Y se fue por la bajada vieja un fuego de palabras

Por Carlos Piegari. Buenos Aires – Posadas – Barcelona. Escritor sofista

Carlos Piegari WPEn abril de 2020 una perturbación biológica sumió al planeta en el desconcierto viral, y también murió María Graciela Malagrida en Posadas, Misiones. Una mujer que escribía poemas. Abril de 2020 pasará a ser uno de esos meses que marcan los años a fuego, como marzo u octubre.

Muchas mujeres escriben poemas en las provincias del noreste de la Argentina. ¿Por qué? Los he leído suaves, sentimentales, rabiosos y ásperos, ellas tal vez danzan solas en una tierra de hombres callados. Vaya a saber. Las geografías, los fracasos y las familias dejan marcas minerales en las capas de las vidas. Crecer y abrirse camino desde un abuelo que se llamó Aníbal Cambas, una madre como Graciela Cambas o el hermano Gervasio Malagrida, puede ser tarea fácil o fatigosa. Pero Graciela se subió a la jangada sensible y artística de su clan y navegó por el río del arte que bañó la rivera de sus días desde que nació en 1967.

Graciela Malagrida, sin el María por delante, murió joven, destino romántico de algunas mujeres que escriben poesías, diría alguien recordando a Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik. Pero sus años terrenales fueron intensos, activos. Atesoraba un archivo cultural propio, produjo un programa de televisión dedicado a la poesía de Misiones desde la década de los años treinta en el siglo XX, se adelantó a su tiempo y creó una comunidad weblog, impulsó una productora audiovisual para promover la cultura y el arte regional, tradujo del francés a la autora marroquí Fátima Bouhraka, Graciela fue un viento vivo e intenso hasta el último de sus días.

“Todo me hace feliz hoy el pedazo de luz blanca que he tragado al despertar la solvencia del agua y los cereales el…” declaraba desafiando al mundo, aunque también había “limón en la herida”:  

Que te puedo decir que no se parezca a un escudo?
que una fractura siempre queda mal soldada
que el retorno de la hoja al árbol es inútil
que ni siquiera el viento quiere volver
a pasar por estas mejillas insensibles?
Hubiera preferido que no preguntes
que enmudezca incluso tu mirada.

Sin embargo existe
una manera de explicarlo:

No hay invierno más helado
que el recuerdo de uno
de tus besos.

Graciela Malagrida exploró las posibilidades de las redes sociales en el momento en que comenzaban a monopolizar la comunicación. Intentó eludir la banalización expresiva autorreferencial y emotivamente pueril que ya dominaba el espacio virtual. Se sumergió en las aguas contaminadas de Facebook y promovió comunidad internacional alrededor del género poético y audiovisual. Hoy los proyectos experimentales y subversivos de la lírica incendian el cosmos digital, ya no sólo a través de Facebook sino también en Instagram y otras plataformas que no cesan de surgir.

Geek love

Las prácticas artísticas de Graciela eran compartidas, apropiacionistas, polisémicas y eclécticas, también especulares pues se nutrían de las respuestas de sus lectores virtuales. Su obra vuela sobre la nube en varios sitios de Internet y los motores de Google nos permiten encontrarnos con ella en el breve tiempo que nos puede llevar navegar a través de algunos clics. Sus poemas también fueron editados en versión libro, en 2007 y 2008 Editorial Dunken publica en Buenos Aires algunos textos de su autoría.

El trabajo literario de Graciela Malagrida fue una evolución constante, un proceso de búsqueda nunca cerrado. Una estrategia de vida que me hace pensar que cuando Borges recomendó a la familia Braun Menéndez la compra de los manuscritos de J. W. Dunne en una subasta que tuvo lugar en Inglaterra hacia el año 1950, no actuó por mera fidelidad a quienes a través de la editorial Emecé publicarían importantes títulos de su obra. Dunne escribe su ensayo más popular, Un experimento con el tiempo en 1927 donde considera que durante el momento en que la mente sueña es cuando logra liberarse de las limitaciones de la vigilia y entrar en la realidad multidimensional del tiempo y el espacio, lograr serenar la desazón de la rutina cotidiana y conectar con la totalidad cósmica. Graciela Malagrida quizás supo ver  lo mismo con cierta precocidad intuitiva. Internet sería ese lugar donde podríamos liberarnos de la horma física y encontrarnos como haces de luz y palabras a través de la ventana siempre abierta al sol de una pantalla.

A fines de ese malhadado mes de abril el escritor Osvaldo Mazal apuntó:

Graciela Malagrida, mujer hermosa y poetaza, acaba de irse. Cuando una poeta se nos va (el término poetisa nunca me gustó, me suena a una especie de diminutivo encubierto y vergonzoso), el universo emite un crujido. En medio del fragor de la pandemia, quizá un crujido suene a poco. Pero es un crujido profundo, es el fondo de nuestra condición humana que, algunos creemos, y Graciela seguro lo compartía, tiene mucho de poética. Y también es el fondo de eso que el Manuelito Kant llamaba lo sublime. Graciela se tomaba tan en serio la poesía, que se animaba a jugar con ella. Ahora se fue a seguir con ése su bello juego en las praderas del infinito, que es como decir la eternidad. Suerte por allá, querida Graciela. Afortunadamente, tu poesía se nos queda por acá.

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