Aguafuertes de la peste

Por Carlos Piegari. Buenos Aires – Posadas – Barcelona. Escritor sofista

Carlos Piegari WPCuando en marzo de este fétido año 2020 la pandemia clausuró la vida cuerpo a cuerpo y nos encerró dentro de una pantalla, comencé a reunir textos sobre este inesperado capricho biológico global. El resultado fue una serie de relatos enviados vía correo electrónico desde diversos lugares del mundo.

Como parece que el virus ha llegado para quedarse a vivir cómodamente instalado en el sofá del salón de casa, los edito en este compilado que bien podríamos llamar “Grandes éxitos del dúo Muerte & Desasosiego”.

Cabe aclarar que inicialmente la perspectiva de recepción fue moderada, por lo tanto comencé publicando los textos en la página Aparatobarrio en tránsito del Facebook.

He aquí los autores y autoras con sus impresiones personales. Las primeras que fueron llegando.

Osvaldo Mazal (Posadas, Misiones, Argentina). Alianza estratégica

Por algún motivo que sospecho tendrá que ver con el equilibrio del planeta, los virus siempre nos encuentran la vuelta, nos acechan y por cualquier agujerito desguarnecido se nos meten en las entrañas, mutan para hacernos gambeta y, peor aún, usan a inocentes animalitos como vehículos pasivos para obtener sus turbios fines. Así que como estrategia podríamos proponerles a los virus un pacto: que cambien de objetivo. Que nosotros ya no seamos su blanco, que seamos sólo el vehículo y los atacados sean otros. Por ejemplo, y nada más que como ejemplo (no tengo nada contra ellos), la especie de los murciélagos, esos pobres cieguitos nocturnos. A cambio nuestra especie se comprometería frente al universo a portarse más o menos bien por, digamos, diez o veinte mil años a partir de ahora, y después veríamos. Como garantes por nuestra parte, podrían firmar ciertas instituciones intachables tales como el FMI, la ONU, la FIFA y otras. Ahí sí que los quiero ver a los virus. Ahí sí que van a ver.

Carlos López Aguirre (México, Barcelona, Moscú). Sueños en blanco

 Carpe Diem, reza la famosa frase que te anima a aprovechar el momento sin esperar nada del futuro. La aceptamos apenas conocemos su significado. Creemos seguirla en medio de la rutina. Hasta que un día, sin saber cómo, el mundo se queda detenido y esa supuesta indiferencia al futuro queda revelada. Sin futuro, no hay camino. Y sin meta, no hay sentido.

Ahora, en el mayúsculo encierro de la humanidad, atrincherados en las paredes para combatir al enemigo invisible y, al tiempo, letal, nos aferramos a las pocas certezas que nos quedan. Convencidos de que habrá un mañana y nosotros estaremos en él. Pero hoy los sueños están en blanco. Futuro e incertidumbre siempre rosan el sinónimo. Hoy es una afirmación. Sólo queda esperar, cerrar los ojos, convencernos de que seguimos aquí en cada exhalación y repetir sin otra opción: Carpe Diem.

Alberto Szretter (Puerto Rico, Misiones, Argentina). Las fuerzas invisibles

Hans Castrop va a visitar a un primo enfermo, por unos días, y se queda 7 años en el sanatorio separado de todo, a 1600 metros, en una montaña de los Alpes. Durante tanto tiempo ahí, aislado, las reflexiones literarias tuvieron jornadas completas para cuestionar toda la vida.

La historia del muchacho supera toda reducción a un solo tema. Pero llega un momento en ese apartamiento que aparece la “anestesia de los sentidos”, o sea el tedio, el aburrimiento absoluto.

Joseph K es arrestado un día. Desconoce los motivos. Un aparato burocrático indescifrable se ensaña contra él, que no puede hacer nada. Lo envuelven en un proceso judicial que no comprende, ni le aclaran.

El personaje es inocente, pero sufre el ataque de las instituciones. Quizás la culpa (los cargos que se le endilgan) sea que vive. El pecado de K es vivir.

El Oficial Dogo arriba a una frontera muerta. Más allá del fuerte está el desierto. Los años pasan esperando un ataque que jamás se produce. ¿Qué sentido posee la existencia? No se sabe. Hay que esperar y esperar. Posiblemente la supervivencia sea insistir, perseverar en una espera infinita, no sabemos de qué.

