Sobre escrituras, tachaduras y enmiendas

Por Rodolfo Nicolás Capaccio. Provincia de Buenos Aires – Misiones. Docente, editor, escritor

roloHace un tiempo unas amigas del Departamento de Letras me comentaban de su interés en recuperar, con fines de estudio, los textos embrionarios producidos por un autor antes de llegar a la versión definitiva de su escrito, estuviese o no publicado. Ese tipo de documento, por supuesto, cobra un enorme valor cuando la obra ha logrado fama, pero más allá de esto, el interés de estas exégetas está cifrado en ver cómo ha sido el proceso creativo, los tanteos, vacilaciones, rectificaciones, cambios y manotazos que el autor ha tenido que dar hasta hallar, y no siempre con convicción plena, la versión última que ya no podrá modificar, atento a aquella máxima atribuida a Borges cuando dijera: “publicamos para no pasarnos la vida corrigiendo.”

Demás está decir que todo este proceso tiene que ver con la era pre electrónica, ya que desde que existe la PC, como no sea alguna hoja de prueba, con alguna tachadura, de todas las correcciones realizadas no queda memoria en cuanto se apretó la tecla Supr. A no ser que queden latentes, como genes que no tuvieron suerte, en el inasible archivo de la máquina. Un limbo que no me interesa mayormente indagar.

Pero como uno viene escribiendo desde antes de oír hablar de la computadora y padece el síndrome de acumular papeles sin valor, les comenté a las docentes que tengo, encarpetadas, muchas hojas amarillentas que soportan embriones de cuentos y relatos. Y aún más, que podría acercarles una reflexión personal sobre ese momento genético, generativo o creativo de las modificaciones hechas a un texto. Cosa que todo el mundo ha hecho, antes y después de la computadora sin que esto entrañe pecado, porque si nada menos Dios, arrepentido de haberlos hecho, mandó el Diluvio para borrar sobre la faz de la tierra hombres y bestias,  bien podemos nosotros tachar una frase o cambiar un sustantivo.

La cuestión es que a las chicas les gustó la idea y entonces me puse a cavilar sobre estas cuestiones de los textos que se arman y se desarman, que mutan, que desaparecen o reaparecen con otro sentido y pensé que habría que comenzar por el principio, que es la forma más natural de hacerlo con lo que tengamos a mano.

Porque sabido es que el soporte sobre el que se escribe, y con qué se escribe, condiciona en buena medida el mensaje. No hay largas novelas escritas sobre tabletas de arcilla ni en piedras talladas, pero si mandatos reales y anotaciones sobre cantidad de ganado o de cereal cosechado. Leyes y cifras, cuestiones acotadas y prácticas, no aptas para dejarlas libradas a la interpretación de cada uno y menos, a la volatilidad de la memoria. Por eso la necesidad de escribirlas, que tiene una larga historia.

Pero no vayamos tan atrás. Volemos sobre los siglos, superemos -entre otras- la larga etapa en que la literatura clásica se escribió sobre papel con tinta y pluma, a las que había que ir sacándoles punta con el cortaplumas, pasemos de largo sobre el Marqués de Sade, preso en la Bastilla escribiendo con su propia sangre a falta de tinta, y aterricemos en un momento generacional de transición en los usos y costumbre como fue la posguerra. El momento de mi infancia, y el de los que hemos llegado hasta estos días del siglo XXI para poder contarlo.

Muchas cosas comenzaron a ser novedad por entonces: la heladera eléctrica, la licuadora y las medias de nylon. En internet abundan los videos que se refieren a esa transición que iba apagando los últimos rescoldos del siglo XIX: los fogones de leña en la cocina, el reparto de leche a domicilio y los carniceros con carros de caballo, y entremos a la escuela, ya que queremos referirnos a las modalidades primeras de escritura.

