De cómo la Catalina dejó de ser nadie

Por Esteban Cárdenas. Entre Ríos – Santa Fe – Misiones. Arquitecto y Escritor

cardenas-2Me dicen Negro y vivo en un país mestizo que se cree blanco, y en esa diversidad negada soy yo el que habla. Llegué empujado por la presencia de la parca vestida de uniforme. Pero me di de alta en el inframundo de la dictadura paraguaya. Luego crucé en lancha hacia Posadas, había llegado la democracia. Antes fui el Negro Cárdenas, decir negro era, y en parte hoy lo es también, ofensivo, porque los negros eran los otres. Entonces fui Esteban y de a poco perdí la negritud de mi país de la infancia, hasta que llegué a ser arquitecto, y aún sigo siendo más arquitecto que Cárdenas, que Esteban, que negro.

Hace algunos años, comencé a firmar “negroc”, forcé la voz de los otros afianzando lo que quiero ser. Todo ello sin saber que no soy aborigen, sino afrodescendiente, hasta que descubrí a Catalina, la grande en serio, en su Macondo uruguayo, Cuchilla del Perdido[1].

Entonces, escribiré esta pequeña gran historia, literatura y memoria, dirían los que saben. Quizás antecedente de mi color, no sé. Explicación del apodo, podría ser. Así me la contaron y de este modo la recuerdo y comparto.

¡Si quiero! Esa fue la respuesta de Catalina a la pregunta del cura ante su casamiento. Era más allá de 1870, en Cuchilla del Perdido, en la capilla de ese paraje de desierto verde del Uruguay. Aquel sí quiero fue el comienzo de una familia algo más allá de la guerra de la Triple Alianza. Un “te quiero” se sumó al “sí quiero”, esas fueron las respuestas para Alejandro Rodríguez Albuquerque, su amante, su novio, su amado. Compañero de campo traviesa, cómplice de huida con el amor a cuestas. De un amor furtivo nació esta familia que se consagró con los “sí quiero” de Alejandro y Catalina. Nada de esto consta en escrito alguno.

“Alejandro Rodríguez Alburquerque ¿aceptas por esposa a Catalina?” Sí, habrá respondido Alejandro admirando la belleza natural de Catalina. “Y tu Catalina ¿aceptas?”. Y el cura quedó en silencio de incertidumbre al no saber el apellido de Catalina.

“¿Y cuál es tu apellido Catalina?”, le preguntó. Alejandro más presto en las respuestas contestó que Catalina era lisa y llanamente Catalina. “Padre, Catalina no tiene apellido”, dijo Alejandro. Pero en los libros parroquiales debía asentarse un origen. No podía, como hoy, consumarse el acto sin cumplir con las normas. No importaba que Catalina ya llevaba en su vientre a Francisco. Las formas eran más importante que el contenido. En aquellos tiempos el unirse ante Dios era más importante que el sexo. Solo importaba el amor entre dos para ser uno ante el Señor.

Imagino que se dieron algunos segundos de silencio ante la ausencia de identidad de Catalina. Si no tenemos apellido somos nadie. Hubo una época donde los nadie fueron más que los que sabían quiénes eran porque completaron el nombre que nos identifica. Qué digo, aún hoy los nadie son más que los portadores de un apellido que legitima.

“Sólo sé que mi mujer es hermosa y más fuerte que un buey”, dijo Alejandro tratando de llenar el silencio de la ausencia de identidad. Miro aquella escena de 1871 y pienso en la incertidumbre de esos enamorados que pedían unirse ante Dios con la identidad a medias. Que importaba esa omisión si las manos estaban unidas con fervor y las miradas irradiaban amor. Un amor furtivo de cientos de kilómetros caminados para culminar en el altar.

“Si dices que Catalina es fuerte como un buey, se llamará Franqueiro, que es la raza más fuerte de los bueyes de este país “, dijo el cura. Se miraron y aceptaron sin opción la certidumbre del siervo de dios.

Alejandro Rodríguez Alburquerque y Catalina Franqueiro, se casaron. Fueron asentados en el libro parroquial con identidad. Catalina había logrado una familia y un apellido. Catalina hasta ese momento en siglo XIX era una ausente, era nadie. Era una esclava que se enamoró del hijo de su amo.

Catalina fue mi bisabuela. Capilla del Perdido fue el lugar donde se consagró el amor de mi familia uruguaya.

Imagen: Ilustración del autor. “La iglesia que imagino debe haber acogido a Catalina y Alejandro”.

[1] Cuchilla del Perdido, localidad uruguaya donde se encuentra la capilla citada en el relato.

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