El grito, el canto, la roca firme

Por Vanessa Carolina Makuch. Formosa. Profesora de matemáticas, poeta, clown

vanessa-makuchHace un mes, exactamente, fui invitada a colaborar con esta página, neaconatus. Treinta días que llevo, como música de fondo, una pregunta: ¿Qué podría aportar? Si solo escribo poesía.

-No creo que lo logre (fue mi respuesta inmediata) y tengo una buena excusa: soy profesora en matemática, no en letras.

-Entonces escribí sobre eso: la matemática y la poesía (replicó el editor).

Mi estrategia de huida quedó expuesta. Hice silencio. A partir de ese momento, con el correr de los días, volvieron a mi mente todas las conexiones que antaño descubrí entre mi hacer poesía y esa ciencia exacta.

Me recordé a mis 27 años cuando caótica y poéticamente, sentía. Anónimamente. Ahora tengo 50, mi tercer poemario está cociéndose en la imprenta para salir al mundo en un par de semanas. Hay gente que me ha leído. Y ya no me percibo desde el caos.

Los primeros matemáticos tuvieron que haber sido verdaderos poetas -me decía- para MIRAR y VER, y luego COMUNICAR toda esa perfección que habita en la naturaleza. Los imaginaba a aquellos matemáticos poetas, admirados de la lírica que cantaba el universo hasta que la nombraron ¡tanta poesía!

Me descubría mirando y viendo la perfección dentro de la complejidad del alma humana, en el espejo de la mía propia, tan incomprensible siempre… para luego comunicar algo. Entonces me soltaba, con ojos de asombro, en algunos secretos de la geometría y el análisis matemático, a la par que escribía poemas en los márgenes de mis apuntes. Llevó muchos años, sin embargo, integrar la idea de que en mí se conjugaran poesía y matemática. No era una falla. No eran dos cuestiones mutuamente excluyentes. Amar la simetría o la musicalidad de un verso, eran parte de lo mismo. Quebrar el equilibrio y las proporciones, jugar con esto, también. O abismarse al concepto de límite con X tendiendo a infinito… ¿No era acaso como bordear los filos del alma?  Demostrar que el conjunto de números racionales, es denso en el conjunto de números reales… ¿No era tan difícil de entender como que mi propia humanidad se sumergía y aunaba en la humanidad toda? Enunciar los secretos del álgebra, ¿no requería de mí un nivel de abstracción semejante al necesario para mirar y nombrar y conocer mis propias heridas? Aprender el principio de inducción matemática ¿no me ayudó acaso a entender algunos de mis mecanismos internos, a trabajar pacientemente en mi deconstrucción y en la esperanza? ¿Existía algo más simple y seguro que la trigonometría? Algo tan seguro como aquellos sonetos medicinales de Almafuerte a los que regresaba cada vez que se me enredaba el sentir, para afirmarme luego en las certezas. Y volvía a dibujar confiada, en colores sobre la pizarra, esas curvas tan bellas de las funciones trigonométricas.

Encontré algunas pistas en mi historia, pues soy hija de un padre ingeniero civil y de una madre poeta y escritora. Entendí, con el tiempo, que la misma fuerza que desde el exterior me gritaba en un juicio: ¡o las ciencias exactas o el arte!, era la que desde dentro, y en juicio también, me partía: o papá o mamá. Entonces, se adivinará que mi camino de integración fue largo, lento y profundo. Porque solo cuando logré limpiar la mirada sobre mis raíces y entender que de madre y padre había recibido el caudal de vida que me hace ser quien soy, dejé de verme dividida por mi amor a la matemática-poesía. Y descubrí, en mi madre poeta, la dureza de llevar cuentas y formular axiomas…o en el duro ingeniero, los ojos llorosos al escuchar un poema o una canción. Y me bastó eso. Me sigue bastando. Esa división ha sido una falsa creencia.

Saberlo no hizo que la pregunta que resuena, desde hace un mes en mí, desapareciera: ¿Qué puedo escribir? Entonces compartí con el editor de neaconatus los motivos de mi mudez: no es desinterés, no es olvido. Son mis fantasmas. Y recibí como respuesta la acertada sugerencia de armar un equipo de redacción con ellos, y escuchar qué me dicen. Y aquí estoy, abocada a esa tarea.

Frente a la posibilidad de escribir un artículo: ¿Por qué sencillamente no puedo decir, como digo poesía? ¿Y por qué es tanta la libertad que siento frente a la poesía, que ningún fantasma se aparece para decirme que no puedo? ¡Ah! Es que la poesía me trasciende. Como me trasciende la matemática. Una es el grito o el canto o la caricia de mi alma. Otra, la firme estructura en la que me sostengo.

Sé muy bien que cada alma es única, distinta, original, un misterio. Y se alimenta y sostiene en el grito o el canto o la caricia, de otras almas ofrecidas mediante poesía. O mediante axiomas, leyes y teoremas que le sirven de roca firme. Bien sé cuánto he llorado o amado o entendido gracias a las letras de otros. He encontrado maestros, maestras y compañeros de camino en libros de poemas, cuentos o novelas. Percibí mis dolores reflejarse en palabras ajenas. Y exploré en los alcances de mi propio pensamiento aprendiendo análisis matemático, para descubrirme mirando y viendo de modo nuevo.

Lanzar al mundo mi poesía simple, es puro agradecimiento. Un acto libre en sí mismo. Entonces puedo. Entonces grito. Entonces canto. Entonces agradezco. Y así, amante de los números y las letras, y despojada de todo, escribo poesía.

No es lo mismo que escribir un artículo para una revista literaria. No, decididamente no. Seguiré entonces leyendo a los que saben de letras, cargando mi alforja de palabras, noticias y saberes, negociando con mis fantasmas. Y mientras tanto:

“toco muy suavemente los bordes acerados de mis alas
acuno mis heridas y las libero al viento
danzo sutil alrededor del fuego de mi vientre
profetizo esperanza”

Imagen: Kunstforum

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