Cierta mañana me vi escribiendo con lápiz “Faber Nº 2” en el primer renglón del cuaderno: “Hoy es 3 de marzo de 1950, “Año del Libertador General San Martín”. Fue la primera frase formal que recuerdo, escrita con mucho cuidado. Había ingresado tarde, a los siete años, por lo que ya conocía los rudimentos de la lectura y la escritura, de modo que sin mayores dificultades podía copiar las oraciones que la maestra escribía en el pizarrón hasta que tropecé con una terrible duda: una frase que ella escribió hacía referencia “al cielo azul”, seguramente a la bandera que ondeaba contra el firmamento, pero en esa palabra a la i no le veía el punto, y el lacito de la e cursiva era tan apretado que entre las dos formaban una u, de modo que claramente lo que leía era “el culo azul”. Entonces omití la palabra escabrosa, dejé el espacio en blanco, y quedó: “el… azul”, con un espacio que la maestra subrayó con lápiz rojo, dándome a entender que debía estar más atento al momento de copiar y no ser un niño distraído que se comía las palabras que estaban frente a su nariz. Y fue la primera lección que tuve acerca de que el texto, por acción u omisión siempre es pasible de ser modificado, eliminado, o mal interpretado como me sucediera con aquellas palabras que un rato después el borrador hizo polvo.

Mientras tanto en los recreos veía pasar a la portera con un tablero de madera perforado en el que llevaba los tinteros de loza que iba distribuyendo en los pupitres. Aquella tinta violácea, con la que escribían los más grandes inspiraba un temor respetuoso, dando a entender que quienes la utilizaban escribían cosas más serias y complejas, así que temía y deseaba escribir con tinta hasta que, luego de una eternidad, llegó el momento.

La eternidad duró dos años, ya estaba en segundo grado y estaba emocionado cuando por primera vez sumergí la pluma cucharita en el tintero. A partir de ese momento lo escrito no podría borrase, de modo que había que extremar los cuidados en el momento de introducir la pluma, sacarla ni muy vacía ni muy cargada, alerta al goterón que podía caer sobre la página en blanco o, peor aún, sobre lo ya escrito. Más de una vez ocurrían estas tragedias, pero en cuarto grado ya escribíamos al dictado, superados los temores y éramos avezados en la técnica de quemar la pluma con un fósforo para una mejor retención de la tinta y duchos en el arte de aplicar el secante. Claro que si ocurría un accidente no quedaba más remedio que aplicar la goma de tinta o, ante catástrofes mayores, raspar en el cuaderno con una hojita de afeitar y reescribir encima. En estos casos se corría el riesgo de que las nuevas palabras se corrieran si se raspaba mucho o, si se raspaba poco, siguiera vigente el texto anterior, conviviendo ambas versiones. La fallida y la buena, el texto definitivo y su fantasma imperfecto.

Por entonces fue que algunos privilegiados -entre los que no me contaba- comenzaron a usar unos pequeños canutos metálicos conocidos como biromes. (Que más tarde proliferarían, hasta hoy, con una cobertura de plástico) Ellos no estaban expuestos a los manchones y escribían más rápido con aquel adelanto tecnológico que suprimía el tintero.

Usé las primeras recién cuando ingresé al Colegio Nacional, época en que ya la tinta, la pluma y el secante se batían, como antigüedades, en franca retirada.

La galaxia birome duró una adolescencia y una juventud al cabo de las cuales llené con ellas cientos de hojas con apuntes de clase, atisbos de cuentos y primeros mensajitos esperanzados con los que no enganchaba nada.

Desde entonces, al terminar cada año, mientras otros hacían papel picado de sus carpetas, a mí no me daba el alma para tirarlas, los cuentos también los guardaba con la esperanza de rehacerlos y a los mensajitos los sentía como botellas lanzadas el mar. 

En eso ya estábamos viviendo los años sesenta que, según dicen, fue cuando las cosas comenzaron a cambiar. Vivía solo. Era estudiante, transformaba episodios de la realidad en cuentos y escribía cartas con profusión a una que otra candidata, guardando todavía, como vestigio heredado de otros tiempos, cierta formalidad en los encabezamientos, con fecha, introducción seguida de dos puntos y otras cuestiones establecidas por la costumbre. Pero un día, entre las líneas de la carta que me respondiera una de ellas, descubrí una pequeña mancha aceitosa rodeada por un trazo circular de la que salía una flechita que remataba en esta frase: “estoy comiendo pan con manteca”. Ese detalle me introdujo de cabeza en la informalidad. Yo hubiese eliminado la hoja si se me manchaba. Ella, en cambio, desinhibida, siguió comiendo su pan con manteca mientras escribía y se limitó a aclararme, divertida, el origen de la mancha. Sentí que aquella mácula en el papel me la hacía más deseable. A ella, por supuesto, no a la manteca.

Y desde entonces, tanto el contenido, como las formas de lo que escribía,  cambiaron. No porque comenzara a manchar las hojas con manteca, sino porque descubrí la espontaneidad como una forma más llana de llegar al otro, de modo que cada vez más sobre el papel abundaron, mezclados con el texto, todo tipo de pegatinas y paratextos.

