Pandemia y cambio de paradigma

Por Irma Verolín. Buenos Aires. Narradora y poeta

verolin1La pandemia con su consiguiente y consabida cuarentena nos puso a los argentinos contra la pared  en nuestra propia casa, como en penitencia. La experiencia del encierro forzoso abrió un nuevo concepto: mirarse hacia adentro. Un concepto bastante ajeno para el habitante medio occidental que ha hecho históricamente del “hacer en el mundo” el sentido de su existencia.  Lo cierto es que el adentro cobró una dimensión más honda, más compleja. Por su parte el afuera perdió su tridimensionalidad y terminó siendo percibido con mucha mayor frecuencia a través de una pantalla. Así, en contraposición a la plana imagen bidimensional de las pantallas, la hondura de ese adentro adquirió realce. De pronto, como propusiera el antropólogo mexicano Carlos Castaneda, nos vimos compelidos a “apagar el mundo”. En ese adentro está agazapada la biografía personal que se había replegado, la cuarentena la desplegó de un modo individual, se reacomodaron placares, surgieron los recuerdos, se desempolvaron viejas fotos, se actualizaron relaciones postergadas, siempre por supuesto a través de los medios tecnológicos de comunicación porque el cuerpo, encerrado entre las paredes, perdió su prestancia, incluso su vistosidad.         

Salir a la calle con barbijo profundizó ese dejar de lado al propio cuerpo. El cuerpo quedó enmudecido frente a un mundo que se apagó. Justamente el cuerpo que ha sido materia privilegiada de análisis de la crítica literaria en  las últimas décadas y personaje hegemónico  del  mensaje  publicitario. El cuerpo, al que se le ha restado su mundanidad o  su capacidad de expresarse en el afuera,  pasó a ser casi exclusivamente transmisor de enfermedad, una inminente fuente de contagio quedando reducido al valor de amenaza. De buenas a primeras el cuerpo permanece restringido a la idea de una unidad que puede enfermarse y, producido el contagio, se comporta como elemento propagador. Durante la primera etapa de la cuarentena las mujeres dejaron de teñirse el pelo, los hombres, de afeitarse. Así como el cuerpo  abandona su protagonismo para que el viaje interior encuentre su sitio y su  propósito, el mundo ya no es un escenario por el que la gente pueda transitar, convertido únicamente en una imagen observable, ha perdido su carácter de lugar, se  ha vuelto una simple estampa. Con la pandemia el mundo ya no es el mundo que conocíamos, y el cuerpo ha dejado de ser percibido como antes lo fue, el cuerpo propio y el cuerpo próximo ahora alejado, distanciado. Todas nuestras nociones se alteraron y en medio de esta perplejidad se instala el miedo, un miedo ambiguo que necesita perfilarse con los testimonios de los que padecieron la enfermedad y narran su experiencia, con las mediciones  de infectados y muertos que se expresan en números y en gráficos. Esta pandemia nos asimiló  bastante  a un personaje kafkiano. No amanecimos transformados  en un insecto pero sí comenzamos a  concebir  nuestro cuerpo como un arma biológica, peligrosa para el resto de los humanos. 

Conocemos ampliamente los inconvenientes que tiene esta pandemia, en principio en el aspecto económico y aún así eso que se presenta desde el vamos como obstáculo puede propiciar un cambio positivo en el futuro, ya que es una variable a considerar que el desaceleramiento del consumo que ha  provocado la pandemia en todo el mundo, sea capaz de dar paso al inicio de una etapa post capitalista. Y ya sabemos lo que el consumismo genera a nivel global: acumulación del capital en manos de un grupo privilegiado y reducido, desequilibrio ecológico,  contaminación, calentamiento global,   la creación de una falsa identidad en las personas, por citar solo algunos de sus efectos. En términos de la vida personal el aislamiento social nos ha permitido a los humanos revalorizar el aspecto afectivo de nuestra vida que, desde ya, empalidece el clásico proyecto occidental del hacer, alimentado por la ambición individual, para darle cabida al mundo interior, a las relaciones personales, a la postergada dimensión emocional. El dinero como eje y motor del mundo amaga con dar señales de retroceder y quizá esta sea una revolución equivalente a la del Renacimiento, época en que empezó  a perfilarse el dominio burgués y el dinero se constituyó  en una suerte de emblema de la vida humana. Bajo la égida del llamado “primer país del mundo”: los Estados Unidos de América, se popularizó la frase “Time is Money”, que posee un evidente sentido mercantil.  Sin embargo ahora nosotros y nosotras, latinoamericanos al fin, podríamos muy bien optar por la propuesta de la civilización maya regida por el precepto: “Tiempo es arte”, vinculado a lo transformacional de nuestra existencia. Los mayas fueron los maestros del tiempo y anunciaron que  en este período histórico viviríamos  el desenlace  de un amplio ciclo temporal. Quizá  lleguemos a ser protagonistas y testigos del final de una era, de un modo de vivir, de un definitivo y profundo cambio de paradigma.

Imagen: Xue Jiye. China. Óleo sobre tela.

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s