¿Qué otra cosa hace Don Diego de Zama en Asunción? Pasar el tiempo, esperanzarse en un traslado que no ocurre nunca, quedarse a orillas del río, mirando cómo hay aguas que no quieren a algunos peces, que sin embargo luchan por permanecer. Existen épocas que expulsan a sus habitantes a la muerte, mientras ellos, los habitantes anhelan quedarse, latir, comer, trabajar, amarse.

Hay dos hermanos que escuchan ruidos extraños en el domicilio. No se conoce cuál es la causa, pero algo, alguien, algunos van tomando la casa, como si fueran virus desatados. Se van adueñando de espacios y reduciéndolos hasta expulsarlos.

Esos murmullos, esos intrusos, del cuento anterior aparecen en forma de copos de nieve mortales en otra historia. Juan Salvo y sus amigos se dan cuenta que es una nube tóxica que reduce todo a la anarquía.

Giuseppe Corti tenía fiebre después de un viaje, y desde la estación se fue a un sanatorio. Lo internaron en la parte alta del edificio. Parecía algo banal. Pero empiezan a pasar los días y las cosas. Según los registros, o el destino, o su dolencia o los protocolos, o un dictado, lo van cambiando de estancia. Del piso siete al sexto, de ahí al quinto, luego al cuarto. Y así.

Ya en la planta baja se preguntó “¿Por qué razón la pieza se oscurecía de repente, si eran las 15:30? Volvió la cabeza hacia otra parte, a la ventana. Vio que las persianas corredizas se cerraban lentamente, tapando todo paso de luz”. Esas persianas son sus párpados, que se le adelantaron.

Zulma Sierra (Colombia, Catalunya). Sombras… Nada más *

00:40 Hora Barcelona 20:40 Hora Buenos Aires. Falta menos de una hora para que empiece el concierto. Virtual. No hay sudores ni gritos ni luces ni ecos. Es virtual el concierto, como casi todo lo que parece suceder últimamente. Suerte que quien canta existe, está vivo y toca el piano. No es un holograma. Lo espero impaciente, como cuando lo escuché en directo, hace menos de un año. Mentira. ¡No, no se puede comparar!

Lo de hoy es como esa rendija por la que te entra aire cuando vas en un carro a toda velocidad. No se pueden abrir las ventanillas porque entra demasiado aire y ni siquiera nos oímos, pero tampoco se pueden cerrar por completo porque nos ahogamos. Así me siento ahora. Oírlo cantar, aunque sea virtualmente, será mi segunda rendijita de escape de hoy.

Esta mañana abrí la primera. La vecina me pasó el diario desde su patio con un palo de escoba. Diario. En papel. ¡Tampoco virtual! Y la del cuarto me confesó vía WhatsApp que la cerradura del edificio no funciona. ¡Nadie vendrá a salvarnos!, me dijo (o me escribió, ya no sé). Y me reí de terror.

Cada uno en su cubículo, abriendo rendijitas, sin nadie que pueda salvarlo. Sigo tecleando, como ayer y antes de ayer y muero de envidia con las mil actividades súper mega increíbles que hace la gente con su maldito tiempo libre. Yo tengo mi concierto. Yo también puedo hacer cosas simbólicas y virtuales. De eso se trata la vida últimamente, ¿no?

*Título de un tango de J.M. Contursi

Pedro Bonsier (Lisboa, Portugal). Peste

Dejó de besarme al otro día de la noticia.

Cuando nos enteramos por los Medios, pocas horas después, puso la mejilla, en un movimiento rápido de cabeza. Yo esperaba que sus labios tocaran los míos, pero no.

Inseparables habíamos vivido hermosos y alegres años. La cuestión era que -de pronto- dejamos de besarnos. No dijo nada, no se excusó, dio media vuelta y se fue.

A la tarde me mandó al teléfono celular las novedades. Que eran diferentes y las mismas que las de la televisión. Ninguna era buena. Agravadas por las horas, de verdad, eran terribles. Las restricciones se acentuaban. Los peligros acechaban. Las calles estaban vacías. Cerrados los negocios. Las plazas abandonadas. Suspendidos los vuelos y el transporte público.

