¿Qué leen los docentes?

Por Evelin Rucker. Posadas, Misiones. Escritora y docente

ER 1 2 Durante los talleres y charlas con docentes de nivel primario y secundario, suelo comenzar preguntando ¿leen sus alumnos?, ¿tienen el hábito de elegir libros para realizar lecturas por placer?, consulta que podría trasladarse a cualquier padre de familia. La respuesta al unísono es no. Entonces paso a la siguiente pregunta: ¿y qué están leyendo ustedes ahora? Porque ese es el problema. Si el maestro no es un lector, difícilmente conseguirá que sus niños lean. La formación del docente en el área de la educación literaria debe comenzar entonces por convertirlo en un lector.

Pero vayamos a las respuestas.

Docente 1, mujer de unos cuarenta años, trabaja en una escuela pública del centro de Posadas: “A mí me regalaron una colección de cuentos cuando terminé séptimo grado; me los leí a todos, eran como cinco libros. Ahora no tengo tiempo de leer.”

Docente 2, profesor de literatura en una escuela secundaria de Encarnación (Paraguay): “Prefiero ver Netflix.”

Docente 3, no tiene un cargo docente permanente: “Leo novelas que estén de moda; la última fue Cincuenta sombras de Grey.”

Lo cierto es que se ha estudiado muy poco de manera seria y profunda la relación de los docentes con la lectura. Comenzamos a acercarnos a una de las realidades más evidentes: si el maestro no lee, difícilmente podrá transmitir pasión por la lectura. Es imposible mostrar aquello que no se ha conocido.

Es necesario que el docente sea capaz de compartir el gozo de la lectura para llevar a cabo su labor con éxito, sin embargo, leen muy poco o lo meramente requerido en sus trabajos del profesorado. Lo que leyeron fue en la escuela secundaria –bien o mal- y en adelante esto se reproduce pasivamente o empobrece con los años. Son lectores irregulares y, más grave aún, no compran libros. Aidan Chambers, reconocido capacitador de docentes en Inglaterra, dice que un profesor de colegio interesado en formar lectores, debería haber leído, mínimo, quinientos títulos de literatura infantil.

Las preguntas que surgen inmediatamente al comprobar esto son varias: ¿Puede alguien que no ha tenido la oportunidad de desarrollar el gusto por la lectura transmitir pasión por la lectura? ¿Puede alguien que no es lector literario inducir a los niños a disfrutar los textos literarios? ¿Puede alguien que no es lector literario, que no tiene una formación mínima indispensable para interpretar y valorar adecuadamente los textos literarios, seleccionar y dar a leer literatura infantil? ¿Puede discriminar entre la enorme producción editorial para niños llena de textos de ínfima calidad? ¿Puede hacerlo con un curso de literatura infantil? ¿Puede apreciarse la verdadera literatura infantil sin una formación literaria previa? ¿Es posible acceder a los complejos mecanismos de la creación literaria para niños en donde confluyen, por lo menos en los textos destinados a los niños de preescolar, arte y literatura, creación culta y creación popular? Lamentablemente las respuestas a estas preguntas son negativas. Se necesita mucho más que un curso de literatura infantil para enseñar, para transmitir literatura a niños, para contribuir a desarrollar hábitos lectores, para despertar el amor por los libros, para desarrollar estrategias de lectura.

Cabe aquí hacer una aclaración importante: cuando el hábito de la lectura se da en el hogar, de manera natural, con padres, tíos, abuelos y amigos lectores que hablan sobre libros, que discuten sobre una novela, que se prestan y recomiendan obras; el niño, como por ósmosis, adquiere el placer de las letras. Lo mismo ocurre con las emociones, la educación sexual, alimentaria y actividades físicas; pero volvamos a centrarnos en los libros: lamentablemente esta realidad de familia lectora no es mayoritaria. Es entonces cuando el Estado debe cumplir su rol a través de la escuela, quien desempeña un papel fundamental en la adquisición del hábito que nos ocupa entendido como un proceso de aprendizaje. En esta línea resulta fundamental la formación de los maestros en lo que respecta a la educación literaria puesto que ellos se convierten en mediadores privilegiados en la tarea de mostrar la literatura y de cultivar el placer de leer.

En el ámbito escolar se ha enseñado tradicionalmente a leer para comprender, cuando lo cierto es que el texto literario conduce al lector hacia la interpretación. La competencia lectora no se identifica directamente con la competencia literaria.

