Un bicho que nos come los ojos

Por Rosalía Montenegro. San Roque, Corrientes. Poeta, narradora y docente

rosalia-montenegro2La poesía es un bicho que pica los ojos. Entra por esa ventana para luego habitar la espina dorsal, y te pica para siempre, te chupa el cerebro, te envenena el alma, y te convertís en una marioneta manejada por ella.

Privilegiado bicho inmortal, inmunizado de formas eternas. Indeleble, inestable, inmutable. Es un carro anatómico cuyo único combustible que lo impulsa es el atrevimiento de la mano comprometida a adaptarse a su droga, a su comunión, a su seducción de virus maldito.

Parásito que incuba el universo, en universos pequeños. Suele apoyar sus patas en la basura e inmediatamente nace una oda a la miseria. Se apoya en la mesa de los que comen sin culpa, y sin embargo, es una verdad inquebrantable.

Valiente bicho, que se atreve a entrar, entre tanto bicho establecido que ya tiene sus lugares.

Afuera, anda un bicho invisible, que se le escapó a un hombre de su cajita científica, para  petrificar el universo. Adentro, la poesía pica sin parar, le compite, para inmunizar a la raza de tanta lavandina diluida en los corredores vacíos. 

Te pica, te pica en distintos lugares. Su picazón existe desde que existe el todo. En las cavernas ya se acomodaba picando las paredes. Luego picó algún cuadro seguramente, hasta que pudo devorar cuantas hojas pudo, drogando las manos de los clásicos hasta de los poco elocuentes.

Habrá un tiempo que se aproxima, en donde nos drogaremos de ella, con agujas inyectables, una vacuna necesaria para evitar más pandemias.

El universo entero habita en su picadura infinita. Picadura que raja los jarrones de los palacios, raja la moledora de los bosques, raja la gama de colores en la que puede ser una piel, que son mil pieles.

Una nueva picadura está naciendo en los ojos. Es una picadura que dialoga, que permite el intercambio, que a veces lleva pecho, falda y hace eco cuando pisa la tierra y los matorrales. Deja un agujerito pequeño, pero más abajo del otro lado, hay un pozo por donde corre un río de nuevas verdades. Un taco puntiagudo, que pica la tierra seca, para hacer una avalancha de picaduras. Nuevo injerto de la especie. Puente, escurridizo, que deja pasar  a la multitud de picaduras.

La poesía es un solo bicho replicado en mil ojos. Algunos todavía miopes. Algunos llevan lentes, lupas, linternas de colores. Pero un bicho inigualable, indestructible, que solo habita en los envases recostados en los cordones, dispuestos a llenarse, de sus picaduras.

Foto: Milena B. Duarte

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