Llegó cuando oscureció. Ahora ya no me puso la mejilla. Tampoco hubo abrazo.

No puedo salir más, dijo. Tu tampoco, agregó. Si nos ven caminando por ahí, nos meten presos. Usaremos estos barbijos ¿Puedes mantenerte a dos metros de distancia? Era difícil. Vivimos en un departamento pequeño. Por eso nos pusimos de acuerdo de que cuando alguien se desplazara, avisara en voz alta, para que el otro o la otra se mantuviera quieto o quieta.

No hubo cena. No dormimos juntos, ni esa ni las otras noches que siguieron.

Durante un tiempo debimos padecer el aislamiento de a dos, que es el peor encierro. La soledad en una pareja no es individual ni doble, es múltiple.

Cuando enfermó, hicimos la denuncia, como correspondía. Vinieron a buscarnos vestidos de astronautas. Nos llevaron juntos. Después pasó lo más lacerante. Las cosas inconcebibles tienen forma de desierto; hacen sombras de pesadumbre infinita. No hay tristeza que tenga nombre.

Nunca más nos vimos.

Alex Marín Canals (Barcelona, Catalunya, España). ¿Y yo qué?

Nos encontramos confinados y, gracias a eso, uno puede sonreírse como debió hacer Bocaccio en su momento, cuando compuso su obra de la Peste, y sus lectores.

A las ocho de la tarde salen todos los vecinos al balcón y aplauden a los médicos, a los farmacéuticos, a todos los trabajadores que están luchando con nosotros, por nosotros. Eso sí, el aplauso es leve, dura dos minutos. Todos nos sentimos bien (en casa vive una médico). Cinco minutos después la música, las pisadas que trascienden las paredes, los gritos, las discusiones se producen. La fiesta se alarga por la noche. «Perdone, es que tenemos que dormir». «¿Y yo qué? —se lamenta uno de los interpelados—. Estoy confinado en casa y tengo que matar el tiempo». «Usted acaba de aplaudirme, y yo necesito dormir para estar fuerte mañana». «Pues ponte unos tapones, estamos en un país libre, a pesar de todo», dice, echando la cabeza un poco para atrás y con cara de desprecio.

En la fila de entrada al supermercado, que todo el mundo respeta, los presentes se burlan, entre sí, de los que salen pertrechados con papel higiénico y productos de limpieza. «Yo no soy como ese, míralo. ¡Y se pone rojo por acapararlo todo! (Pausa, suspiro) Yo no le temo al virus». Es una suerte de mantra que todos dicen, pero pocos respetan. A medida que van saliendo los que antes se burlaban de los que esgrimían productos de aseo, ellos son la viva imagen de los burlados.

Al encontrarse unos ojos con los nuestros, agachan la cabeza y enrojecen…, hasta que sale una señora mayor, indignada, quitándose los guantes. «¡No había tal marca!». «¡Pues coja otra, señora!». «Ya lo he hecho, ya —y, riéndose, añade—: pero no queda nada de todo esto ahora. Total, usted ha dicho antes que no venía a comprar jabón, ni papel de W.C.». El interpelado asiente, pálido. Cuando entra en el supermercado, masculla: «Ahora… ¿y yo qué?».

Bic Baraxtuyaga (Buenos Aires, Argentina) Cercados

 Voltearon el alambrado/los montados asustados.

Mi ponchillo colorado, chamamé de Mario Millán Medina

Al final fue la explosión y la avalancha, pero antes la cosa se iba poniendo cada vez más difícil a medida que pasaba el tiempo. Algunos trataban de calmar los ánimos, otros estaban desesperados, querían salir a lo que fuera. La mayoría observaba los acontecimientos, expectante. Pero la presión fue aumentando. Nos comunicábamos por uasap hasta que nos cortaron la electricidad y el agua.

Pero esto fue después. Antes, con los primeros esbozos de la invasión, ya el viejo Cesc Ferrán, se acordaba de su infancia republicana relacionando las maniobras falangistas del ´36 con los atisbos fúnebres que ahora salían a la luz. Huelo en el aire a la muerte, decía. Los más jóvenes nos reímos, porque pensábamos que era la de él.

