Esa inusitada blandura del hombre

Por Humberto Hauff. El Colorado, Formosa. Docente y escritor.

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Una historia tiene tantas versiones como lectores. Cada cual toma lo que necesita, o lo que puede, y lo modifica a su medida. Algunos eli-gen algunas partes y rechazan el resto, otros tamizan la historia con el cedazo de sus prejuicios, o bien la pintan a su gusto. Una historia de-be tener puntos de contacto con el lector, para que éste se sienta có-modo dentro de ella. Sólo así puede aceptar lo maravilloso.
Los descontentos,
John Steinbeck.

Primero apelo a la sentencia, conocida y repetida por muchos, que asegura que una historia feliz no es materia para la literatura. Un amigo lo dice con otras palabras: de la felicidad de unos héroes nada hay para contar; por eso, cuando se resuelven los problemas y las parejas se reencuentran y se besan, termina todo. Eso es inapelablemente cierto: la narrativa necesita de un asunto traumático para construir una trama que consiga la atención del lector y lo mantenga en vilo durante un tiempo, jugando con su ansiedad por conocer los pormenores de la historia y su desenlace, la suerte o destino del/de los personaje/s. Eso ha sido la causa y la consecuencia de la épica desde sus orígenes, desde las Novelas reales perpetuando las hazañas de los faraones egipcios en las campañas de conquista asiáticas y nubias hasta Los Pichiciegos de Fogwill dando cuenta de las penurias de Quiquito y Los Reyes Magos en el intento de sobrevivir a la guerra, pasando por La Ilíada, El lazarillo de Tormes, Crimen y castigo o La muerte de Artemio Cruz. La violencia, o el impulso hacia la violencia, entendida como el modo de actuar contra el natural modo de proceder, ejerce fuerza o coacciona para que algo o alguien ceda su resistencia o voluntad. En los textos de ficción con conflictos merecedores de un tratamiento serio siempre habrá, debe haber, un asunto que cuente con al menos un victimario y una víctima, un fuerte y un débil, un bueno y un malo, un justo y un injusto; un asunto violento con una violencia ejercida, generalmente, desde un fuerte hacia un débil. Pero la violencia ejercida por dos fuertes que se enfrentan también aparece interesante: se trata de una lucha o guerra en la que el ganador accederá a la victoria gracias a un sino o a una buena suerte, a la astucia o la posesión de las mejores armas. La violencia es un muy buen tema para la literatura.

Hace pocos meses apareció un libro de Orlando Van Bredam titulado La secreta delicia de estar juntos, un volumen que contiene dos novelas cortas: Poética del viudo y Pietra. En estos textos el escritor se muestra confesional, en el sentido de que parece nutrir las historias que narra con materia de sus vivencias. Pero, más allá de esa impresión, generada quizá por las escenas que asocio con otros sucesos cotidianos y familiares que se encuentran en mis propias experiencias, es admirable la reconstrucción de la vida íntima de sus personajes; y lo hace utilizando al menos tres recursos convencionales de la narrativa: narradores que desde una posición externa a las acciones lo saben todo, diálogos directos e indirectos utilizados oportuna y convenientemente, y con un lenguaje coloquial adecuado, y reflexiones profundas acerca de cada situación y los modos de proceder, llenas de sentencias. Las novelas son, desde mi mirada, un análisis de las intenciones más profundas y secretas de los hombres, hablando genéricamente; de aquella violencia contenida que tiene su origen en pequeños detalles y acontecimientos de la vida diaria, en las postergaciones, imposibilidades y fracasos. En la literatura la violencia se muestra a través de las palabras. Primo Levi (1947) advierte que vocablos como hambre, cansancio, miedo, dolor, invierno, por sí, señalan y generan algún tipo de violencia, aunque hayan sido creadas y utilizadas por hombres libres y felices. En los textos de Orlando sustantivos como vejez, enfermedad, muerte, féretro, nicho (en Poética del viudo) o abusador, degenerado, drogadicto, imbécil, sexo, asesino, crimen, revólver (en Pietra), frases como No la cuidaste, nunca te importó la salud de mamá / Él no había matado a ese niño (en Poética del viudo) o ¿Cómo matar a Barreto? / Saca el revólver y lo levanta en la oscuridad / Para matarse, elige la cama… (en Pietra) son ejemplos de violencia siempre latente en nuestro mejor instrumento de comunicación. Y hay un hilo muy delgado y frágil entre la intención y la concreción de la acción.

Principalmente en Pietra la violencia es una cosa encarnada en el personaje. Enrique Pietra se cree patético, inútil, imbécil, víctima de abusos y traiciones, y trama desquites y actos de justicia imaginando asesinatos en serie: eliminación física de un vecino abusador, de un grupo de adolescentes drogadictos que acosan a su esposa, de un profesor que la seduce, de su mujer que lo humilla y traiciona. El fracaso en todos sus propósitos vengativos lo llevan a pensar en su propia eliminación o en el asesinato de un inocente.

