La saga del almirante Domecq García, de huérfano de guerra a almirante represor. 3º parte: El dilema de Lisa Simpson

Por Mariano Damián Montero. Buenos Aires – Asunción (Py). Historiador, investigador, escritor

¿Qué hacemos con estas dos visiones contrapuestas de un mismo personaje? Bueno, en realidad “contrapuestas” no sería la palabra, ya que lo que diferencia una de la otra, es que la primera no cuenta TODA la actuación política del almirante. Lo que diferencia a ambas posiciones, y de una manera radical, es que, mientras la segunda señala su rol organizador en la represión de 1919 (debidamente documentado y con datos certeros) y no oculta nada del resto de su historia; los autores que representan a la “leyenda blanca”, agrupados en la Academia Paraguaya de la Historia, ocultan deliberadamente el desempeño de Domecq García durante 1919. No es algo menor, como omitir alguna condecoración, etc., ya que significa una falta de ética y honestidad intelectual por parte de personas a las que la mayoría de la población les cree de buena fe porque son “historiadores” en los que hay que invertir unos 10 minutos para enumerar todos sus títulos, doctorados, magísteres y otras hierbas.

Desde la ficción, Forn, en su novela del año 2007, nos acerca un dato familiar perturbador e imposible de digerir para esta corriente de historiadores, representantes de un nacionalismo que actúa como sedante en la población paraguaya: la posibilidad de considerar que el padre del almirante, el médico Tomás Domecq, luchó junto al ejército argentino, o sea, como “legionario”, versión totalmente opuesta a la ofrecida por la “leyenda blanca”:   “Perdió la vida en el cerco de Humaitá, en 1868”… Claro, si yo fuera abogado defensor de estos autores en un juicio por “mala praxis histórica”, argumentaría ante el juez, que mis defendidos no especificaron de qué lado del cerco se encontraba el padre del almirante.  Pero Forn no se queda en esto, también da otra versión familiar de la muerte de la madre del almirante, que desestima la leyenda de su muerte en la batalla de Piribebuy.

Llegados a este punto, es momento de informarle al lector que en el libro de la parroquia Santísimo Sacramento de La Recoleta, defunciones 1863-1926, de Asunción, nos encontramos con un registro de defunción que invalida y echa abajo al relato heroico de la leyenda blanca que se viene repitiendo en los últimos 52 años: allí leemos que “La adulta Doña Eugenia García, porteña, viuda de Don Tomás Domecq” falleció el 16 de junio de 1867 en Asunción.  Pero esto no es todo.  Presentan a la fallecida como “viuda de Don Tomás Domecq”, y señalan su origen de “porteña”.  Quiere decir que no solo es un invento que Eugenia García “habría luchado en Piribebuy”, sino que para principios de 1867, el padre del almirante ya había muerto, lo cual también hace imposible su presencia en el sitio de Humaitá en 1868, ya sea de un lado o del otro.

Recorte del acta de defunción de Eugenia García, el 16 de junio de 1867

¿Cómo pueden explicar que dos años después de su muerte, la madre del Almirante se encuentre peleando heroicamente en la batalla de Piribebuy?  ¿Y que su padre, ya muerto como mínimo a principios de 1867, también aparezca en Humaitá un año después?

No cuestionar el origen de la información de determinadas fuentes y repetir lo ya escrito por otros anteriormente, no es una metodología de trabajo recomendable en el campo de la Historia.

En cuanto a los motivos de sus muertes, sólo podemos aventurar que ambos fueron víctimas de la terrible epidemia de cólera que sufrió Asunción a partir de marzo de 1867, manteniendo como segunda opción para el caso del padre, la posibilidad de su muerte siendo parte de la Legión Paraguaya, desconociendo el momento de su muerte pero, obviamente, producida antes de junio de 1867.

Está más que claro que un padre dejando la vida por el Paraguay en el sitio de Humaitá, una madre luchando junto a su hijo en Piribebuy, y el hijo de ambos sobreviviendo a la masacre de Acosta Ñu, es una versión más acorde al “culto al héroe” que viene predominando en las escuelas paraguayas desde hace casi un siglo.  Un niño mártir y adulto héroe, no podía tener otra cosa que madre y padre héroes, ya que no sería nada inolvidable morir de cólera en 1867 y ser, probablemente, paraguayos anti-lopiztas o “legionarios”.