Sin embargo fue Doña Dominga, la adivina, la que se adelantó a todos, casi un mes antes. Se viene la noche, sentenció, y su frase corrió de casa en casa, más rápido que internet.

Los primeros signos de la peste se tomaron como datos comunes que siempre aquí y allá, nos golpeaban. Éramos una comunidad pobre y estábamos acostumbrados a sufrir. Solo los ancianos conjeturaron desgracias. Pero la cosa se fue poniendo brava. En un comienzo debilidad general, luego complicaciones de todo tipo. A las madres, lo más grave les pareció que sus hijos perdieran el apetito.

Así llegaron las instrucciones de la Autoridad. Y unas camionetas que repartían medicamentos, durante el arranque de las infecciones, y la entrada de la fiebre. Pero íbamos cayendo de a uno en la partida, y de a varios en los días que siguieron. Se acentuaron las restricciones. A continuación los impedimentos, las prohibiciones. No podíamos salir de las casas. Y nos llegaron noticias que hicieron un cordón sanitario y, al otro día, una barrera militar, en toda la zona. En fardos nos tiraban alimentos espantosos y bidones de agua.

Cercados, intentábamos escapar por muros y ventanas. En ese tiempo nos cortaron la electricidad y a continuación el agua. Nos comunicábamos con esquelas que nos arrojábamos con piedras. Sentíamos a los altoparlantes amenazantes, ruidos de grúas y cremalleras, tiros distantes, una neblina plomiza que avanzaba. Por los patios huíamos a reuniones clandestinas. Pero grupos comando irrumpían de golpe y nos secuestraban.

Sospechamos, entonces, que querían sacrificar a la población completa. Quizás ya no teníamos remedio. Estábamos oprimidos, cercados por tanquetas y soldados, y atrás, más lejos, pudimos ver ambulancias y tiendas de campaña, y potentes faros inmensos que nos enfocaban a la noche.

Fue ahí cuando los sobrevivientes, prácticamente sin el oxígeno de la esperanza, y pensando que de cualquier modo íbamos a caer, decidimos todos juntos romper el asedio, arremeter contra el bloqueo, tumbar los alambrados. Llenos de miedo, decidimos luchar, aún con vida, aún con un poquito de vida.

Nota del editor: Llegó un momento en que la recepción de textos superó las expectativas previstas, asimismo la extensión de los relatos. Entonces fueron publicados en el blog www.kitschfilm.com

Ubaldo Pérez-Paoli (Alemania). Pestes diversas, una reflexión

La peste de Tebas es el comienzo del Edipo rey de Sófocles. Ella es la que obliga a Edipo a enviar a su cuñado Creonte para averiguar su causa por medio del oráculo de Delfos. Ignoraba que, en el fondo, la causa era su propia orgullosa ignorancia que lo había llevado a matar a su padre y casarse con su madre; la peste era él mismo. Quien fue capaz de resolver el enigma de la esfinge, cuya respuesta es “el hombre”, fue incapaz de resolver el suyo propio. SEGUIR LEYENDO

Café Azar (Posadas, Misiones, Argentina). Dylan, otra vez


Espectro: ¡Venga su asesinato, torpe y desnaturalizado!

Hamlet: ¿Asesinato?

Espectro: Asesinato torpe, como lo es el asesinato en el mejor caso; pero este más torpe, extraño y desnaturalizado

William Shakespeare: Hamlet, Primer Acto, Escena V.

Escenas de la peste en tiempos de cuarentena. Los privilegios, sí. Desde sus entrañas, sale este texto. SEGUIR LEYENDO

 Fabiola Eme (Tusitala Project) (México – Barcelona). Pinche virus

Las libertades se invierten. La humanidad permanece enclaustrada mientras la naturaleza se extiende y se propaga, negativa y positivamente. La aparente división planeta-humanos que habíamos construido en nuestras mentes de pronto nos parece un raro e incomprensible espejismo. No solamente admitimos que somos parte de la naturaleza, nos damos cuenta de que no nos pertenece, que no la controlamos, y volvemos a tenerle miedo como cuando el rayo era una fuerza divina que caía para castigarnos desde el cielo. Las cosas están cambiando y ha sido un pinche virus diminuto el que ha puesto a nuestro mundo de cabeza. SEGUIR LEYENDO

