Libros peligrosos

Por Alberto Szretter. Posasdas, Puerto Rico, Misiones. Escritor y médico

AlbertoTodos hablan maravillas de los libros. Yo también; es más, no podría estar sin ellos, hasta me subyuga el olor que tienen. Nos gustan porque suelen ser universos de trescientas páginas, muchas admirables, extraordinarias, pero también hay que decir que los libros son peligrosos. Doblemente peligrosos.

El primer peligro reside en su contenido, formado de palabras. Y las palabras, se sabe, son o una farmacopea del alma o un registro de toxicología, digamos un listado perturbador de términos venenosos. Si bien a veces -hay que anotarlo todo- solamente son placebos insignificantes. En este caso se alejan de la literatura, porque, por ejemplo, una historia inofensiva no es una novela; o una poesía que no rompa los ojos, como se dijo acá, no merece ocupar ningún espacio. Esa ambigüedad entre bondad y maldad, muy moderna por otra parte, nos hace correr un riesgo terrible. Con el agravante de que nuestra civilización es libresca, lo que puede explicar la deriva humana actual.

El segundo peligro de los libros son ellos mismos, en tanto tales. Como el capitalismo transforma todo cuerpo en cosa, que se fabrica, compra y se vende en ferias, librerías, kioscos o por internet, que se publicita como un jabón o una zapatilla, ha hecho del artículo un objeto que al abrirlo, sobre todo si ya tiene sus años, nos puede matar. No es chiste.

Los libros suelen tener microorganismos, y cuando uno los despliega quizás nos salten a la garganta y la aprieten. El edema de glotis es fatal.

Es que los libros pueden estar infectados por bacterias, por virus y otros animalejos diminutos, como cualquier hijo de vecino y transmitirnos sus achaques. Ahora mismo están estudiando si la Covid-19 puede atrincherarse entre los folios, esconderse en un párrafo, agazaparse tras un punto seguido.

Los manuales, tratados y compendios, sobre todo estos últimos, sufren alteraciones varias, alojan alimañas impensadas, también se agotan y fallecen, deshojándose como si un otoño inclemente los hubiese atacado sin descanso.

¿Por qué? Porque se enferman.

¿Nunca sintieron hablar de la patología del hormigón, de las fisuras del cemento, de los problemas de la contracción? ¡Miren que son cosas duras, y sin embargo…! ¿Y de la fatiga de los materiales? Bueno, pues el libro, como ente, y más si lo consideramos ser vivo, también es posible que sufra la indisposición de sus elementos, quebrantarse la salud, quedarse enclenque y volverse perjudicial para él y para los que están al lado, en la biblioteca. De esta manera su destino final es volverse polvo; el mismo inicio y desenlace que el humano, con las disculpas de la frase y la comparación.

Yo estoy seguro que nadie avisó a los lectores de que existen parásitos vegetales y animales que estando en la materia prima con que se hacen los libros, los contagian, sin importarles la calidad del contenido, si la editorial es de prestigio o su autor es famoso, o un fracasado como hay miles.

Hay un complot en la gente allegada a la cultura para que no se sepa la verdad, para que no cunda el pánico. Es un pacto de silencio entre los escritores, para que les compren sus obras, hacerse conocidos y que los inviten a coloquios, o los entrevisten en la tele: “Usted ¿desde cuándo escribe?”

Me gustaría prevenir a la gente porque noto que hay campañas, planes y maratones de lectura, eslóganes de que leer nos hace buenos y mejores, de que se viaja distante y se viven innumerables vidas con los libros. Y veo que hay metáforas atrayentes: los libros son ventanas, son escaleras para mirar más lejos, son maestros que nos cambian la existencia, son playas, desiertos y montañas que visitamos sin salir de la sala. Hasta observé, en un artículo de un editorialista de renombre, el cotejo entre lo que cuesta un kilo de asado y unos chorizos frente a una antología de cuentos, con la conclusión de que conviene, por el precio, conseguir el volumen; argumento que a la ciudadanía en general no creo que convenza.

Nadie habla de que un excelente clásico puede poseer agentes mórbidos que terminan suicidando al libro, matando a colindantes de alhacena, liquidando a los mismos estantes, e incluso, al lector. ¿Estaban al tanto de que no se aconseja cerrar las repisas con vidrio; de que no es bueno coleccionarlos al lado de un baño, o atesorarlos en una pared que posea caños de agua? Nunca nos enseñaron estos detalles importantes. Solo nos machacan “lean, lean”, por ejemplo “lean, si quieren ser como yo”, la famosa frase de Roberto Galán que tanto mal hizo a la literatura, porque la juventud, y un amplio sector de la población no quería ser como él.