Fue por entonces cuando me regalaron una Underwood portátil, muy vieja, pero en buen estado.  Los primeros favorecidos con la letra de molde fueron los cuentos que pasé en limpio y que fui modificando -de nuevo- a medida que releía, como si al conjuro de la claridad de la letra tuviese, también, una visión más completa de las historias que contaba. Los cuentos cambiaron de final y los personajes de nombre y circunstancias. Pero esto en realidad ocurría porque yo ya era otro y no el de la versión inicial.

Por entonces ya sabía que los textos se cosechan verdes y luego maduran, así que aprendí a guardar el original absteniéndome de releerlo. Al cabo de un tiempo los exhumaba y entonces hacía los cambios que, por lo general, eran más estables. Nunca dejó de asombrarme la posibilidad de expresar mejor una idea si se modifica lo que en su origen fue confuso o ambiguo, el hecho de que sobre el texto ya redactado se pueda hacer pie para, desde él, proyectarse con nuevas posibilidades expresivas, con una claridad que no estuvo en el momento de crear, y que al releerlo, por pobre o embrionario que fuera, ya cargara con una luz propia, capaz de iluminar el camino adelante.

 En rigor el texto no cambia, pero uno se acerca madurado a él con nuevas aperturas de pensamiento. Italo Calvino lo expresa claramente en un momento de “Si una noche de invierno un viajero”: “… ¿Seré yo que sigo cambiando y veo nuevas cosas que antes no había advertido? ¿O bien la lectura es una construcción que toma forma al juntar un gran número de variables y no puede repetirse dos veces siguiendo el mismo dibujo? Cada vez que trato de revivir la emoción de una lectura precedente, extraigo impresiones distintas e inesperadas y no encuentro las de antes.”

Esto pude comprobarlo porque no tiraba los manuscritos viejos. De vez en cuando exhumaba uno que otro para ver el germen de la idea original, a veces una frase o un párrafo, y cómo habían crecido luego, con textos adosados en diversos momentos, con agregados y llamadas que tuvieron sentido alguna vez, pero que pasado el tiempo ya no recordaba a qué hacían referencia.

En otros observaba las primeras versiones con líneas tachadas y un nuevo texto inserto entre renglones. En ellos había suprimido fragmentos completos o disparado flechas indicadoras que escapaban por un lateral para dar con palabras apretadas en el margen, o al dorso, o en otra página, a veces minúsculas e ininteligibles.

Luego venía la primera copia pasada a máquina en la que con el bolígrafo había cambiado la puntuación, suprimido frases, modificado verbos o ampliando párrafos. En algunos casos llegaba a cortar el papel con algún fragmento y lo pegaba donde creía que correspondía. Y así el resultado era un collage de partes escritas a máquina y otras a mano, con hojas que iban ampliando su extensión hasta convertirse en largas tiras de papel garrapateado. Después, al hacer una copia de todo aquel entrevero, siempre tenía la seguridad de que era la definitiva, aquella a la que no le sobraba ni le faltaba una palabra, pero poco después comprobaba, al releerla, que ya le estaba haciendo de nuevo modificaciones que me llevaban a una nueva pasada en limpio y así hasta el infinito.

Por entonces comencé a enviar algunos originales al diario del pueblo y a participar en concursos literarios. A poco descubrí que por más esmero que pusiese en entregar el texto que juzgaba perfecto, en el momento de salir publicado siempre tenía alguna alteración inoportuna, y me avergonzaba pensar que los lectores atribuirían esa falta a mi descuido y no al tipógrafo.

Pero había que verlos a los pobres, con aquellas linotipos, de noche, hasta tarde, transcribiendo papeles manuscritos, o pasados a máquina en el mejor de los casos, para sacar el diario en la mañana. ¡Con qué cara podía uno reprocharles que se hubiesen comido una letra o cambiado alguna puntuación!

En un certamen organizado por una revista gané el primer premio. Era un cuento corto sobre un romance, y el escenario un jardín zoológico. Jugué con la idea de que aquel lugar era, para los enamorados, el Jardín del Edén. Y por eso en un párrafo incluía la cita del Génesis: “empero la serpiente era astuta…” que salió publicado como: “empero la serpiente era estatua”. No disfruté del premio pensando en lo que pensarían los lectores de aquel disparate.