Pero, volviendo al discurso del vendedor ambulante: por si esto fuera poco, no termina aquí. Existen dos documentos más que proyectan más sombras a los orígenes del almirante.  Otro documento omitido por estos autores de la “leyenda blanca”, es el registro del bautismo del futuro niño héroe en la ciudad de Buenos Aires, el día 12 de junio de 1861, en la Parroquia de la Inmaculada Concepción.  En el acta se especifica que Manuel Tomás nació “el 12 de junio de 1859 en Asunción”, no en Tobatí, “Hijo de Tomas Domecq de 45 años, natural de Paraguay y de Eugenia García, natural de Buenos Aires, de 35 años de edad”.  El acta certifica que el matrimonio Domecq-García estaban “Domiciliados en la Calle del Buen Orden” (se refiere a la actual calle Bernardo de Irigoyen, pleno centro porteño).  Esto quiere decir que a mediados de 1861, sus padres, junto al futuro almirante,  vivían en Buenos Aires. ¿Este documento pone en duda que el almirante nació en el Paraguay?  No. Claramente dice “que nació el doce de junio de 1859, en la Asunción del Paraguay”. Pero nos indica que, apenas nacido, comenzó a vivir en Buenos Aires junto a sus padres, lo que abona más aún la versión de la familia de Juan Forn en cuanto al carácter opositor a López, del padre del almirante. Y otro punto es en relación a la nacionalidad del almirante: Gill Aguinaga, en 1968, afirmaba “hijo de madre y padre paraguayos” ¿Por qué los relatos de la “leyenda blanca” invisibilizan el origen porteño de su madre y la estadía de la familia en Buenos Aires? ¿Acaso remarcar que el 50% de su sangre es “porteña”, lo relegaría para la consideración de “héroe”?

Memorias del almirante

El último documento que analizaremos, que la Sra. Mary Monte cita como fuente pero no desarrolla ni cuestiona, son las propias “memorias” del almirante.  Nos referimos a una nota aparecida en la revista Caras y Caretas No.1770, del 3 de septiembre de 1932, disponible en el siguiente link: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0004713284&search=&lang=es

En esta publicación, entre las páginas 8 a 14, Juan José de Soiza Reilly pone por escrito, con la aprobación del almirante, los recuerdos del mismo. En 1932, Domecq García tenía 73 años, y luego de apoyar al golpe de estado contra Yrigoyen en 1930, se había retirado de la vida pública.  Es el único testimonio conocido de boca del mismo almirante.  Lo que a nosotros nos interesa del mismo, son, principalmente, tres cuestiones:

1- Cuando habla de sus “antepasados”, nombra a Manuel Miguel Domecq, francés de 23 años, que “arribó a Buenos Aires en 1750”, “luego pasó al Paraguay e hizo fortuna”.  Más adelante afirma que “Sus descendientes actuaron en las luchas políticas contra el tirano Francia”. Quiere decir que reconoce una tradición opositora a Francia en su familia.  También nombra a Pedro Ramos y Domecq, de la rama materna, natural de Buenos Aires, soldado de San Martín a partir de 1813 (otro dato que oculta la “leyenda blanca”, junto al origen porteño de la madre, para que el almirante no deje de ser 100% paraguayo).

