Bibliotecas populares de Misiones, nuevos desafíos

Por Elsa Inés Tañski. Santa Ana, Misiones. Docente y gestora cultural

titaLa existencia del texto es silenciosa hasta que el lector lo lee. Sólo cuando ojos capacitados entran en contacto con los signos de la escritura, comienza la vida activa del texto. Toda escritura depende de la generosidad del lector.
Alberto Manguel, Una historia de la lectura.

El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, ocultos en la cabeza de la gente!
Ray Bradbury, Fahrenheit 451

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto.
Jorge Luis Borges, La Biblioteca de Babel

Es muy natural que cuando se hable de bibliotecas, se presenta en la mente del público en general,  la imagen de colecciones de libros, personas leyendo en silencio, gente acudiendo a un bibliotecario para resolver un problema. Y esto aun cuando nunca se haya concurrido a una Biblioteca, como le ocurre a muchas personas. Contribuye a esto la divulgación de los “memes”, en su acepción de unidades elementales de la cultura, que nos ofrecen un espectro de representaciones que adquirimos sin darnos cuenta. Nunca faltan series y películas que vienen del mundo desarrollado que nos muestran imágenes de bibliotecas bien surtidas. Y sin ir más lejos y como digresión, la avalancha de la virtualidad en el presente angustiante que nos toca vivir a la humanidad, nos trae imágenes de personajes de todo tipo hablando desde sus hogares, siempre con una biblioteca llena de libros a sus espaldas. Nunca sabremos si son auténticas, o producto de una compra online de fondos para videollamadas. ¿Qué nos dice esto? Que una Biblioteca, pública u hogareña, es sinónimo de cultura, de prestigio, “un tesoro intacto y secreto”, como dice Borges.

¿Y qué pasa con las bibliotecas en nuestro país, en nuestra provincia? ¿Cómo llegamos a tener bibliotecas populares? Siempre se consideró a las bibliotecas como el lugar de acceso a la lectura y al conocimiento. Esto lo vio Sarmiento, quien en sus viajes a los Estado Unidos, se inspiró en los Clubes de Lectores por suscripción, que fueron ideados por Benjamín Franklin en la ciudad de Filadelfia, y que se extendieron a la creación de bibliotecas en las ciudades y barrios. Sarmiento trasladó esta idea a la Argentina, donde estas bibliotecas recibieron el nombre de Biblioteca Popular. Pero no olvidemos que la idea de biblioteca pública ya fue enunciada por Mariano Moreno y José de San Martín, al establecer la Biblioteca Pública de Buenos Aires en 1810, que luego se trasformó en la Biblioteca Nacional. Sarmiento y Franklin tenían la misma visión acerca de la función de la biblioteca en su impacto sobre la población, pero las grandes diferencias socioculturales de sus países produjeron instituciones distintas. Las Sociedades de Lectura Norteamericanas se convirtieron en Bibliotecas Públicas sostenidas por el estado, mientras que las Bibliotecas Populares argentinas se transformaron en organizaciones civiles sin fines de lucro. Las Bibliotecas Populares datan de 1870, cuando el 23 de septiembre, hace 150 años al día de hoy, Domingo Faustino Sarmiento, entonces presidente de la Nación, promulga la Ley 419, creándose la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares, para su fomento y desarrollo. Esta es sustituida por la Ley 23.351, otorgando la actual denominación de Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares, organismo rector más conocido como CONABIP, en el año 1983, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín.