Pietra no es una novela que simplemente reflexione sobre el comportamiento de un hombre acosado por circunstancias adversas o traumas que cargue desde quién sabe cuándo, ni es un documento acerca de preocupaciones o angustias por la condición humana. Parece más bien un tratado sociológico, un estudio de las relaciones del hombre con sus semejantes en un entorno físico determinado y en un tiempo preciso. Enrique Pietra es resultado de fangosos vínculos con Anastasia, su mujer, un pastor evangélico que no pierde ocasión en abordarlo para proponerle la salvación de su alma, unos compañeros de oficina con quienes cultiva un distanciamiento que pretende ser saludable para él y ellos, pero que de ninguna manera lo es. Con Abel Ibáñez comparte momentos fuera del trabajo, pero sólo para ejercitarse en el uso de un arma de fuego, no para jugarse en los compromisos de una amistad. Es producto de un tiempo contemporáneo a nosotros y de una relación conyugal sin hijos en la que la mujer es fuerte y el hombre débil; él es el pusilánime (el narrador lo define así y el personaje le cree) y por eso una cosa producida por un entorno social lleno de degenerados, viciosos y hombres y mujeres comunes y desabridos. Él es uno más en la manada, pero el primero que tropieza para ser pisoteado por los otros. ¿Cómo sale un tipo así de la jaula que lo asfixia?

Enrique Pietra planea asesinatos en serie para demostrarse que es capaz de otras cosas, de empresas serias y comprometidas. El ataque físico a los que odia parece una mejor idea para apaciguar el espíritu que acudir a la congregación Corona de fuego del pastor Maciel. Pero para convertirse en un asesino serial debe reunir ciertas condiciones típicas de este tipo de monstruos que él no tiene: pérdida de inhibición, comportamiento arriesgado, transgresión de las normas, impulsividad, temeridad, pérdida del autocontrol, etcétera. Un momento de furia y turbación, quizá, como la que tuvo el personaje de Sandro Centurión (narrador autodiegético) en Dan ganas de matar (2009):

En ese momento, usted, que al igual que yo es un tipo tranquilo e incapaz de hacer daño a nadie, siente ganas de matar. Siente que hasta sería placentero ha-cerlo. Siente que las ganas lo ganan desde adentro y ya no hay cómo detenerlas. Tal vez usted logre controlar esas ansias asesinas, tal vez pueda reprimirlas mejor de lo que yo lo hice, pero sólo es cuestión de tiempo para que su instinto rompa las cadenas. Y, créame, no es culpa suya, con el instinto no se puede, no se puede, señor juez.

En fin. La novela de Orlando Van Bredam es, para cualquier lector, un vehículo al desasosiego:

Se duerme. A las cinco lo despierta el ruido de una llave en la puerta. Es Anastasia que regresa. Finge dormir. Después de ir al baño, en la oscuridad del dormitorio, su mujer se quita la blusa blanca, la pollera amarilla, los zapatos del mismo color y se acuesta sólo con un diminuto cola les y un corpiño sin breteles.
Ella le da la espalda y él ve a través de la penumbra la cola erguida y maravi-llosamente redondeada de una mujer que ama pero que no es suya. Un paisaje ajeno, una colina lejana, una ondulación distante.
La desea y estira una mano o más que una mano, cinco yemas impacientes. Apenas la roza, escucha:
—Quedate quieto, Enrique. Estoy muy cansada, ya tuve bastante…
La voz rumiante y casi dormida de Anastasia lo sobresalta. ¿Qué quiere decir “ya tuve bastante”? ¿Con quién o quienes tuvo bastante?
Repliega la mano y cierra el puño.
Se dice para sí mismo “puta” y se repite una y otra vez “puta”. Entonces, se da vuelta y al girar hacia su lado, tenso en el cuello y en todo el cuerpo, se acuer-da del revólver.
¿Y si la mata?
Saca el revólver y lo levanta en la oscuridad. Después se da vuelta con lenti-tud y lo acerca a la cabeza de Anastasia.
Se detiene a diez centímetros. Apunta. Pero no dispara.
Guarda otra vez, como toda la noche, el arma debajo de la almohada.
No puede matar a su mujer.
Él puede ser un asesino serial, tal vez, se dice, pero nunca un asesino de mu-jeres. Menos de la mujer que todavía ama.
Se levanta y va al baño y se da una ducha. Para enfriar cualquier equívoco (2020).

Pietra rezuma violencia; esa violencia es una fuerza que chorrea como crema caliente desde el borde de un recipiente y que en medio de una nube de vapor, gases y humo quema la mesa, y aún el piso debajo de la mesa. Yo no debería buscar explicaciones que me ayuden a comprender los misterios de la creación artística que hay detrás de la novela de Orlando; no tienen razones de existencia los argumentos que intenten justificar su obra literaria. Pero, a pesar de esa limitación y resignado, acudo a Steinbeck (1962), quien dice lo que sigue y parece alusivo, y sedante:

Creo que todos, o casi todos, somos los guardianes de esa ciencia del siglo diecinueve que negaba la existencia a todo lo que no podía ser medido o explicado. Las cosas que no éramos capaces de explicar no veíamos, pero seguían existiendo, y, mientras tanto, gran parte del mundo quedaba en manos de los niños, de los locos, de los tontos y de los místicos, que sentían más interés en lo que es que en el por qué es.

Pero tal vez el pozo de Andersen es mejor: sólo recibe, y el eco que devuelve es apenas audible (1962).

Abrevadero:
CENTURIÓN, S., Dan ganas de matar, Formosa, Edición del Autor, 2009 (el texto del cuen-to también puede encontrarse en el blog del autor: http://www.leadespacio.blogspot.com.ar).
LEVI, P. (1947), Si esto es un hombre, Barcelona: Muchnik, 1995.
STEINBECK, J. (1961), Los descontentos, Buenos Aires: Editorial de Ediciones Selectas, 1962.
VAN BREDAM, O., Pietra, en La secreta delicia de estar juntos, Paraná, Entre Ríos: Edito-rial Fundación La Hendija, 2020.

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