A flor de piel: Pensar la pandemia

Neaconatus

Más allá de la ciencia, que analiza lo pequeño y basal, y del culturalismo de giro lingüístico, que apunta a lo hermenéutico/interpretativo, deberíamos incluir en la interpretación de la pandemia la apertura holística que pueden aportar los mitos, como fuerzas ajenas, poderosas y ocultas que siempre están con nosotros, y que nos influyen, sin que las veamos o las tengamos presentes.

“La naturaleza ama esconderse”, decía Heráclito, 500 años a C. Sobre esa noción de secreto, la imagen velada de Artemisa-Isis, se levantaron las grandes creencias fundacionales de la civilización occidental. A pesar del microscopio (la ciencia) y la palabra (lo cultural) existe un mundo de procesos invisibles que se nos escapa. Ahora, con el aislamiento, pretendemos ser invisibles para que no nos encuentre el virus, pero en la reclusión nos encontramos con el infierno y el cielo con los cuales estamos hechos a imagen y semejanza. De golpe, con la pandemia el ser humano, tan gregario, tecnologizado, “economizado”, aspira a desaparecer de calles y sitios urbanos, de fábricas y lugares de encuentro. Esto produce una crisis que se manifiesta en la violencia (que no ha cesado) en prejuicios, debilidades: Ha puesto en foco lo que somos. Por eso se observa, más que nunca la desigualdad social y económica. Quizás en el refugio de nuestras viviendas estas asimetrías no se noten, pero repercuten en forma global.

Así comienza el ensayo de Marcelo Pakman, A flor de piel, pensar la pandemia, un libro esclarecedor del fenómeno mundial que estamos transitando.

Para entender este tiempo de zozobra el autor nos propone describir al hombre absconditus como sujeto de una micropolítica de invisibilidad. Quien se esconde -única defensa por otra parte contra una plaga que no se ve- intenta evitar una exposición absoluta a lo irreversible, y crear un estado de suspensión, de que la vida está entre paréntesis. Una aspiración mágico-mitológica que aparenta seguir, aunque más bien funda, a nuestros propósitos racionales. Ya Claude Bernard había dicho. “hay dos tipos de fenómenos vitales que parecen opuestos, unos de renovación orgánica (que están como escondidos), y otros de destrucción orgánica que se manifiestan a través del funcionamiento o el uso de los órganos. Estos últimos son calificados de fenómenos de la vida”[1].

Ahora, con la Covid-19, esa vida se retrae, se vela, pero sin embargo, continúa el ensayista, las personas no dejan de ser homos economicus, provenientes del último siglo que entronizó no solamente a la ciencia sino al habla hecho lenguaje centrado en el significado. Aquí, entonces se plantea una lucha singular entre lo biológico con sus fuerzas misteriosas y la supervivencia de un mundo moderno, donde la productividad y la aptitud para consumir son los principales criterios de calidad de la existencia[2]. Aunque es sabido que los protagonistas de los mitos perduran desgastados y enriquecidos por sucesivas recreaciones en una diacronía de siglos, Marcelo Pakman apela a uno sobre todo como el más eficaz modo de comprender al homo absconditus: el Minotauro.

En la historia de ese ser mitad toro y mitad humano, encerrado en el laberinto, vemos la intersección del hombre y el animal, junto con el conflicto entre lo finito y lo infinito, entre la vida y la muerte. Es que la hybris se pone en juego cuando los humanos se piensan por sobre los dioses. Por eso comienza la tragedia cuando Minos, rey de Creta, no sacrifica al toro blanco mandado por Poseidón, sino que, desobedeciéndolo, mata a otro toro. La furia del dios cae sobre la isla. Hace que Pasífae se enamore de la bestia; de esa unión nacerá el monstruo, al que deben sacrificarse jóvenes atenienses. Sexo y muerte en la mitología. Ya se demostró la estrecha relación entre la reproducción por sexualidad y la necesidad de la desaparición de los individuos[3] (no la muerte que viene de afuera, como un accidente, sino la que viene de adentro, la apoptosis celular, la programada genéticamente). Minos llama a Dédalo, el arquitecto, para que haga el laberinto y encerrar a esa criatura devoradora. El humano actual, el más híbrido de todos los seres, que se come a todos (todo bicho que camina va a parar al asador[4]) ahora, en pandemia, debe encerrarse igualmente. Pero siguiendo con el mito, es hora de Teseo, un ateniense que se ofrece para ir a Creta y matar al Minotauro. La analogía es clara: desde nuestro encierro casero debemos controlar a un virus maldito que vino a comernos, cuando sólo nosotros nos creemos con la potestad de digerirlo todo. Así se perpetúa el círculo vicioso del enfrentamiento entre el homo absconditus, su racionalidad (que representa en gran medida Ariadna) y cultura, contra una cosa que linda entre la vida y la nada (que es la muerte), como es un virus, un guerrero indescriptible y hambriento, que se multiplica como todo mal.