Andrés Dunayevich (Córdoba, Argentina). El traumatólogo lacaniano

Un día 3 de diciembre, día del médico, llego una paciente mía, una señora viejita, muy viejita en un patrullero de la policía. Los policías la ayudaron a bajar con mucho cuidado mientras caminaba con dificultad con sus dos bolsas, una en cada mano. La acompañaron hasta la puerta del hospital y se quedaron esperándola hasta que ingresó. SEGUIR LEYENDO

Francisco Álvarez (Corrientes, Argentina). Cuando me muera

Estoy en el grupo de riesgo de muerte por coronavirus, por edad, por el cigarrillo y por el alcohol. Es posible que no pase esta pandemia. Por eso quiero dejar un pedido: cuando muera quiero escuchar a Mozart. Después que me cremen y marginen. Que desconozcan mis trabajos, mis libros, mis perfiles callados que quizás alguna amante retuvo. Que mis hijos me olviden también, y me tiren al río. SEGUIR LEYENDO

Evelin Rucker (Posadas, Misiones, Argentina). La covid-19

Los acartonados miembros de la academia sabían que debían redimirse con el mundo hispanohablante y ahora tenían el motivo justo para lograrlo. La pandemia duraba ya varias semanas largas y tres de las seis mujeres académicas habían sido ingresadas a unidades de terapia intensiva; María Paz con ventilador mecánico. SEGUIR LEYENDO

Elena Maidana (Posadas, Misiones, Argentina). Cuarentena entre textos

Nada es lo mismo ya, ni lo será mañana;

apenas la constancia dará el signo que guíe

el día por venir. Y el ahínco de la memoria fiel

que reconstruya y clasifique lo que ya es quemadura

y senda pedregosa desde ahora, desde el instante

en que una lluvia oscura

sopló con un sonido bárbaro en nuestra vida” (1)

2020

Digo lo que sigue desde la ventana de mi cuarentena; desde mi condición de mujer blanca de clase media urbana que vive estos tiempos apestosos y virulentos con parte de su familia en una provincia del interior y fronteriza de Argentina; en una casa con servicios y comida segura, con patio, plantas, árboles, bibliotecas, redes tecnológicas, obra social y otros beneficios; así es la mía. Reconozco que hay cuarentenas diversas y desiguales. Y aunque soy por la edad de un “grupo de riesgo”, la mía no deja de ser privilegiada. SEGUIR LEYENDO 

  1. Elvio Romero

Paco Mancera Romero (Málaga, España).  El cuento del Cobi D19

Heme aquí que mis hermanos y mis hermanas me llaman,
me piden que ocupe mi lugar entre ellos.

Siempre he querido empezar un texto de esta guisa. La idea no es mía, se la  he tomado prestada, miento es un atraco a mano armada,  a William Wisher Jr. y Warren Lewis guionistas de la película The 13th Warrior (1999, John McTiernan) en mi orilla se tradujo como El guerrero número 13, al otro lado del charco, de donde fluyó la plata y el oro: Trece guerreros basada en la novela del productor de la película de Michael Crichton Devoradores de cadáveres (Eaters of the Dead, 1876) que a su vez está inspirado en la obra de Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rāšid ibn Hammād que en el siglo X escribió una crónica de su viaje al Volga (كتاب إلى ملك الصقالبة) donde se narra la letanía que las concubinas destinadas al sacrificio, en el funeral de un jefe vikingo recitaban. SEGUIR LEYENDO

José Torres Criado (Málaga, España). El retorno de los mercachifles del terror

Durante esta cuarentena, he releído uno de mis cómics preferidos, uno de esos a los que siempre retorno cada cierto tiempo y en los que, en cada visita, descubro nuevos recodos: “From Hell”, de Alan Moore y Eddie Campbell.

