Letras de canciones, algo más que rimas y acentos

Por Alejandro Correa. Buenos Aires. Autor, compositor y docente

colaboradorLas letras de las canciones de música popular fueron evolucionando con el paso del tiempo. A decir verdad las músicas también se transformaron, pero este no es el tema que nos convoca ahora. En diferentes etapas históricas las letras de las canciones de música popular fueron adquiriendo diversas y peculiares características de forma pero también de fondo. En alguna esquina de esta historia, las palabras o letras de las músicas de los géneros no pertenecientes a la “alta cultura” fueron, en una proporción mayoritaria, sólo un complemento secundario de alguna melodía lograda que servía a muchas personas para entonar la susodicha tonada, con algunas palabras cuyo merito mayor era alguna que otra rima simpática. No era muy importante el significado de los textos, ni menos su sentido, era sólo la rima. En todo caso hacer coincidir el acento métrico de la música con la acentuación de las silabas de las palabras.

En alguna ocasión esto comienza a cambiar. Por supuesto esta evolución es diferente en cada estilo, en cada región o en cada género musical. No sucedió de la misma manera en el tango, el folclore, en el rock internacional o en el rock argentino. Vamos a intentar explorar esta evolución, este cambio, enfocando en alguna situación particular, en algún estilo concreto, en algún lugar definido y/o en algún cruce histórico determinado. Y elijo el rock argentino, tal vez por la autorreferencial circunstancia de haber estado, en alguna etapa y de algún modo, relacionado con el surgimiento de esta expresión musical.

Es habitual que ciertos acontecimientos históricos estén vinculados a una fecha de almanaque. Por ejemplo la revolución francesa tiene como referencia el 14 de julio de 1789, la revolución rusa el 25 de octubre -calendario juliano- de 1917 o la independencia argentina el 9 de julio de 1816. Así podríamos seguir enumerando convenciones temporales y sucesos. Sin embargo todos estos registros son absolutamente relativos, circunstanciales, efímeros. Por el sencillo hecho de que los cambios históricos – desde las mutaciones sociales hasta las alteraciones de un género musical, tema que nos ocupa –  son procesos que se desarrollan en un lapso de tiempo y que al encerrarlos en una fecha se transforman en malas caricaturas.

Sin embargo nosotros vamos a utilizar esta generalizada desprolijidad por la misma razón por la que recurrieron y recurren nuestros prestigiosos historiadores y plumíferos varios: la practicidad. Y trataremos de no quedar encerrados en el incómodo lugar de las alegorías burdas. Es muy cómodo decir que la revolución francesa tuvo lugar el 14 de julio de 1789, aunque no sea exactamente así. También evita tomarse el tiempo de analizar un poco más, decir que la primera canción de lo que se conoce como rock argentino es de 1967, se llama La Balsa, sus interpretes fueron un grupo que se llamó Los Gatos, que la voz que llevo al disco este tema es la de Litto Nebbia y que además la autoría de la obra pertenece a Nebbia y a Ramsés VII o Tanguito o José Alberto  Iglesias. Aunque la historia objetiva sea un poco más compleja. Como todas las historias. Ni más ni menos.

Cuando hablamos de “rock argentino” deberíamos aclarar que no es lo mismo rock argentino que rock. Es más, en su momento a este género iniciado con la canción La balsa se lo llamo “música beat”. Podría haber sido esa denominación o cualquier otra. Es más, esto del nombre es algo bien secundario y poco importante. Lo esencial, que no es invisible a los ojos como dijo alguno, es, son, los resultados.

Y los resultados para este caso, son obras de arte como Marcha de la bronca, Muchacha, Avellaneda Blues, No pibe, Catalina bahía, Cuando ya me empiece a quedar solo, Natalio Ruiz, Figuración, Yo vivo en esta ciudad, Jugo de tomate, en fin podría seguir, pero no es esa la cuestión. El punto es que a partir de algún momento a fines de la década de los años sesenta del siglo pasado, las palabras que acompañaban a una música, comienzan a tener peso propio, entidad cultural -o contracultural- definible, claro e inconfundible signo de pertenencia a una lógica tanto musical como literaria original y propia de una generación que estaba asomando las narices a este mundo en eterna guerra. Y el mundo siguió en guerra. Era de esperarse. Pero también Catalina siguió con su rutina de lento caracol, Natalio Ruiz nunca se interesó en cambiar el color del sombrero, la muchacha con el corazón de tiza sigue todavía ahí y nunca se nos fue la bronca que los que mandan tengan a este mundo repodrido y dividido en dos.

Porque nunca nada más, volvió a ser lo mismo.

Foto: Joaquín Núñez Abian

 

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