Desde sus mismos inicios, hay una diferencia fundamental entre ambos tipos de bibliotecas, la pública y la popular. Sin embargo, en el imaginario de la mayoría de la población, por propagación memética, estos términos generalmente se solapan, y es muy común que en una misma entrevista a alguna autoridad de una biblioteca, el mismo periodista se refiera a veces con uno u otro término. En realidad, ambas se caracterizan por poseer amplias colecciones generales y por recibir a todo público sin excepción, y podrían ser consideradas públicas por esta condición de accesibilidad. Pero ahí termina toda similitud. La Biblioteca Pública depende del Estado, o sea el poder público, que decide su creación, tiene la responsabilidad de su sostenimiento y gestión, y es gratuita. La Biblioteca Popular en cambio, debe su existencia a la decisión de un grupo de vecinos, de un barrio o de una localidad, que deciden formar una asociación civil sin fines de lucro, trabajan ad-honorem para prestar este servicio a la comunidad, se sostienen con cuotas de los socios, prestación de servicios, donaciones y subsidios, que administran a través de una Comisión Directiva elegida en Asamblea. Pueden derivar o no en una Persona Jurídica, y así poder ser reconocidas por la CONABIP. En ese caso, tienen acceso a todos los beneficios que brinda esta institución a las bibliotecas populares: subsidios estatales para gastos corrientes y proyectos especiales, capacitaciones, Feria del Libro, apoyo técnico, etc. De esta manera se da una participación mancomunada entre la protección del Estado, a través del ente CONABIP, y la responsabilidad y el servicio social de la sociedad civil, resultando en un fenómeno único y que responde cabalmente al espíritu de la Ley que ampara a las bibliotecas populares.

Según la misma CONABIP, leemos: Una Biblioteca Popular es una asociación civil autónoma creada por iniciativa comunitaria. Ofrece servicios y espacios de consulta, expresión y desarrollo de actividades culturales, de la lectura y del libro en forma amplia, libre y pluralista. Las bibliotecas populares son dirigidas y sostenidas por sus socios y socias y brindan información, educación y recreación, mediante su acerbo, el cual está abierto al público. Cortito y completito.

En Argentina, existen aproximadamente 1500 bibliotecas populares reconocidas y protegidas por CONABIP. Pero este es un número inestable, ya que algunas bibliotecas “caen”, o sea pierden su condición de “activas”, aunque estén abiertas, generalmente ante problemas suscitados por su existencia como persona jurídica, o por cuestiones administrativas que se complejizan en estos tiempos de mayor demanda tecnológica. La Provincia de Misiones no escapa a esta problemática. El directorio nos muestra 29 bibliotecas populares reconocidas, pero sabemos que hay más de 10 de ellas esforzándose por cumplimentar papeles que les permitan usufructuar a pleno de todos los beneficios que merecen. Es imposible saber además la cantidad de bibliotecas populares en formación, en distintas localidades y barrios de las ciudades, que el día de mañana serán parte o no, de este gran movimiento que abarca todos los ámbitos, y que constituyen la organización de la sociedad civil más antigua de la Argentina.

A nivel país, la biblioteca más antigua es la Benjamín Franklin fundada por Sarmiento en la provincia de San Juan, que data de 1866. En la Provincia de Misiones, contamos con cuatro bibliotecas centenarias, que fueron creadas y reconocidas entre los años 1910 y 1915, y que funcionaron casi ininterrumpidamente hasta el día de hoy: son las Bibliotecas Bartolomé Nitre, de Concepción de la Sierra; Posadas, de la ciudad homónima; Patricias Argentinas, de San Ignacio, y Sarmiento, de Santa Ana. La biblioteca más joven, es la BP Alma Guaraní, de la localidad de Wanda, que fue reconocida en el año 2018. Todas las bibliotecas de Misiones reconocidas por CONABIP, son miembros de FEMIBIP, Federación Misionera de Bibliotecas Populares.

En la Provincia contamos con la Ley VI Nº 148 de Promoción y Protección de Bibliotecas Populares, que data del año 2009, aun sin reglamentar. Se sostienen con recursos propios y de la CONABIP, y la mayoría cuenta con ayuda de los municipios en cuanto a edificio, servicios y recursos humanos. En los últimos ocho años el Gobierno Provincial hizo importantes donaciones de libros, equipamiento e insumos a todas las bibliotecas populares, no solamente a las que son objeto de esta presentación por estar reconocidas por CONABIP. En la actualidad, se están recibiendo subsidios del gobierno con cargo de rendición.