2 – Cuando habla de sus padres, dice escuetamente que fueron “doña Eugenia García y don Tomás Domecq”. Punto, nada más.  Lo llamativo es que del primer capítulo “Antepasados”, pasa directamente a otro titulado “Adolescencia”… Nada dice sobre su lugar de nacimiento, su niñez, la Guerra de la Triple Alianza, ni de las circunstancias en que murieron sus padres. Si este silencio se debe a que se avergonzaba de haber nacido en el Paraguay, o a que no consideraba interesante contar que sus padres murieron en Asunción, probablemente víctimas del cólera, o a cualquier otro motivo, realmente no tenemos forma de corroborarlo.  Es muy llamativo que Héctor Francisco Decoud, primo del almirante e hijo de la testigo del Archivo Zeballos, no nombre al almirante en su libro de 1925 Sobre los escombros de la guerra. Allí aparece el testimonio de su madre, Concepción Domecq de Decoud, pero nada de la travesía paraguaya del niño héroe. En 1932, en la publicación de Caras y Caretas, él pasa de sus antepasados a su adolescencia.  Es evidente que se trataba de una historia familiar que el almirante no quería que se haga pública, sea por los motivos que sea, ya que era imposible que su primo no conociera la historia que tan bien conocía su propia madre, doña Concepción Domecq.  El testimonio sobre su secuestro se conocía por lo menos desde 1888, año en que Zeballos lo registro de boca de su tía.  Es muy posible que haber nacido en Paraguay, de acuerdo a la concepción nacionalista de los militares argentinos de aquella época, podía ser una especie de “mancha”, como también lo debe haber sido para el compañero de represión del almirante en 1919, Luis J. Dellepiane, quien nació en Paraguay junto a todos sus hermanos, para luego figurar en el censo de 1895 como nacido en Entre Ríos. Domecq García y Dellepiane: niños sobrevivientes de la guerra y adultos represores en Argentina.  Ejemplos claros de que algo no queda bien en la cabeza de niños que sobreviven a una guerra.  Algunos podrán pensar si no eran agentes inconscientes de una especie de cruel “justicia histórica” cuando se convirtieron en responsables de matar y apalear a muchos argentinos, pero esa hipótesis se cae al constatar que las victimas de 1919 eran en su mayoría extranjeras, como lo era la clase obrera de Argentina en aquel año.  ¿Habrá reflexionado el futuro almirante, hacia 1878-79, mientras reprimía a malones en Bahía Blanca, que lo que los porteños hacían con los hijos de los indígenas llevados a Buenos Aires, era lo mismo que hicieron con él en el Paraguay?  Con la gran diferencia, claro está, de que él pudo volver con su familia gracias a que ésta pertenecía a la élite porteña y asuncena, es decir, el caso del niño Domecq no es representativo del promedio de niños y niñas secuestrados/as, ya que seguramente, el 95% de ellos jamás volvieron a ver a sus familiares. Con esto quiero señalar que tampoco es casual que este grupo de autores haya decidido resaltar el caso de un niño de la élite del Río de la Plata. Es una decisión de clase e ideológica.

Luego, cuenta que recibió “educación británica”, que le gusta hablar en inglés y que sus libros preferidos son “ingleses”, que estuvo en colegios “ingleses”, el último, uno de Caballito “Seminario Anglo-Argentino” (actual Instituto Social Militar, Rivadavia al 5550) Estos datos, seguramente constituyen otro “golpe” para algunos paraguayos/as que consideran que Gran Bretaña fue un cuarto contendiente en la Guerra Guasú.

3 – Gracias a estas “Memorias” breves, nos enteramos de dos datos que nos pueden ayudar a comprender cierto gusto del futuro almirante por dominar y someter a aquellos grupos sociales “amenazadores” del orden social, como lo demostró en la Semana Trágica de 1919.  El primero de los datos, es que siendo un joven de entre 19 y 22 años, participa como expedicionario en lo que los argentinos conocemos como la “Conquista del Desierto”, entre 1878 y 1881.  Extraño caso de un desierto poblado.  Gracias a esto le fue otorgada la medalla del Río Negro y Patagonia.  Entre sus anécdotas, cuenta cómo en 1881, junto a 40 hombres enfrentaron malones de indios en Bahía Blanca.  Cuarenta años después repetiría una hazaña parecida frente a otros grupos indeseables: obreros y judíos, facilitando armas a los grupos de choque de la Liga Patriótica.  Pero, para mostrar el lado más incómodo del futuro almirante, nos limitaremos a un episodio contado por él mismo y que figura en estas memorias de 1932.  Domecq García cuenta cómo, en 1883 (a sus 24 años), mientras se dirigía a Iguazú, en una expedición de la que formaba parte, pararon en Posadas para reclutar más hombres.  Refiriéndose a esos infelices pobladores de Posadas, recordaba con regocijo el almirante ya retirado a sus 73 años:

 Domecq García: “¡Que soldados!  Eran milicos a la antigua.  Eran fieras educadas en la escuela del látigo. Espina, para disciplinarlos, pues solían ser más feroces, los castigaba rudamente.  A cada rato la banda de música organizaba conciertos. A cualquiera hora, la banda ejecutaba en el cuartel ruidosas marchas, con bombos y platillos.

Soiza Reilly: – ¿Y esa música?

DG: – Para tapar los gritos de los castigados.

Quiere decir que el futuro almirante, en 1883, ya formaba parte de un sector del poder estatal argentino que disfrutaría torturando gente y poniendo música para tapar sus gritos.  La perfección de esta práctica en la Argentina, llegaría entre 1976 y 1983.  No es casual, entonces, como señaló Felipe Pigna, que Massera haya homenajeado al almirante bautizando un astillero con su nombre (El redactor de este texto, hace una pausa, y piensa que la Historia, muchas veces, cultiva una ironía cruel: no deja de llamar la atención que un personaje que en su niñez fue víctima de un secuestro, cien años después, sea homenajeado por otra camada de marinos argentinos que se dedicaron a secuestrar chicos y bebes recién nacidos, y cambiarles su identidad).