Ya muerto el Minotauro, la tragedia sigue de otro modo. Es el destino del homo escondido. Quizás en la evolución postpandemia también el romance que sucedió con el abandono de Ariadna por parte de Teseo, se replique con un homo que abuse menos de su racionalidad y responda a su faceta estética, ética, lúdica, emocional. Pakman nos invita a reflexionar, en este punto, sobre la analogía entre Asterión y el hombre escondido en la paradoja cuando lo externo e interno se confunden en la guarida. Allí se simboliza la condición vital constitutiva del humano, con sus pujas y contradicciones, a la que se agrega la amenaza del virus, que -bien vista- es una amenaza a la soberbia que tenemos a pesar de la fragilidad que ocultamos. Es en este momento cuando el homo absconditus se alía con los dioses y afloran viejas mitologías, tratando de explicar y explicarse, mientras está atrapado (“en la cueva” de su casa) en la naturaleza (que por otro lado desea dominar), o sea en los procesos naturales de funcionamiento de las cosas[5]. No es raro, nos dice Pakman, acertadamente, que los intentos de lucha contra la Covid-19 se centren en búsqueda de vacunas, desarrollando inmunidad o recluyéndose. Estrategias que se asemejan en una dimensión mayor, macropolítica, al combate contra el inmigrante. Del mismo modo que en la amenaza de la pandemia, hay un “nosotros” que se siente invadido, por un “otro”.

Un capítulo muy vigente es Plagas, donde el autor se explaya sobre las medidas gubernamentales que tomaron distintos gobiernos, frente a la tensión social y política, cuando amplios sectores de la población vivieron las medidas adoptadas para controlar el avance del virus, como limitaciones a sus libertades; incluso abonaron los mecanismos de defensa de la negación y la proyección, trivializando los peligros y reforzado la aspiración mítica (aquella unión inconsciente y profunda a los dioses) de invulnerabilidad. En muchas partes del mundo hubo manifestaciones anticuarentena, con ideas de complots internacionales para erigir un nuevo orden global. Por eso es importante el libro de Pakman, porque explica que a pesar de los inmensos adelantos científicos, médicos y técnicos, existe, dentro del homo absconditus un núcleo fuerte que está lejos, muy lejos, de situarse a la altura del progreso civilizatorio que sucedió a partir sobre todo del siglo XVIII. Aquí está la gran paradoja y aquí también puede radicar el estado de un mundo sumamente desigual. Justamente Desigualdades es otro gran capítulo de este ensayo.

Cualquier análisis serio socioeconómico anterior  a este año pandémico ya hablaba de crueles desigualdades en los diferentes países, incluso en los del llamado primer mundo. Lo que el virus vino a enrostrarnos a la cara es que esa injusticia distributiva es duramente real, y de ninguna manera natural, sino producto de un sistema elegido por el Poder, que necesita imponer “su” verdad, en base a la vigilancia y la represión[6]. Uno de los puntos clave del actual desasosiego de las personas es la desconexión de la naturaleza del homo absconditus. Situación que no es nueva: ya a fines de la Antigüedad se había proclamado que es la Naturaleza madre, la Natura parens, como cantó el poeta Claudiano, la que pone fin a la lucha de los elementos[7], pero el ser humano se ha empeñado en pelear contra ese designio, al depredar los continentes y alterar el medio ambiente. Pakman describe claramente todos esos elementos puestos en juego, y menciona en Aquelarres, capítulo 8, las respuestas que permitieron negociaciones fantásticas mediante brujas y hechicerías, con la enfermedad y la muerte: hace años con danzas macabras y en la modernidad con una serie de ritos a través de los cuales se puede o se cree poder exorcizar el mal. Los estoicos pensaban que los fenómenos físicos se daban de una manera absolutamente determinada y que los seres humanos no podían cambiar nada, había que aceptarlos. Pero los neoplatónicos, como Porfirio, sospechaban que los fenómenos sensibles poseían almas y fuerzas ocultas que podían ser modificadas mediante artilugios[8]. Bien visto ¿el intento de desarrollo de autoinmunidad, no apunta a ese gesto de conjuro?

