Los desvelos del antólogo

Por Rodolfo Nicolás Capaccio. Provincia de Buenos Aires – Misiones. Docente, editor y escritor

roloMe propongo relatar aquí las variadas circunstancias por las que pasa alguien que se haya propuesto compilar una antología, es decir, la tarea de un antólogo una vez que ha decidido concretar la empresa. Para ello me basaré en algunas experiencias personales que, infiero, no deben ser muy distintas de las de todos aquellos que se han metido alguna vez en este tipo de trabajo. Por eso, antes de comenzar, repasemos un poco.

¿Qué es una antología?

Y la rápida respuesta es: buscar lo mejor que ha producido un autor, o  varios de ellos a lo largo del tiempo, seleccionar el material y plasmarlo en una publicación.

Esta búsqueda puede o no recaer sobre un determinado tema, pero en cualquier caso la antología hará siempre honor a la etimología de la palabra, ya que proviene de ánthos, flor y légo, elegir. O sea que el trabajo consiste en elegir flores, para ofrecerlas a otros, aunque cortadas en jardines ajenos.

Es por aquí que comenzamos a entrever la no siempre fácil tarea del antólogo o antologista, que es quien se ha propuesto concertar ese ramo para los lectores. Lectores que, es bueno recordarlo, pueden ya conocer alguna que otra flor de aquellas, pero que por lo general no imaginaban verlas reunidas como se le ocurrió al compilador. Y cabe en consecuencia una segunda pregunta: ¿Qué mérito le corresponde al antólogo cuando no ha hecho más que cosechar sobre lo que ya estaba realizado? Tal vez el mismo que le cabe al florista, cuando con toda esa belleza dispersa con que cuenta, saber armar el ramo para que cada una se destaque en el conjunto.

También es posible que armar ese ramo no sea un arte, pero es, cuanto menos, un oficio, que como todo oficio se va perfeccionando con la práctica, y aquí la práctica se inicia, inevitablemente, con lecturas. A veces lejanas lecturas que llevan a comparar y a vincular asuntos que han preocupado a los autores. Eso sí, la más amplia gama de temas y de autores, muchos de los cuales, a veces, no han sabido siquiera de la existencia de los otros por haber escrito en épocas distintas.

Por eso es que el antólogo se empeñará en seguir el rastro de aquella misma preocupación que los motivara, irá olfateándola como sabueso en libros dispersos hasta haber reunido lo que produjeron aquellos que, sin haberse visto -como decíamos- y sin saber del otro, se encontrarán reunidos en esa antología, hablándole el lector del mismo asunto que trataran por separado. Y dejamos acá por un momento a los autores y al antólogo para detenernos un momento en…

Los lectores de las antologías.

Aquí encontraremos, por supuesto, lectores y lectores. Aquellos a los cuales les picó el bichito siendo jóvenes y ya nunca más escaparon del hábito, y los otros, cuyas lecturas, a lo mejor, fueron solamente las obligatorias de la escuela y que no volvieron a abrir un libro en su vida. Y sin embargo podremos ver que aun estos, llevan impresa la marca de alguna antología, porque antologías han sido siempre los libros de lectura, armados sobre esa estructura tan parecida a las de un menú de muestras breves. Entonces es difícil que hasta el más cerril no recuerde siquiera alguna estrofa, el epígrafe de algún grabado o un verso de aquellos del libro que lo acompañara en el aula y que durmiera en la mochila.

Luego están los lectores asiduos, y a ellos apuntan por lo general las antologías, ya que este género abarca los gustos más diversos: la poesía, el cuento, el deporte, los temas policiales, filosóficos, eróticos, históricos, los viajes… y la lista puede ser interminable, pero lo seguro es que algún tema acertará con el asunto de su preferencia. Si es un lector constante puede hasta sorprenderse con cosas escritas sobre lo que le gusta y que no imaginaba publicadas, y hasta descubrirá, de pronto sorprendido, que aquel fragmento que sí conocía y que en la obra original pasara sin dejar marca en su memoria, ahora que el antólogo lo distinguiera, cobra un relieve especial, como el de una imagen enmarcada para lucirla en el living.

Pero, ¿cómo es que trabaja el antólogo?

Este oficio, que lleva a reunir las producciones de otros, consiste en un trabajo que se muestra a primera vista placentero, y no deja de serlo para quién lo ha elegido, pero que tiene, como todo trabajo, sus bemoles.

Aquí podemos decir, parafraseando la Biblia, “que en un principio fue el tema”. El tema elegido, por el motivo que sea, será sobre lo que hay que trabajar. Puede haber, no obstante, antologías que no se refieran a un tema específico, como aquellas antiguas que incluyen fragmentos de escritores célebres, sólo para demostrar la calidad literaria de los seleccionados. Pero ahora, en un mundo globalizado y de comunicaciones rápidas, con gustos repartidos para públicos diversos, hay un más fuerte predomino “del tema”.

De modo que, la primera preocupación del antólogo, será conocer la mayor cantidad de autores que hayan tratado “sobre eso” para proceder luego a la selección.