Esta obra inmensa y redonda es, bajo el retrato de la figura del célebre asesino Jack el Destripador, un compendio de muchas cosas: de historia, de política, de panorámica social y humana, de metafísica, de psicogeografía. Cada página tiene cientos de referencias a nuestro pasado y a nuestro presente, como las buenas creaciones imperecederas. SEGUIR LEYENDO

Ana Barchuk de Rodríguez (Posadas, Misiones, Argentina). Ser papa en el COVID de Villa Cabello

Mientras, separo la negra cáscara del blanco y comible regalo natural, pienso en las veces en que realicé este trabajo. Por más cálculos y algoritmos que se me ocurran, el resultado exacto de cuántas papas pelé en sesenta y dos años de vida es imposible de imaginar.

 ¿Y por qué hoy, justo hoy, se me ocurre, tener en cuenta algo tan sencillo como quitar la cáscara a una papa? Es que hoy, justo hoy, el mundo se ha detenido, ya no  quedan necesidades, ni horarios a cumplir. Lo único que nos resta hacer es contestar WhatsApp, mails, entremezclarnos en Facebook y mirar películas. Además de aferrarnos a las herramientas que traemos desde nuestra infancia; miedos, inseguridades, temores, alegrías juegos, risas, amparo. SEGUIR LEYENDO

Carlos Piegari (Buenos Aires, Posadas, Barcelona). Inauguraciones artísticas sin catering

Si algo ha alterado la pandemia a largo plazo, ha sido la mutación de las inauguraciones de muestras de arte en los museos. En particular esas vernisagges con bocaditos de salmón y caviar y copas a rebosar de champagne. Con darse un paseo alrededor de las salas y sacar alguna que otra foto de las obras era suficiente. Luego acercarse al artista o colectivo protagonista del evento cultural, deshacernos en elogios, inventar incoherentes interpretaciones de las obras expuestas, criticar el consumismo capitalista, aplaudir las creaciones presentadas como importantes aportes a la futura revolución (ni idea de cuándo ni dónde) y partir raudamente, con los bolsillos llenos de sandwichitos, antes que comience el partido de fútbol o nuestra serie favorita en la televisión. Según el continente, los bocaditos de salmón y caviar pueden permutarse por chipitas y el champagne por vino. SEGUIR LEYENDO

J.J. Ayala Andersson (Estocolmo, Suecia). Efecto Rashomon

Mi hermana trajo a una compañera de Facultad para estudiar de manera intensiva durante un fin de semana. Supongamos que mi hermana es Ariadna y la amiga se denomina Hadarah, una flaca de pelo negro lacio hasta los hombros, y con silencios provocativos.

A nuestra madre la decisión le pareció excelente. Bauticemos a mamá como Celeste. Yo podría ser Horacio o Kevin o Gustavo. Salvo el perro, llamado Cuco o Conde o Satán, no había hasta entonces, otros habitantes en la casa. La casa hay que imaginarla en un barrio suburbano con calles arboladas, pero también se la podría ubicar en el centro de la ciudad en medio de negocios, comercios y galerías. En este caso no habría vegetación frondosa, sino carteles y pizarrones en la acera de ristoranes, con el menú del día. SEGUIR LEYENDO

Juan Basterra (sobre texto de Elías Nissim, Resistencia, Chaco, Argentina). Regresamos en el día del amigo

Le preguntaron a Vinicius qué es la muerte y respondió: es nada más que dejar de ver a los amigos.

Creo que sentir el “milagro” de la amistad es mucho más sencillo y más importante que dar razones (si es que tiene o merece); se me ocurrió sin embargo  y valgan las razones lo poco que valgan, que tenemos amigos para no apresar la risa y seguir soltándola, para que la calesita de la vida  gire un rato más y así no caernos de ella tan a prisa (para no salir del juego y proseguir esta aventura de vivir), para no secarnos como una flor entre las hojas de un libro, para jugar al solitario un poco menos, para que la cerveza sepa menos amarga, para que nos ayuden a salir de las cuerdas y a enfriar el miedo, para quitarnos los nublados de los hombros, para demorar el resultado de la batalla que inesquivablemente todos vamos a perder, para alejarnos en tanto sea posible de nuestras sombras pero no del sol, para que las ganas le ganen a la desgana de levantarnos de la cama todos los días, como hielo para la inflamación y van… SEGUIR LEYENDO

 

 

 

 

 

 

 

 

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