El lector competente es el lector preparado, a través de su experiencia personal y conocimientos previos, para interpretar las referencias y peculiaridades textuales.

Trabajar la competencia literaria implica desarrollar en los alumnos criterios valorativos sobre la significación cultural y artística del texto encaminada hacia una recepción constructiva del significado del discurso literario. En la interpretación el lector activa y conecta saberes muy dispares, activa sus conocimientos previos y actualiza las inferencias que han derivado de sus experiencias lectoras previas. Mediante los reconocimientos en cada lectura se activa su intertexto personal. Y entonces caemos en una verdad que a algunos hasta puede parecer de perogrullo: la actividad animadora más fructífera que existe es el hablar de libros.

Nada crea mejores expectativas lectoras que el escuchar a alguien que nos habla de un libro con pasión. Al momento de lectura no debería entenderse como un simple paso previo para otras actividades más allá de la charla amena. No debería darse a los alumnos la impresión de que la lectura es una obligación. Ése es uno de los grandes errores de la enseñanza. La literatura no se enseña ni se aprende, se descubre; lo más que podemos hacer los profesores de literatura es ayudar a descubrirla. Gabriel García Márquez enseñaba que un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas a fin de incitar a los niños a descubrirlas por sí mismos.

En relación entonces con el discurso literario, podemos afirmar que no se lee literatura para estar informado, sino que esta actividad se relaciona con el placer y, en todo caso, con otro tipo de saber: el de apropiarse de un espacio y un tiempo que no se mide con los parámetros de la cotidianeidad, en los que se juega con la posibilidad de ser otro o de descubrir a otro incierto. Siempre teniendo en cuenta que, finalmente, la información también llega, nos cobija en un plano de conocimiento desde el disfrute y logra -nuevamente por alguna forma de ósmosis- incrementar el lexicón, apropiarse sin dificultades mayúsculas de la comprensión de todo tipo de textos y convertirnos en lectores competentes.

Sería bueno que haya polémica sobre este tema; polémica nacida desde los docentes que, en un mundo ideal, serían buenos y asiduos lectores de Neaconatus.

 

Imagen: Collage de Ana Abián

1 Comment

  1. EXCELENTE TEXTO. CONCUERDO TOTALMENTE Y EL STAND DE LIBROS DE AUTORES MISIONEROS AFIRMA QUE PARA EL DÍA DEL MAESTRO 2 DIRECTIVOS DE ROCA, REGALARON LIBROS A SUS DOCENTES, QUE EL MUNICIPIO DE CAPIOVÍ EN ESTE MES DONÓ 45 LIBROS DE AUTORES MISIONEROS A SU BIBLIOTECA NICOLÁS PETCOFF Y 2 DOCENTES PIDEN LIBROS TODOS LOS MESES, QUE EN JARDÍN AMÉRICA 1 DOCENTE PIDE LIBROS TODOS LOS MESES, QUE EN ELDORADO 5 DOCENTES PIDEN LIBROS DE LITERATURA INFANTIL, QUE EN OBERÁ 1 DOCENTE PIDE LIBROS. QUE EN GARUPA, 6 DOCENTES RENUEVAN SUS LIBROS TODOS LOS MESES Y CONTAGIAN A SUS ALUMNOS EL HÁBITO DE LEER…QUE EN POSADAS CHACRA 32 , 33 HAY UNA GRAN LECTORA DE LOS TEXTOS POLICIALES DE MISIONES. EN EL BARRIO “EL TERRITORIO” HAY OTRO GRAN LECTOR DE TEXTOS MISIONEROS. QUE EN VILLA CABELLO MI BARRIO, 2 LECTORES, DEMÁS BARRIOS BARRIOS, ¿NADIE? O DESCONOSCO… DE ALEM, CERRO CORÁ, , CERRO AZUL Y OTROS PUEBLOS, LAMENTABLEMENTE NADIE PIDE UN LIBRO , AUNQUE MÁS SEA POR CURIOSIDAD.
    CONCUERDO CON LA AUTORA DEL TEXTO Y ME PREGUNTO ¿POR QUÉ NO LEEN NUESTROS MAESTROS, PROFESORES, DOCENTES, EDUCADORES?. AHORA , NO PUEDEN DECIR “NO TENGO TIEMPO”, “NO SE DÓNDE CONSEGUIR” PORQUE EL LIBRO LLEGA A SU CASA, A SU PUEBLO

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