Marmeládov y Raskolnikov, el camino de dos redenciones

Por Gustavo Verón. Posadas, Misiones. Periodista

Gustavo Verón

La búsqueda de un atajo que los conduzca a la salvación es la más nítida señal que nos deja Dostoyevski en su memorable “Crimen y Castigo”. Dos personajes que asumen en su carne los dolores de la existencia  propia y ajena. En el juicio implacable de la conciencia, uno elige culparse, el otro, culpar. En esa encrucijada no pocas veces se debate la condición humana.

Seguramente quien haya sentido sobre sí el terrible peso de una condena debe saber qué significa redimirse. Y las sentencias, que dan entidad a esas condenas, pueden ser quizá tan diversas como diversa es la determinación  de la especie humana ante el drama de la existencia. Individuales, comunitarias, conscientes, inconscientes, visibles o invisibles, las determinaciones varían. Marmeládov y Raskólnikov son el arquetipo de esa oscura amalgama de realidades que desde el tumultuoso mundo interior sale eyectada hacia el universo circundante casi como un grito expiatorio, un anhelo irrefrenable de liberación. Aunque el tránsito hacia ese umbral “metafísico” será diferente en ambos.

Marmeládov escogerá la senda del propio flagelo, de la sumisión voluntaria, en la creencia de que en esa “humillación” salvaría su propia vida,  y la de su entorno. Invadido por un hondo sentimiento de inutilidad, descartado, jubilado del empleo público al que había dedicado su vida, pasaba sus días entre la depresión y el desencanto. La aprehensión de esa realidad lo hacía sentir poco menos que un miserable, sensación que creía poder revertir, o al menos morigerar, bebiendo a destajo en el sótano de una taberna.  Así creía obtener redención, lamentándose, golpeándose el pecho y reclamándo ser víctima de un sistema que lo empujó al deshonor y la vergüenza. Se reconocía culpable, pero a la vez un  héroe, porque no temía vociferar las miserias a las que lo arrastró la pobreza: el alcoholismo en su caso, y la prostitución, en el de su hija Sonia. Su valentía estaba en reconocerse débil, y hacer visible la degradación humana, donde a veces se eligen los padecimientos, y en otras, vienen como impuestos. Marmeládov se erige como el prototipo de quien rechaza el “statu quo” asumiéndose víctima, no victimario; agredido, no agresor. Supone, desde su cosmovisión, que su grito lastimero llegará a los oídos de quienes tienen la obligación de cambiar las cosas.

Raskólnikov opta por el itinerario inverso. También se asume víctima de un sistema, de un engranaje siniestro donde el que más tiene suele exprimir al máximo al indefenso. Pero elige ponerse del lado del justiciero, y no del ajusticiado. Marmeládov, sumido en sus borracheras, hace un manifiesto de sus errores, se siente juzgado, asume sus flaquezas, pero las expone haciéndolas comunitarias. Esboza la idea de un poder que oprime por fuera, hasta carcomer por dentro. Raskólnikov, en cambio,  entiende que la injusticia contra él tiene irremediablemente un efecto centrífugo: empieza con él y continúa con los demás. Por eso cree que el camino para obtener justicia es ahorrar caminarlo. Se cree el punto de partida y la misma llegada de la ley, que no hay tramo mediante. Se siente convencido de su omnipotencia y de tener sobre sus hombros el reclamo transferido de otros tantos que soportan su mismo sufrimiento. Raskólnikov entiende que ejecutar su plan criminal es el paso para lograr al fin la redención personal, y también social.

En esa antípoda podrían ubicarse conductas que solemos ver en los entretelones del día a día: la de la impasibilidad y el desasosiego; y la de la justicia por mano propia, en su versión extrema, en el caso de Ródion. Están los que esperan que las cosas se resuelvan con el solo devenir histórico, y por otro lado los mesianismos sin cuya intervención, suponen, no puede seguir girando la rueda de la historia.  Cada uno, a su manera, busca sentirse redimido.

Más aún, el inesperado contexto que puso en jaque a la humanidad entera, va desentrañando, tarde o temprano, lo que el ánima guarda, en un recorrido en el que se cristalizan virtudes y miserias, muchas veces irreparablemente entrelazadas. El espejo de Marmeládov o de Raskólnikov, se nos vuelven familiares.

Imagen: Marmeládov y Raskolnikov hundidos en el infierno de si mismos.  

 

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