuerpo, carne de tentación que con su belleza amenaza a los hombres”.

Si deseamos profundizar sobre la influencia omnipresente de la caligrafía cabría también referirnos al cuento de Kafka, En la colonia penitenciaria. Un texto donde se describe un aparato de ajusticiamiento que posee un rastrillo de agujas estilográficas que desangra hasta la muerte al condenado escribiendo sobre toda la piel de su cuerpo el precepto que ha infringido. La quintaesencia punitiva del “escriba cien veces en el pizarrón como castigo…”

Cabe tener en cuenta que Kafka tenía mala letra según demostraron sus manuscritos.

Para terminar, la maravilla de “contar” historias oralmente por suerte fue recuperada y se ha puesto de pie frente a la presuntuosa ficción de “escribir” con palabras cursis y pomposas.

¿Cuándo nos atrapa una novela o un cuento que estamos leyendo? Cuando su autor o autora ha sido capaz de escribirlo como si nos lo estuviera contado a nuestro lado.

Los talleres literarios, las clases de lengua e idiomas, los grupos de lectura, todo sucede por Zoom. ¿También la fecundación in vitro será vía Zoom?

 

Imagen: Kunstforum

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