En el capítulo 9, Desafíos, se detalla cómo fue variando en pocos meses el modo de lenguaje para referirse a la pandemia. De ser un problema para las personas mayores y con enfermedades preexistentes, pasó a ser una amenaza para todos, pero que fue distribuida principalmente, tema no resaltado como correspondía, por la gente pudiente, la que viajaba por el mundo y -claro- compartía el germen al regreso. Pero he aquí que esas personas ricas vivían, viven, en amplias casas, no así sus obreros y trabajadores que residen en barrios pobres, donde en pocos metros cuadrados deben habitar muchas personas. Entonces el desafío cruzó el límite de lo puramente sanitario para volverse social, político y económico.

En la última parte, que da título al muy sugestivo libro de Pakman, se afirma que la pandemia trae a lo cotidiano espacios y tiempos que están al límite de nuestro pensamiento; pero que el problema, de verdad, comenzó mucho antes, cuando se cuestionó la centralidad humana en el universo, con Copérnico y Darwin, incluso cuando se lo mató a Dios (Nietzsche) o se creyó ver en ese proceso una continuidad que Freud concibió con el inconsciente. Claro que ese descentramiento implicaba un estado de precariedad, de fragilidad, que el virus acentuó. De ahí la búsqueda del aislamiento, el distanciamiento, el concepto del homo absconditus. La sociabilidad humana se vio afectada por miles de imágenes de muerte en la televisión, cuerpos tirados en la calle, cajones mortuorios, cementerios y fosas. Nunca en todo el mundo se mostró a la muerte de modo tan obsceno. A medida que esos noticieros machaban, con los gobiernos, con esos cuadros (que antes fueron ya pintados entre otros por Goya), la sociedad se fue retrayendo y mutando a las características del absconditus.

Ante esto debemos construir, de tantas maneras como fuera posible, la esperanza como forma de responsabilidad. Porque cuanto más tratamos de escondernos (y no se dice que la cuarentena esté mal como estrategia de control del virus), más a la intemperie nos sentimos, y nuestra sensibilidad ya está a flor de piel. Estamos en un quiebre histórico, con la racionalidad, el lenguaje transformado y sobre todo con los mitos antiguos que de ningún modo hemos dejado atrás.

[1] C Bernard, De la physiologie générale. París 1872. pp 327-328

[2] Jean-Luc Nancy. De un reportaje periodístico en septiembre 2020. Respuesta a una pregunta que se completa con “Después viene (como otro criterio de calidad de existencia) la aptitud de dejarse explotar y dejarse someter a la violencia tecno-económica”.

[3] Francois Jacob, La logique du vivant. París 1970, pp 330-331. Véase también Le sex et la mort, de J. Ruffie (1986).

[4] José Hernández, Martín Fierro

[5] Hipócrates, Sobre la medicina antigua, en Tratados hipocráticos. Gredos. Madrid, 1983

[6] Ver Michel Foucault. Vigilar y castigar.

[7] Ovidio. Metamorfosis I, 21

[8] Ver W. Bernard. “Zwei verschiedene Methoden der Allegorese in der Antike” (1997)

2 Comments

  1. Esclarecedor, abarcativo, didåctico, el comentario de A. Zretter sobre “A flor de piel…..” de M. Packman, un ensayo de actualidad que nos incumbe a todos frente a los avances de esta pandemia y alumbra las recónditas fuerzas internas de los mitos que subyacen en las memorias.

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