Decíamos anteriormente, que las bibliotecas populares se diferencian por su administración privada. Esto las hace muy enraizadas a las características y peculiaridades de las comunidades a las que pertenecen. Es así que ninguna es igual a otra, ya que difieren tanto en aspectos materiales como sus edificios y colecciones, como así también en las demandas de sus socios y la “personalidad” que les dan sus comisiones directivas. Referiré brevemente algunas. En Iguazú, la ciudad de las Cataratas, los turistas, buscan material en su propia lengua, y se interesan por el entorno. La biblioteca popular sabe responder a estas demandas en un ambiente agradable y con toques artísticos. Las bibliotecas de Eldorado, Montecarlo y Puerto Rico, ciudades adonde llegaron fundantes corrientes inmigratorias, atesoran documentos y fotografías de gran valor, afianzando el carácter identitario de sus poblaciones. En Concepción de la Sierra, San Ignacio y Santa Ana, sus respectivas bibliotecas dan cuenta del pasado jesuítico guaraní que estos pueblos tienen en común a través de sus colecciones; en Oberá cuentan con dos bibliotecas populares en la ciudad, que han sabido destacarse por sus actividades de promoción de la lectura y valoración multicultural de su comunidad. En San Pedro, la Biblioteca Thay Morgenstern, nombre  del poeta y periodista que supo cantar a sus araucarias, despliegan una gran cantidad de actividades culturales que hacen brillar esa parte de la selva. En Gobernador López, la solidaridad hecha acción en la atención a los adultos mayores y la elaboración de especialidades culinarias, derivó en la Fiesta Provincial del Pan. La BP Posadas, con una rica y documentada historia y el profesionalismo que ostentan en su diario quehacer, son un modelo a seguir. En Santa Rita, San Javier, Jardín América, El Soberbio y San Antonio, han sabido convivir con culturas diferentes, marcadas por fronteras. Las Bibliotecas de Capioví, 25 de Mayo, Mojón Grande, Pueblo Illia, Campo Grande, demuestran estar a tono con el espíritu progresista de los distintos pueblos del centro de la Provincia. En la ciudad capital, las bibliotecas barriales El Palomar y Sur Argentino, están consubstanciadas con su entorno comunitario y responden a sus demandas, mientras que la BP Chepoyá se identifica con el espíritu sanmartiniano. Así podemos continuar nombrando a cada una de las bibliotecas con sus peculiaridades, pero todas tienen en común el compromiso con sus comunidades. Sus edificios, algunos propios, otros prestados o en comodato, albergan ricas colecciones, y ejemplares inhallables que conviven con lo último y novedoso.

Las actividades que realizan estas bibliotecas, más allá de lo cotidiano referido a los préstamos de libros y atención en sala de lectura, van desde lecturas en las plazas, visitas con el Bibliomóvil, talleres, cine, teatro y festivales que las convierten en verdaderos centros de cultura y entretenimiento, visitas a aldeas aborígenes, centros de salud, etc.  Sería muy largo enumerarlas, como así también los proyectos que se realizan en el marco de Promoción de la lectura, Conservación Patrimonial e Información Ciudadana.

Estas actividades son llevadas a cabo por los voluntarios de las comisiones directivas, los bibliotecarios y trabajadores en las bibliotecas, y miembros de la comunidad. Las  instalaciones y colecciones son parte importante de la fortaleza de las bibliotecas, pero sin duda, su verdadera riqueza está en las personas que le dan vida. Sin usuarios, sin lectores, sin bibliotecarios, sin voluntarios, no existe la biblioteca. Los anaqueles y libros son objetos inertes. Son los seres humanos los que dan vida a libros, colecciones, instituciones; los bibliotecarios y usuarios, son los corazones de la biblioteca. La biblioteca es la gente.

Gente que hoy más que nunca, trabaja por la libertad, la cultura, la inclusión  y la democracia en sus sociedades. Gente que tiene como principio luchar por acercar el conocimiento para mejorar el futuro de sus usuarios, pero que también les acercan las expresiones de la cultura para que tengan un presente feliz. Gente que se adapta a las cambiantes necesidades económicas, sociales, y tecnológicas del momento. Gente que le hace frente a la pandemia y a la infodemia con solvencia y empatía. Sin embargo, los desafíos están siempre a la vuelta de la esquina. La biblioteca y sus usuarios han sabido reinventarse para ponerse a tono con un mundo cada vez más tecnológico e intercomunicado con redes sociales, pero a la vez con problemáticas irresueltas que exigen una atención continua en cuestiones sociales, ambientales, de salud y de género e identidades. 

Una vez más, las bibliotecas populares deberán demostrar que saben adecuarse a estos desafíos, pues son, al fin y al cabo, parte de su mismo entorno comunitario.

Foto: Fachada de la Biblioteca Popular Posadas (Misiones). Década del ´20 (S. XX)

 

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