Poco a poco el ritmo del teclado -aunque siempre con dos dedos- se me fue haciendo familiar y me encontré con la sorpresa de que podía crear al ritmo de la máquina y el trazo manual se me hizo cada vez más torpe, de modo que las lapiceras y bolígrafos quedaron relegados. Reemplacé la Underwood  por una Léxicon 80 y creí haber dado un paso gigantesco. Los textos comenzaron a nacer fluidos, un poco por la práctica, pero más por las virtudes de la máquina, que pese a ser mecánica me parecía suave comparada con el duro teclado de la vieja Underwood. Ahora, al elaborar un original, aplicaba corrector líquido sobre los errores o las líneas que quería reemplazar y reescribía encima.

Hasta que un día me vi escribiendo con una Olivetti eléctrica, pero fue un romance desafortunado. La sensibilidad de su teclado no se avenía con la rudeza de unos dedos forjados en el duro trabajo del teclear mecánico y me desanimaban los resultados. Los errores tipográficos eran tantos al oprimir sin querer dos y tres letras juntas que volví a mi amor por la Léxicon. Hasta que otro día, de la mano de los hijos, irrumpió en la casa La Computadora. Una máquina que desde el primer momento se instituyó como integrante del grupo familiar. Un aparato sin la modestia de las trajinadas máquinas de escribir mecánicas que cubiertas con una funda se archivaron como reliquias del pasado.

La compu de entrada impuso no sólo su lugar propio sino su vida propia, y comenzó a hablar desde diferentes niveles de acuerdo con la capacidad del interlocutor. Los chicos, sin inhibiciones, los exploraban todos, en tanto yo era ante ella un adulto analfabeto que se conformaba -y me daba por muy satisfecho- con que me prestara, de manera más prolija, los mismos servicios que las máquinas históricas que había dejado de usar.

Desde ese momento los textos generados dejaron de ser papeles borroneados. Las palabras corregidas desaparecían en la nada para siempre y los textos producidos dejaron de ser versiones sobre versiones para presentarse como nuevos al prender la pantalla. En ésta comenzaron a destacarse también los subrayados azules si no había concordancia en las oraciones, o los rojos si la palabra le resultaba extraña a la máquina o estaba mal tipeada, por no mencionar alguna que otra falta de ortografía. Es decir, la máquina prestaba su servicio, pero también opinaba y te lo hacía saber. A las fieles Underwood y Léxicon jamás se les hubiese ocurrido hacerme llamados de esta suerte, -y como la culpa tiene que estar en otra parte- en este caso no me quedaba más alternativa que reprocharle al grosor de mis dedos los errores, pero ahora era la máquina la que se permitía hacérmelo notar.

Pronto comprobé que podía suprimir líneas y párrafos enteros, “cortar y pegar”, cambiar tipografías. Prácticamente lo mismo que hacía antes, pero sin que de las marcas viejas quedara vestigio. Un trabajo más limpio que, de a poco, me anuló aquella tendencia a repasar los borroneos anteriores.

 Comenzó así la era del “no recuerdo como lo había escrito antes”, excepto que hubiese impreso alguna página. La corrección, es bien sabido, resulta más fácil sobre el papel, pero por razones de costo se relega esta práctica y se tiende más a modificar antes de imprimir.

Ahora, salvo por el volumen de cosas escritas, que es mucho mayor y diverso, estoy como al comienzo, escribiendo con la lentitud de siempre, pero en computadora. Borro y modifico sin que queden secuelas, y olvido para siempre cómo lo había escrito antes.

No siento nostalgia por aquellos papeles con llamadas al pie y palabritas al margen. Estoy adaptado, pero no me da el alma para tirar esas carpetas con textos por nacer.

Y cuando menos quisimos acordar, ya teníamos entre nosotros la tablet y el celular. No abundaré con esto porque no uso ninguna de las dos, pero mucho se ha escrito sobre estos soportes de última generación y cómo las pantallas táctiles tienden a parecerse al libro tradicional en la lectura y escritura. Se escribe en pantalla, se lee en pantalla. Poco importa cómo lo hagamos, especialmente escribir. En la pantalla del celu, reina el imperio de las palabras abreviadas, tronchadas, trastocadas sin que importe cómo estén escritas.  Lo más importante es tener crédito, y tener señal. Siempre habrá un emoticón que describa nuestros estados de ánimo, sin versiones previas de eso que dijimos, o que quisimos decir.

 

Foto: Milena Belén Duarte

 

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