 Y aquí comienzan sus aventuras y desventuras

Para vivirlas mejor, pongámonos un momento en su piel y veamos cómo se las va arreglando, tal como si estuviésemos realizando la tarea. Debo, -piensa el antólogo- lograr un nuevo libro con el material de que dispongo. Y entonces aparecen, de entrada, los límites impuestos por la realidad: debo respetar cierta extensión, para un libro de tal calidad y una determinada cantidad. Todo aquello que tiene que ver con el costo, de modo que no podrá fantasear demasiado.

Y comienza la exploración de aquellas páginas para hallar los fragmentos acordes con el tema elegido hasta que de inmediato se le presenta otro problema, ¡Y qué problema! Un problema legal: ¿Podré reproducir los fragmentos sin que me hagan juicio? Eso depende de la antigüedad de las obras, que si son de autores con cierta cantidad de años de fallecidos no hay obstáculos. Pero también ocurre que las editoriales vigilan sus derechos y así, en el peor de los casos, habrá que solicitar autorización a quien le corresponda. Que no todo es meter mano en esos jardines y armar ramos. O, en otras palabras, copiar textos ajenos y hacer un libro nuevo.

Pero para que este antólogo que hemos puesto de ejemplo no se frustre, supongamos que ese problema ya quedó resuelto. Los autores hace mucho que han muerto y no hay quien reclame sus derechos, y en cuanto a los vivos, ya han dado su autorización.

Comienza entonces él con la lectura, primero e inevitable paso. Muchas horas de lectura sobre las que sobrevuela, como en todo, la suerte esquiva. Puso grandes expectativas sobre esa obra, pero no encuentra nada que valga la pena. Creía que esto era otra cosa -piensa- pero no me sirve, sin embargo, aquí he hallado un nombre, una referencia y hacia ella voy y justo allí, gracias a lo que no me sirvió ¡He dado con lo que buscaba! Un ir y venir de libros a autores que no cesará y que le dejarán en claro que a partir de aquellas publicaciones con las que contaba en un inicio, se ha ido abriendo un abanico cada vez más amplio. En una biblioteca encontrará algo que no esperaba. Un amigo que sabe del proyecto le habla de algo que él tiene en la suya, o recuerda un título que cree trata de lo que está investigando… Y así va tras aquellas cosas que no imaginaba cuando comenzó, abriéndosele un panorama que ni siquiera sospechaba al empezar. Pero en un momento reflexiona y piensa: no puedo pasarme la vida buscando y leyendo cuando el objetivo es producir un libro en un plazo razonable. Pero la tentación vuelve a bailarle ante los ojos ¿Y si lo mejor está en aquello que no vi todavía…?

En tanto, el antólogo ha ido tomando nota, transcribiendo textos. Tarea nada liviana. ¿Y hasta dónde decidió transcribir, meticulosamente, sin cometer errores? Ese fragmento seleccionado es demasiado interesante, pero en algún momento debe cortar. No puede seguir transcribiendo tanto, pero resulta que lo que sigue es tan apasionante… En su mente se aloja la disyuntiva: ¿Cómo puedo dejar al futuro lector sin que conozca esto, transcripto de un libro inhallable? No es un best seller, un libro que salgo y consigo, es una publicación consultada en una biblioteca, a veces pública, a veces privada. Es el texto de un libro, una revista, un diario publicado hace más cien años. Lo he descubierto en una página que yo solo he podido leer. Sigo entonces -se dice-, amplío lo que transcribo un poco más, un poco más… pero esto me ha ocurrido ya con varias fuentes, y aun me quedan por explorar muchos documentos ¿Con el próximo me pasará lo mismo?  No puedo hacer una obra tan extensa… pero ¡Dónde corto! ¡Dónde corto para quedar con la conciencia tranquila!

Y este no es el único dilema. Al paso van surgiendo otras cuestiones. Lo que está consultando es un texto antiguo, las cosas no están expresadas en el mismo lenguaje de estos tiempos. Hay palabras extrañas, sintaxis que ya no se usan, hay lugares que han cambiado de nombre, circunstancias históricas… No todo es transcribir. Hay que ir tomando nota y aclarando las cosas para facilitar la lectura de aquel destinatario desconocido de la obra. Consultar diccionarios, enciclopedias, Google, profesores, libros específicos… El ramo florido se irá llenando de llamadas al pie, de aclaraciones, de citas, de referencias de todo tipo. De valor agregado.

Y ojalá fuera ese el final de los desvelos. El libro ha sido impreso. “Salió bueno”. Ya no hay marcha atrás. Pese a las revisiones es posible se haya deslizado algún error, pero en fin, eso no lo es lo peor. Lo peor es que al otro día de aparecido el libro el antólogo encuentra, de pura casualidad, el mejor texto que pudo haber incluido y quedó afuera.

Por eso, cuando uno lo ve trabajando con la belleza de aquellas flores publicadas piensa que es un trabajo maravilloso y descansado ese de manipular lo que otros produjeron, pero no se pregunta por qué, muchas veces, el florista se seca la frente sudorosa.

 

Foto: Milena Belén Duarte         

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