¿Qué me dicen de los ácaros y de los lepidópteros, que devoran enciclopedias enteras? Los blastodeos comen hojas y madera. Están la polilla azucarera, el comejón o carcoma, y las barrenillas que hacen túneles en mamotretos completos. Son unas desgraciadas: perforan las tapas, salen, se fecundan por ahí en los anaqueles oscuros y regresan cargaditas, a parir (no sé si esta es la palabra) en otros libros. Hay que nombrar a los gazmoños, que les gusta el cuero de las encuadernaciones y el papel satinado, son finos.

¿Y que me cuentan de las tiñas, las larvas, las cucarachas, el llamado pececillo de plata, que tiene brillos como escamas lunares? A este le encanta el papel, y no le importa el gramaje, si hay fotos mejor, porque tiene debilidad por las ilustraciones, es un gourmet de la tinta china. El tipo es de hábitos nocturnos, de modo que si leen de noche, y hay silencio, pueden escuchar sus tarascones.

Han notado que hay un bichito sinvergüenza que suele cruzar velozmente la página. El maldito nos distrae la lectura, a veces en el mejor momento.

En el listado debo mencionar al piojo del libro, a las esporas y a los hongos. Dicen que no hay biblioteca sin hongos.

Los detectives de libros han llegado a descubrir a los criminales persiguiendo sus huellas coloreadas. El chaetonium hace pecas amarillas, el cinabarium lamparones como sulfuro de mercurio, o sea cinabrio: rojo oscuro. Las alternarias llenas las hojas de manchitas negras, cosa que modifica la puntuación de la frase, el ritmo, la musicalidad, y cambia la lectura, al colocar comas, por ejemplo allí donde no había, o comillas, o puntos. El fusarium produce nubes de color cereza. Al aspergillum lo enloquece pintar con cadmio oscuro. Y el Spicarium elegans, que se hace el aristocrático romántico, traza itinerarios con ojeras castaño pálido, si es hembra; porque si es macho se nota que, apremiando a la novia, deja rastros ocres con sus patitas locas atrás de la candidata.

Aunque no se crea, existe una polilla que tiene la delicadeza de comer las hojas dejando intacta la parte impresa, de modo que los renglones de arriba se van acumulando con los de abajo, en una especie de tejado de letras apiladas, que -al final- dice otra cosa del original, porque las palabras se yuxtaponen y modifican. Así se puede crear desde un neologismo impactante a un bustrófedon inentendible, o palíndromos que dificultan a los traductores, y hasta jergas que muchos vanguardistas envidiarían. Esta sabandija achica cualquier tratado, volviéndolo extracto. Parece que fue la inventora del libro de bolsillo.

En fin, la enfermedad de los libros es un tema tabú. Nadie habla de esto. Pero sepamos que podemos tener otitis, afecciones oculares o pulmonares, dermatitis, asma, cerramiento de las vías aéreas, contagiados de un libro.  

¿Sabemos que los tomos de más de 10 años dormidos en nuestra biblioteca deben abrirse con guante y tapaboca y con pinza de cuidado? ¿Cuántos de nosotros antes de la lectura nos lavamos las manos?

Además como la humedad les hace mal y el oxígeno les hace bien porque respiran, ellos desean que los repasemos de vez en cuando. Que tengamos la piedad de abrirlos con cierta frecuencia, porque parece que así los vacunamos contra todo ataque. El del olvido, sobre todo, o aquello que nos ata a la rutina.

Y pensar que entre “libro” y “libre” hay una sola vocal de diferencia.

Estimo que la advertencia vale, lo que no vale es el miedo. Es recomendable llevar tranquilidad al lectorado y, ahora que tenemos cierto entrenamiento, usar barbijo, leer en solitario, aislamiento se dice, lavarse las manos antes y después y cuidarnos en recomendar soseras con hojas y tapas, best sellers, por ejemplo, y defendernos en general tal cual lo hacemos con la pandemia.

Pido disculpas por esta alarma que se agrega a la otra verdaderamente horrenda.

Y resaltar que el libro puede tener sus dolencias, pero si lo cuidamos nos contagiará, no su enfermedad, sino su belleza.

 

Foto: Ana Abián

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