Recapitulando, lo que los documentos presentados en esta “saga del almirante” no pueden explicar, son los motivos por los cuales el matrimonio Domecq-García, en algún momento entre 1862 y 1866, decidieron viajar de Buenos Aires a Asunción.  ¿Visita familiar a los parientes de Tomás Domecq?  ¿Imposibilidad por razones desconocidas de volver a Buenos Aires antes del estallido de la guerra?  Si su padre realmente participó de la “Legión Paraguaya”, ¿por qué motivo su esposa y su hijo no se quedaron en Buenos Aires?  ¿O habrá sido que volvió para defender a su país y la versión de la familia de Forn es errónea?  Todo puede ser, pero la diferencia entre nosotros y el grupo de historiadores de la “leyenda blanca”, es que ante estos hechos difusos, nosotros no inventaremos o replicaremos hechos no verificados.  Simplemente tendremos que decir que “no sabemos”.  Pero lo que sí, “ahora”, sabemos es que el padre del almirante NO murió en Humaitá en 1868, que su madre NO murió en Piribebuy en 1869, que no existen pruebas ni testimonios que sitúen al “niño héroe” en los campos de Acosta Ñu, y que los hechos censurables de la vida pública del almirante, fueron tapados por este grupo de historiadores, agrupados en la Academia Paraguaya de la Historia.

Consideraciones finales

¿Para qué nos sirven estas notas sobre la “saga del almirante”?  Primero, para conocer una biografía de Manuel Domecq García más cercana a la realidad, con sus luces (para sus hagiógrafos, por ejemplo, su carrera militar) y sus sombras (su rol en la represión de  indígenas, pasando por obreros y judíos, su proceso en 1895 por irresponsabilidad en el manejo de una embarcación, su reticencia a exponer su origen paraguayo, etc.).  Pero terminar aquí, sería quedarse en la anécdota.  Para poder extraer alguna moraleja de todo esto, nos parece oportuno volver al comienzo de esta saga y recordar el episodio de la serie animada “Los Simpsons”: “Lisa, la iconoclasta”, ya que el grupo al que llamo de la “leyenda blanca” hizo (y lo sigue haciendo) lo mismo que Lisa con la figura de Jebediah Springfield: estos autores ocultan tanto el rol represor posterior, como la invención de las muertes heroicas de sus padres, para proteger al mito.  En el caso de Jebediah, Lisa ocultó su pasado vergonzoso, en el caso del Almirante, los historiadores paraguayos ocultaron sus acciones posteriores y, claro está, su doble nacionalidad, porque no se puede ser héroe si se es solamente mitad paraguayo.  Por lo tanto, si algo se puede rescatar de aquel capítulo de Los Simpsons, es el título “Lisa, la iconoclasta”, que fue precisamente lo que NO terminó siendo Lisa.  Iconoclasta, en la primera acepción del diccionario, se refiere a un “seguidor de una corriente que en el siglo VIII negaba el culto a las imágenes sagradas, las destruía y perseguía a quienes las veneraban”.  Y en su segunda acepción, alude a aquel “que niega y rechaza la autoridad de maestros, normas y modelos”.  Los jóvenes historiadores paraguayos deberán ser “iconoclastas” de verdad, no como Lisa Simpson, para intentar renovar una Historia que paraliza actualmente al pueblo paraguayo, embriagándolo con glorias pasadas.  Por esto, humildemente, hago un llamado a los historiadores intelectualmente honestos del Paraguay (que lo hay y muchos, pero lejos de los resortes institucionales de peso) para que tanto profesores como estudiantes, seamos iconoclastas, pero con argumentos y motivos para serlo.

Para finalizar la saga, queremos citar unas palabras de Carl Sagan, del capítulo 14 “Anticiencia” de su libro “El mundo y sus demonios”: “Cicerón escribió: “La primera ley es que el historiador no debe osar jamás escribir lo que es falso; la segunda, que no osará jamás ocultar la verdad; la tercera, que no debe haber sospecha en su obra de favoritismo o prejuicio” (…)  La responsabilidad de los historiadores íntegros es intentar reconstruir la secuencia real de acontecimientos, por muy decepcionantes y alarmantes que puedan ser. Los historiadores aprenden a suprimir su indignación natural por las afrentas contra sus naciones y reconocen, cuando corresponde, que sus líderes nacionales pueden haber cometido crímenes atroces”

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