Verga y tijera, novela policial de Fabián Yausaz

Por Evelin Bochle. Empedrado, Corrientes. Docente y escritora

bochler3Verga y tijera es una sentencia que opera desde el terror en El Matadero, y como dice Tony Zalazar en el prólogo: “… una amenaza que se reactualiza acá, en oscura clave policial…”

Esta obra novela del género policial tradicional en varios aspectos. El investigador presenta una figura poco confiable, un hombre que parece vincularse de manera conflictiva con casi todos y todo, en un momento de su vida en el que atraviesa crisis e inseguridades. Estas características hacen de Severo Espósito un personaje mucho más verosímil, más creíble; un tipo con el que podríamos cruzarnos durante una caminata por la Costanera de Corrientes, por ejemplo.

Por otra parte, el criminal es un perpetrador que aparece difuso, diluido entre los elementos de una sociedad recargada y sobreexcitada; cosa que me lleva a pensar ¿dónde realmente está puesta la figura del criminal? ¿Quién aparece sugerido como tal? ¿La sociedad misma, generadora de violencia y de agresividad, tal vez?

Uno de los aspectos más interesantes (que también encontré en otros textos narrativos de Yausaz) es que indudablemente la mirada más profunda está puesta en la víctima y no en ninguno de los demás elementos que integran la trama policial. Ni el criminal, ni el detective, ni siquiera el móvil adquieren tanta relevancia como las figuras de las víctimas. Atribuyo esto a la mirada emotiva que le conozco al autor.

Verga y tijera es una novela que interpela todo el tiempo al lector. Las pistas son signos que aparecen por toda la trama y el desafío es intelectual, es académico, es de conocimiento cultural e histórico, es pragmático y contextual; pero también es una trama que exige ser desentrañada desde lo afectivo y desde lo emocional. Y esto último provoca que el lector, en el transcurso de la lectura y casi sin percatarse de ello, se pregunte no tanto por quién es el asesino y cuál es su móvil; sino quién será la próxima víctima y de qué manera será asesinada.

Considero que una de las claves de lectura de esta obra es el mismo personaje que hace las veces de investigador, contradictorio y multifacético, demuestra su mayor fortaleza en admitir sus más hondas incertidumbres. Severo Espósito es un profesor de Literatura, alcohólico, recientemente separado, con problemas económicos porque fue despedido de un colegio secundario privado; en esa situación, se ve en la obligación de aceptar un trabajo esporádico como cronista para un diario para el cual había trabajado años atrás.

A todo esto Severo dice que sacó una licencia para dedicarse a escribir un guion sobre el rodaje de Amujerar de Lamborginni porque también es escritor, (primera película gay argentina, rodada en Corrientes durante los primeros meses del año 1976).

El personaje se desdobla y se recompone constantemente; se complementa y también se contrapone en diferentes aspectos. Es un docente que es profesor de Literatura, es cronista (lo cual lo va a convertir en el investigador de la trama), es un escritor –o al menos pretende serlo- a la vez que es un hombre que es ex esposo, que es padre, que es amante de su ex esposa y también de una chica joven más o menos de la edad de su hija.

Todas estas condiciones van marcando algo así como un tiempo límite para todo. Para que el profesor despierte el interés por la lectura del texto literario en sus alumnos, por ejemplo. Para lograrlo, el docente propone la lectura y la discusión sobre “El matadero”, sobre esos trabajos habrá también una propuesta de escritura para los estudiantes, mediante la cual los adolescentes van a expresar sus ideas y más.

Por su parte, el Severo que tomó el trabajo como cronista también tiene un tiempo para, valiéndose de todas las fuentes posibles de información, concluir la crónica que está escribiendo. Tiene que dar a conocer los hechos, de manera ordenada, tiene que desentrañar el misterio en torno a los suicidios.

Y a todo esto, el escritor tiene que escribir. ¿Qué tiene que escribir? El tipo tiene que escribir el guion que le pidieron porque cobró un adelanto, ahora en algún momento debe enfrentar la imposibilidad para hacer ese trabajo, ¿cómo lo resuelve? ¿Escribiendo otra novela? ¿O era ésta la novela que debía en realidad escribir? ¿Era un libro de cuentos que ganó también un concurso (Brasil decíme qué se siente)? Para eso, debe resolver múltiples cuestiones que constituyen el proceso de escritura: desde el soporte que se utiliza hasta la trama y la técnica o técnicas narrativas.

