Dedos contra palmas

Por Santiago Morales. Posadas, Misiones. Escritor

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Antes no me gustaba aplaudir, lo veía infantil, lúdico, aristocrático, solemne, ruidoso, chupamedias. Cuando era chico, en los cumpleaños, empezó mi reticencia hacia juntar las manos y chocarlas, estaban demasiado pegajosas para ser unidas y volver a separarse, además el golpeteo sumado a los gritos del bullicio y las canciones infantiles me producía un ruido de terror.

Después el aplauso en teatros me parecía un intento del espectador de robar el protagonismo al artista en escena que no necesita tanto festejo ni percusión protocolar sino apenas un respiro que separa dos tiempos musicales, un espacio, que podríamos dejárselo al silencio. El aplauso protocolar me parecía que generaba cansancio y el  aplauso de elogio impotencia, por ejemplo a una chica que pasaba o a un ídolo. Me acordaba de los aplausos en los actos escolares del colegio: ósmosis (Palabra de colegio) le decíamos con mis compañeros.

Sin embargo desde el primer día de la reclusión obligatoria entendí los aplausos de otra manera. Desde que salgo a las nueve en punto de la noche al balcón con mi hija de cuatro años a hacer sentir, con el ruido de la palma de una de mis manos contra los dedos de la otra yo, y con sus cortos dedos pegoteados unos contra otros ella, sumándonos al coro eufórico de vecinos, el agradecimiento a los trabajadores de la salud que no se quedan en casa durante la pandemia, entendí el poder simbólico del sonido que me causara escalofríos tantos años. Cuando no hay otra manera de expresar un sentimiento el aplauso, reflejo, instinto o manifestación corporal, es lo menos protocolar y lo más humano posible.

Estoy ahí nomás, en el primer párrafo de la página 60 de Los siete locos, cuando la mujer de Remo Erdosain lo abandona, y la descripción de sus manos es fatal, en eso mi hija interrumpe preguntando cómo hacerlo bien, cómo poner las manos para que resuene mejor, y lo que suena es el celular, es mi hermano médico con un mensaje: no nos aplaudan. No estamos contentos, ganamos dos pesos, está todo mal. A las nueve de la noche cerré el balcón, hace mucho frio le dije a mi hija, mejor vamos a leer Caperucita. No pude dejar de relacionar abuela con grupo de riesgo y lobo con virus además de la caperuza con un barbijo.  En eso llamó mi cuñado: ¡Caperucita no! ¡El supuesto héroe es un cazador! Mi cuñado es ambientalista. El verdadero héroe es el bosque dijo. Muy bueno, tiene razón. Hija, el verdadero héroe ni cura ni caza, en realidad no es humano, es el que se divierte solo, héroe en sí ya es una palabra muy, medio, bueno… La manera en que me miraba me hizo decidir dejar de preocuparme. De ahí en más dejé que mi hija eligiera la actividad de las 21 horas, sin llamadas familiares. Celulares apagados, manos libres, nos pusimos a hacer otra cosa.

Los romanos podían expresar con los dedos cualquier número entre el uno y un millón. El sistema consistía en representar las unidades con dieciocho gestos distintos realizados con los dedos de la mano izquierda (el dedo medio, el anular y el meñique expresaban las cifras del uno al nueve, y con el pulgar y el índice las decenas). Con la mano derecha se expresaban las centenas y millares mediante 18 gestos. La posición de las manos respecto al pecho, el ombligo o el fémur expresaban las decenas y centenas de mil. Para el millón se entrelazaban las manos. En fin, una complicación para mí, y ni hablar para una niña de cuatro años que, ante mi nueva propuesta de practicar piano un rato, salió rajando a jugar con unos títeres de tela.

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