Siguiendo esta línea, aparece la libreta de otro personaje, las escrituras de otros, los borradores propios, los documentos Word. Por momentos Severo escribe en una computadora que no es suya; aparecen las inseguridades, las dudas y el peso de pretenderse escritor. Aparece el fantasma de no saber cómo empezar la historia, dice él en un momento que la escritura no planeada nunca le llevó a nada. Todo este escenario propicia que la reflexión en torno a la escritura literaria y al texto literario escrito acá en nuestra región del NEA.

A todo esto, Fabián Yausaz escribe Verga y Tijera.

A propósito de esto, Severo Espósito durante una de sus clases dice: “La fuerza de una ficción, les decía en un tono un poco militante, no radicaba en su verdad sino en su verosimilitud. Por eso (y por lo de Verga y Tijera) fui despedido del colegio privado San Pantaleón.” Acá Fabián nos da las bases de la escritura de esta novela, (posiblemente de su escritura, no sé), pero sí con seguridad al menos da las bases de la escritura de Verga y Tijera.

El autor opta por la primera persona, juega con los datos, seduce al lector con la posibilidad de estar incorporando datos “reales”, posiblemente biográficos. Los elementos del extratexto son claves para lograr esa verosimilitud que se persigue cuando se escribe un texto literario. Pero también hacen que el lector forme parte, que sienta y que acepte que es co-creador de esa sociedad insegura, violenta, agresiva y criminal. Así se nos presenta una típica casa de pensión de la ciudad de Corrientes, la costanera, el puente, una clase de literatura, un colegio privado.

Una de las cuestiones que me llama la atención es que se piensa, se reflexiona, se discute sobre el proceso de la escritura del texto literario, desde un marco académico no específico; es desde un nivel secundario: los personajes con los que Espósito reflexiona son sus alumnos, éstos son adolescentes, cursan la escolaridad obligatoria. No son escritores, ni especialistas en análisis literario. Por algún motivo, las voces de ellos son las más válidas para el narrador, en torno a esta discusión: “Vos, yo, todos, cuando inventamos copiamos algo de otros…” asegura uno de los estudiantes durante una clase. Es como si Fabián nos estuviera diciendo que hay cuestiones que tienen que ver con el proceso creativo y con la escritura que no son tan dogmáticas, ni tan técnicas, ni tan complejas como a veces creemos.

Todo esto ocurre paralelamente, casi en simultáneo. Las cuestiones se van a ir disipando en tanto la lectura avance y también el lector va ir paulatinamente resolviendo su manera de leer una obra exigente. Estas resoluciones se dan de manera frenética, en un contexto de producción y en un co-texto que refleja lo salvaje y peligroso de la sociedad actual.

Sin lugar a dudas uno de los grandes aciertos de la obra es que la verosimilitud gane la pulseada, y se revalorice la obra literaria en un contexto lector tal vez no tan habituado a este tipo de escritura que le tuerce el brazo a lo tradicional.

Durante la lectura, va a llegar un momento en que el lector va a dejar de preguntarse qué datos son certeros, qué información es “real”; y esto va a ocurrir porque la literatura se va a imponer con toda su fuerza.

Otro punto fuerte de la obra es la manera en que se va desvaneciendo una “imposibilidad” durante el proceso creativo. En este caso, apoyando el lápiz sobre esa misma imposibilidad. ¿Qué habrá hecho Fabián? Tal vez, lo más valioso, reconocer la dificultad, pensarla y aceptarla; escribir que no está pudiendo escribir, y en este punto yo me detengo y lo digo así: el tipo escribe una novela explicando que no puede escribir un guion cinematográfico –acá ponéle hache– lo que hace es lo siguiente: escribe que siente que no puede escribir, que se le traba una y otra vez la escritura, y termina escribiendo Verga y Tijera.

Entones, ¿qué es lo que puede o debe escribir un escritor?, ¿hasta dónde se toman decisiones técnicas, intelectuales, académicas y hasta dónde podemos dar crédito a las corazonadas, a lo afectivo y a lo intuitivo?, ¿qué significa escribir un texto literario y cómo se logra? Éstas son algunas de las preguntas que me suscita la lectura de esta novela. Entiendo que lo más valioso, en todo caso, no sería responderlas una por una; sino instalar la discusión, animarse a una reflexión comprometida sobre el tema, y tal vez hasta adoptar una postura con la responsabilidad que esto supone.

Nota de la autora: Fabián Yausaz, nació en 1969. Vive, trabaja, siente y escribe en Corrientes desde hace más de 20 años. Es autor de la trilogía de novelas, protagonizada por Severo Espósito: Acevé, Verga y Tijera y Riña. La obra presentada recibió el Primer Premio Novela en el Certamen “Pocha” Sémper.

 

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